Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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domingo, 4 de junio de 2017

Lecturas recientes: La Guerra Fría


La Guerra Fría (2005)
John Lewis Gaddis
 
Todos aquellos que ya tenemos una edad vivimos, cuando aún éramos jóvenes e inocentes, una época cuyos recuerdos se han convertido con los años en historia. Recordamos -desde luego sin una pizca de nostalgia- una época de alta tensión mundial en que Praga no era el hermoso destino turístico de hoy en día, sino una ciudad oscura bajo la ocupación soviética; un tiempo en que el Muro de Berlín se levantaba como un telón de acero (término acuñado por W. Churchill) y separaba a compatriotas, en lugar de un reclamo turístico delante del que fotografiarse sonriente; una época en que los misiles SS-20 y Pershing-2 se desplegaban por toda Europa y amenazaban destruir, con sus cabezas nucleares, cualquier objetivo que se pusiera en su punto de mira. En efecto, hace ya más de veinte años desde que Ronald Reagan y Mijail Gorbachov se reunieron en Ginebra por primera vez para dar comienzo a la última partida de ajedrez de la Guerra Fría, que acabaría con el colapso del comunismo soviético.

Vista en retrospectiva, la Guerra Fría parece conducir inexorablemente a un triunfo de Occidente. Gaddis, sin embargo, lo ve de otro modo: las contingencias de los individuos, ideas, decisiones críticas, escapadas por los pelos, oportunidades perdidas y peligros acechantes se entretejieron para proporcionarle al conflicto su carácter y trayectoria singulares.

John L. Gaddis, profesor en la universidad de Yale, se dirige a sus estudiantes, que apenas tenían cinco años cuando cayó el Muro de Berlín y que, tal como afirma el autor de este brillante estudio, ven este acontecimiento como algo tan distante como pueda ser la Guerra del Peloponeso. Gaddis, uno de los más distinguidos historiadores de la geopolítica posterior a la Segunda Guerra Mundial, afirma haber escrito La Guerra Fría deliberadamente para esta generación, incapaz de comprender que un régimen tan transitorio como la URSS hubiera sido capaz de crear tanto miedo; para una generación que no entiende la moralidad y el clima intelectual de un mundo que vivía bajo la amenaza de una asegurada destrucción nuclear mutua.

Gaddis elabora un relato revelador de la historia de Europa con la lucidez de argumentación de alguien que comprime la esencia de la investigación de toda una vida en un marco filosófico. En efecto, Gaddis va más allá de la narrativa para examinar los principios por los cuales dos sistemas políticos antitéticos, cada uno armado con la capacidad de acabar con la vida en el planeta, trató de obtener el dominio global. También resulta apologético en su conclusión: el mundo es un lugar mejor gracias a que el conflicto se luchó y se ganó del modo en que se hizo.

El autor remonta el origen del conflicto a la época en que la guerra contra Hitler aún no estaba ganada. Un período en el que los diferentes miembros de la coalición alidada ya estaban enfrentados entre sí. Algún tiempo después, en lugar de encontrar una causa común en la derrota de los Nazis, Stalin profetizó una nueva clase de guerras y el desmoronamiento del Capitalismo. Sin embargo, la animadversión del dictador soviético hacia la sociedad occidental no era el resultado de una mente paranoica, tal como explica Gaddis; Stalin no veía enemigos en cualquier sitio, más bien los inventó porque los necesitaba.

El carácter de la Guerra Fría fue determinado desde el primer momento por el lanzamiento de las bombas atómicas en Iroshima y Nagasaki. Truman y Stalin sabían, no obstante, que la utilización de armas atómicas supondría el fin del mundo. Los políticos tuvieron que arrebatarles el control a los generales y luchar las guerras de una forma diferente para que el mundo no acabara aniquilado. Ése es el motivo por el cual Truman jamás permitió que el Pentágono supiera cuántas bombas atómicas poseía Estados Unidos, de modo que ambas superpotencias se mantuvieron relativamente tranquilas durante la Guerra de Corea. No en vano, Truman se quitó de en medio al general Douglas MacArthur, como modo de asegurarse de que no habría opción nuclear posible.

En la confrontación entre comunistas y capitalistas, las superpotencias se convirtieron en prisioneras de sus propias alianzas estratégicas. A ninguno de los bandos les gustaban sus aliados coreanos. En Europa, los Norteamericanos fueron desafiados por Francia y acabaron frustrados por Alemania; apoyaron dictaduras repugnantes en Sudamérica, África y Vietnam. La Unión Soviética se vio implicada en una relación ideológica con China que acabaría convirtiéndose en una pesadilla. Mao Ze-Dong, que aún era un aliado soviético en 1956, insistió en que Jruschov invadiera Hungría cuando el líder soviético dudada si hacerlo o no, y acabó rompiendo con la URSS. Un mundo ideológicamente dividido había mutado en uno de innumerables conexiones contradictorias.

Gaddis concluye que la distensión fue un invento de los años Kissinger-Brezhnev, no para poner fin a la Guerra Fría, sino para manejarla. Las alianzas inestables requerían de ambos adversarios entenderse mejor el uno al otro. Poco importaba si eso significaba que se les negara para siempre la libertad a millones de personas en Europa oriental y el mundo comunista, mientras éstas les estaban garantizadas a los ciudadanos del mundo occidental. Ése era el precio que Kissinger pensó merecía la pena pagar en pro de la seguridad global.

Así pues, para acabar con la Guerra Fría, en primer lugar había que acabar con la distensión, lo cual se logró, tal como argumenta Gaddis, gracias a un acto de desafío contra las fuerzas del determinismo histórico por medio de unos pocos individuos clave; aquellos a los que él llama “actores” y que “ampliaron el espectro de la posibilidad histórica”: Ronald Reagan, Juan Pablo II, Margaret Thatcher, Lech Walesa y Mijail Gorbachov.

Hubo un cierto sentido de congruencia moral en el hecho de que Polonia, entregada a Stalin en Yalta, fuera el escenario en el que comenzó el derribo de la dictadura soviética. Con todo, la caída del comunismo fue también el resultado de uno de los últimos actos de distensión: la firma por parte de la URSS de la Declaración de los Derechos Humanos de Helsinki de 1975.

Gorbachov se convirtió en el héroe de Occidente, pero en realidad fracasó, tal como lo ve Gaddis, pues jamás llegó a ser un líder en el modo en que los fueron sus colegas occidentales o Deng Xiaoping. Gorbachov quería salvar el socialismo, pero no hizo uso de la fuerza para conseguirlo. Tuvo la mala suerte de que estos dos fines fueran incompatibles. Por eso, al final prefirió abandonar una ideología, un imperio y su propio país, antes que hacer uso de la fuerza. Su contribución a un bien superior le hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz. La URSS se había venido abajo, con todo su arsenal nuclear y sus armas perfectamente intactas.

La lucha de Estados Unidos con la Unión Soviética y el Comunismo durante la Guerra Fría es el mito fundador clave del estado norteamericano moderno; un estado completamente diferente en muchos aspectos del que existía antes de los años 40. La Guerra Fría terminó en lo que ha sido retratado generalmente en EEUU como una victoria absoluta que implicó no sólo la derrota apabullante del enemigo y la desaparición de su ideología, sino la disolución de la URSS como estado. El alcance de esta victoria ha sido el responsable de gran parte del subsiguiente comportamiento patológico del establishment político de EEUU. Creo, en definitiva, que la obra de Gaddis contribuye a nuestra consideración de la Guerra Fría, a la vez que nos proporciona una imagen del modo en que la mayoría del establishment norteamericano y las clases educadas del país ven el conflicto.

A.G.

viernes, 6 de junio de 2014

Lecturas recientes: El día más largo


El día más largo (1959)
Cornelius Ryan

He querido aprovechar la celebración del 70º aniversario del Día D, una de las fechas más importantes de la historia de la humanidad –el comienzo del fin del terror nazi y, no lo olvidemos, el primer paso en la veloz carrera que llevó a la Guerra Fría–, para comentar uno de los estudios más rigurosos que se han hecho respecto a la denominada Operación Overlord.

Es ésta una obra maestra de la historia militar, pues relata meticulosamente el primer día de la invasión aliada de Normandía; la épica batalla –junto con las horas previas y posteriores– que cambiaría definitivamente el rumbo del la guerra y conduciría a la liberación de Europa del yugo nazi. Pero esta obra es también una historia de personas que a veces es contada como una novela; el relato del coraje y el heroísmo, la gloria y tragedia de los miles de hombres que tomaron parte en esta decisiva batalla. De hecho, está basada en entrevistas con participantes en la operación, entre los se incluyen oficiales aliados y alemanes, además de civiles. Los investigadores pasaron casi tres años localizando a supervivientes del Día D y se realizaron más de tres mil entrevistas en Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Francia y Alemania. En la fecha de publicación de la obra, tan sólo quince años después del Día D, la mayor parte de los veteranos que habían sobrevivido a la guerra seguían vivos y recordaban vivamente los acontecimientos de aquel día inolvidable.

El libro toma su nombre del comentario hecho por Erwin Rommel a su ayuda Helmut Lang el 22 de abril de 1944: “las primeras veinticuatro horas de la invasión serán decisivas… el destino de Alemania depende del desenlace… para los Aliados, al igual que para Alemania, será el día más largo”.

La obra se inicia en el pueblo de La Roche-Guyon, que es referido como la población más ocupada de la ocupada Francia. De hecho, para cada uno de sus 543 habitantes había más de tres soldados alemanes en el pueblo y sus alrededores. El Mariscal de Campo Erwin Rommel tenía su cuartel general en el castillo del pueblo, que en otro tiempo había pertenecido al duque de La Rochefoucauld.

Para llevar a cabo la Operación Overlord, los Aliados reunieron casi cinco mil barcos de todo tipo y tamaño. Detrás de los primeros miles de hombres aguardaban 200.000 soldados con sus armas y miles de tanques, piezas de artillería y todo tipo de vehículos, además de otros tres millones de hombres que esperaban su turno en las Islas Británicas.

La obra consta de tres partes. La primera, La espera, describe los preparativos aliados en Gran Bretaña, cómo se reunió la armada y el proceso de embarque. Ryan también describe el tiempo horroroso que azotó el Canal de la Mancha durante la primera semana de junio. En una secuencia llena de tensión, el autor describe el mal tiempo que obligó al general Dwight D. Eisenhower a posponer veinticuatro horas el desembarco previsto para el lunes, 5 de junio de 1944, a la espera de que los meteorólogos le dieran una previsión definitiva. Esta sección también cuenta el nombramiento del Zorro del Desierto como oficial al mando del Grupo B del ejército alemán, encargado de la defensa del Muro del Atlántico de Hitler.

La segunda parte, La noche, narra los decisivos acontecimientos de la noche del 5 al 6 de junio, con el aterrizaje en el flanco oeste de la invasión aérea de las Divisiones Aerotransportadas Americanas 82ª y 101ª, y la División Aerotransportada británica 6ª cerca del río Orne, en el flanco este. Ryan describe la horrible confusión experimentada por las tropas aliadas y alemanas cuando aterrizaron los paracaidistas. Las divisiones americanas se dispersaron por la península de Cotentin y los inexpertos pilotos americanos de los C-47 condujeron sus aviones al interior de las espesas nubes que cubrían Normandía para encontrarse con el intenso fuego alemán.

A medida que la noche dio paso al día y el libro llega a la tercera parte, El día, los paracaidistas aseguraron los flancos de las cinco playas que constituían el área de la invasión. Poco tiempo después del amanecer, los defensores alemanes hubieron de enfrentarse, ante su sorpresa, a la terrorífica visión de la flota de invasión. Enterrados en refugios subterráneos, baterías antiaéreas y nidos de ametralladoras, miles de alemanes sometieron a los invasores a un bombardeo intenso, aunque no tan efectivo como hubieran deseado,. Estupefactos y sorprendidos, los alemanes plantaron dura batalla a los exhaustos pero batalladores soldados de la fuerza de invasión aliada a medida que estos desembarcaban en las playas de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword.

Fue en la Playa de Omaha donde se produjo el más encarnizado enfrentamiento. La historia nos dice que los americanos, con la ayuda del fuego naval y los esfuerzos de batallón de los Rangers, consiguieron tomar la playa, tal como ocurriría con los otros lugares de desembarco. Ryan relata también las batallas ocurridas en las otras playas, concediendo a los Aliados y los Alemanes una proporción similar de su narrativa, para proporcionar al lector un relato justo y equilibrado del Día D.

El libro incluye también una lista de bajas y una lista de colaboradores con sus respectivos detalles de servicio en el día de la invasión y sus ocupaciones en el momento en que fue publicado el libro.

El día más largo fue un indudable éxito de ventas, en parte porque el Día D fue de una importancia histórica vital, pero sobre todo porque Cornelius Ryan centra su interés en el aspecto humano de la historia, más que en el estrictamente militar. El 6 de junio de 1965, Cornelius Ryan publicó un artículo titulado “Más del día más largo” en el Reader’s Digest, a modo de suplemento.

La novela ha sido reeditada varias veces desde su publicación, junto con otras obras de Ryan sobre la Segunda Guerra Mundial (La última batalla y Un puente demasiado lejano, de 1966 y 1974 respectivamente.

El libro fue adaptado al cine por el productor Darryl F. Zanuck en 1962. La cinta fue filmada en Francia y costó 10 millones de dólares. Fue la película en blanco y negro más cara de la historia hasta que Steven Spielberg filmó La lista de Schindler, en 1993.

A.G.

martes, 22 de octubre de 2013

Lecturas recientes: Hasta el último momento


Hasta el último momento (2002)
Junge, Traudl

Gertraud (Traudl) Humps nació en Múnich. Su padre, cervecero y teniente en la reserva, fue uno de los primeros miembros del Partido Nazi. Participó en el Putsch de Hitler el 9 de noviembre de 1923 y en 1925 dejó a su mujer Hildegard y sus dos hijas Traudl e Inge. Más tarde llegó a ser General de las SS en la reserva.

Traudl creció en el ambiente del advenimiento del régimen nazi y se inscribió en la Liga de Muchachas Alemanas. Trabajó de secretaria, aunque su sueño era trasladarse a Berlín y convertirse en bailarina profesional. Aunque fue contrata por la compañía de danza Deutsche Tanzbühne de Berlín, su jefe no aceptó su petición de despido y le impidió marcharse a la capital. Pero finalmente, gracias a los contactos de su hermana, consiguió ir a Berlín en la primavera de 1942.

En diciembre de 1942 supo, por medio de la bailarina Beate Eberbach (la cuñada de Albert Bormann) que había quedado vacante un puesto de secretaria en la Cancillería y logró colocarse entre las postulantes. El primer encuentro de Traudl con Hitler tuvo lugar unos días más tarde. Ella y otras dos chicas que había solicitado el puesto de secretaria estaban durmiendo en un tren en las afueras de la Guarida del Lobo, el cuartel general de Hitler en Prusia oriental, cuando se les llamó para que acudieran a donde se encontraba el Führer. El pánico cundió entre ellas. Temblaban de tal forma que no eran capaces de encontrar sus zapatos o de abrocharse los botones. Tras el examen al que las sometió Hitler, Traudl supo que ella era la elegida. Se encargaría de redactar de cartas y documentos de orden doméstico, administrativo y personal. Tenía veintidós años, no sabía nada de política. Tan sólo pensó que sería emocionante desempeñar un puesto tan especial.

Durante los siguientes tres años, Traudl vivió con Hitler en sus varios bunkers. Paseo y habló con él, y escuchó sus peroratas sobre los temas más diversos. Hitler incluso interfirió en su vida, algo que tanto le gustaba hacer. Instó a Traudl a contraer matrimonio, tras un período de compromiso más bien breve, con Hans Hermann Junge, oficial de las SS y ayuda de cámara de Hitler. Su marido murió en combate en un avión de observación en las cercanías de Dreux (Normandía) el 13 de agosto de 1944, apenas un año después de su boda.

Cuando el Ejército Rojo comenzó a avanzar sobre el este de Europa tras la caída de Stalingrado, la Guarida del Lobo tuvo que ser abandonada. Traudl, junto con Gerda Christian (la otra secretaria de Hitler), acompañó al Führer y su séquito a su último destino, el búnker de la Cancillería.

Durante este tiempo, Traudl no dudó ni por un segundo que estaba en presencia de un líder bueno y sabio, aunque ella jamás fue miembro del partido. Sólo cuando el ruido de la artillería soviética se hizo ensordecedor, comenzó a cuestionarse ciertas cosas. Con todo, permaneció con Hitler hasta el mismísimo final.

Mientras Berlín caía y resultaba daba a entender a todos que planeaba suicidarse, Traudl se despidió y recibió dos regalos: veneno, de parte de su jefe (las cápsulas de cianuro había sido proporcionadas por el sanguinario Heinrich Himmler), y un abrigo de piel de zorro de su nueva esposa, Eva Braun. Después de su suicidio, Traudl se fue a la habitación donde Hitler y su esposa se habían dado muerte. Allí, entre la sangre, encontró un pañuelo de gasa rosa, un revólver Walther PPK semiautomático y una cápsula de veneno. La cápsula se parecía a “un pintalabios vacío”, afirma. Habiendo redactado el testamento político y privado de Hitler, y después del asesinato por su propia madre de los seis hijos del matrimonio Goebbels y la muerte de la sanguinaria pareja, Traudl abandonó el búnker. Era el 30 de abril de 1945. Salió al exterior en compañía de Otto Günsche, Erich Kempka y Martin Bormann, tratando de romper el cerco de las tropas soviéticas. Mas no tardó en ser capturada por soldados rusos, quienes la entregaron a los estadounidense. Considerándola una simple simpatizante del régimen, éstos la pusieron en libertad en 1947. Jamás fue procesada por ningún crimen.

Traudl Junge redactó su relato de los años de la guerra en 1947. Éste fue publicado por primera vez en 1989 en el libro Voces del búnker, de Pierre Galante y Eugene Silianoff.

La narración de Traudl demuestra que era una persona que se fijaba en los detalles. Sitúa a Hitler en el centro de la vida doméstica. El efecto es sorprendente y constituye lo que podríamos llamar la “banalidad del mal”. Hitler es presentado como una criatura macilenta, carismática pero debilucha. Es vegetariano y sigue una dieta estricta, si bien exime de su cumplimiento al personal a su cargo en Berghof. Sus únicos vicios son los huevos fritos y el puré de patata.

A medida que la situación empeora para Alemania, la narrativa de Traudl va adoptando una nueva urgencia. Ella fue testigo de excepción del fallido atentado urdido por von Stauffenberg el 20 de julio de 1944. Tras la explosión de la bomba, Traudl pudo a duras penas aguantar la risa al ver a Hitler despeinado y con los pantalones hechos trizas. Traudl también formó parte de del puñado de acólitos que permanecieron en el búnker de la Cancillería del Reich cuando Hitler asumió definitivamente que todo está perdido. Traudl recuerda que todos hablaban de cuál era la mejor forma de morir. Durante esos días Traudl jugó con los seis hijos de Goebbels, sabiendo que en el bolso de su madre estaba el veneno que acabaría con sus vidas. Incluso discutió las virtudes del cianuro con Eva, que deseaba que el suyo fuera un cadáver hermoso, y asistió a la boda de una cocinera.

En sus memorias Traudl Junge describe también la lucha por la supervivencia en el inmediato caos después de la guerra y cómo gradualmente fueron mejorando sus condiciones de vida. Años después Traudl Junge trabajó como periodista en diferentes medios. En 1959 publicó el libro Animales con vida de familia.

En los últimos años de su vida, Traudl comenzó a considerar la responsabilidad personal de los horrores perpetrados por el líder al que sirvió, y sufrió un período de depresión. Aquellas reflexiones la llevaron a declararse en contra de las atrocidades del régimen nazi, de tal modo que aceptaba finalmente su responsabilidad personal por no haberse opuesto a los nazis. Afirmó que durante el ejercicio de sus labores durante la Alemania nazi nunca llegó a saber del genocidio perpetrado por el régimen de Hitler, debido a su fascinación por el carisma paternal de su jefe. Traudl Junge murió en Berlín en 2002.

Hasta el último momento es un notable documento histórico. Está precedido por una introducción de su editora, Melissa Müller, una periodista y escritora austriaca que a mediados de los 90 escribió un libro sobre Anna Frank. Años más tarde, mientras investigaba para un proyecto acerca de los artistas en el Tercer Reich, conoció a Traudl Junge. Durante sus encuentros se gestó Hasta el último momento.

Melissa Müller enmarca biográficamente el texto de Traudl Junge a través de una introducción biográfica y un amplio epílogo basado en conversaciones con ella los últimos años de su vida, como una anciana deprimida, culpable y sola. Pero ante todo es un recuerdo doloroso de cómo es posible que una persona –o incluso una nación entera–  puede lentamente caminar como un sonámbulo hacia el pecado.

Melissa Müller responde así a la pregunta de cómo pudo suceder que aquella joven ingenua ocupara un lugar junto al hombre que destruyó la vida de millones de personas. Müller explica también cómo veía Traudl Junge su pasado, el mismo que la acompañó toda su vida como una sombra, y describe su horror al reconocer su ingenuidad y su culpa.

En 2004 se estrenó la película El hundimiento, dirigida por el alemán Oliver Hirschbiegel. Su guión se basa principalmente en las memorias de Traudl y el libro homónimo de Joachim Fest, que comentamos aquí recientemente.

A.G.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Lecturas recientes: Los últimos días de Hitler


Los últimos días de Hitler (1947)
Hugh Trevor-Roper

En septiembre de 1945, el destino de Adolf Hitler era un misterio. Había desaparecido. Stalin estaba obsesionado con encontrarlo, vivo o muerto, pero las tropas rusas que entraron en el búnker de Hitler en Berlín a comienzos de mayo no encontraron más que unos huesos calcinados mal enterrados que podrían pertenecer a él. Su sucesor, el almirante Karl Dönitz, a quien el mismo Hitler nombró como tal cuando comprendió que su final era inminente, insistía en que Hitler había luchado hasta su último aliento contra el Ejército Rojo, mientras los Soviéticos denunciaba que aún seguía vivo, en manos de los Aliados. En julio el propio Stalin había dicho a Truman, durante la Conferencia de Potsdam, que pensaba que Hitler estaba con vida en España o Argentina. La falta de certeza sobre la muerte de Hitler llegó a comprometer la seguridad en la Alemania ocupada e incluso originó una tensión creciente entre los rusos y los británicos: El Reich de los mil años no podía ser proclamado oficialmente muerto si el Führer seguía vivo.

En este estado de confusión y ante la necesidad de dar una respuesta definitiva al asunto, el Servicio Secreto Británico de Inteligencia envió a Berlín a Hugh Trevor-Roper. El joven oficial inglés, que conocía el país, hablaba alemán y tenía experiencia en interrogar a prisioneros nazis, recibió la ardua tarea de investigar acerca de los últimos días de Hitler y redactar un informe “definitivo” sobre su muerte. Para ello, tuvo acceso a archivos norteamericanos de contraespionaje y prisioneros alemanes. Su estudio se centra en los últimos diez días de la vida de Hitler (20-29 de abril) en el búnker subterráneo de Berlín y reconstruye los alucinantes días finales.

Trevor-Roper no pudo hallar evidencia física de la muerte de Hitler, pues su cuerpo había sido incinerado, como él mismo había ordenado hacer. Ante esta dificultad, hubo de dirigir sus investigaciones a la búsqueda de testigos oculares de tanto su suicidio como de su incineración. Trevor-Roper recorrió Alemania, dedujo quiénes serían los últimos ocupantes del búnker e interrogó a los que seguían vivos. Su testigo más famoso fue el arquitecto y ex ministro nazi Albert Speer, que había desafiado a Hitler negándose a destruir las infraestructuras alemanas ante el avance del Ejército Rojo. Pero Speer no estuvo en el búnker los últimos días, si bien fue a despedirse de su señor unos días antes. Así pues, Trevor-Roper entrevistó a secretarias, mayordomos, doctores y guardias del búnker. Los diferentes testimonios le permitieron demostrar que Hitler se había suicidado.

El libro está estructurado en torno a siete capítulos. Destaca, a mi juicio, el preciso análisis que hace el autor de lo que él denomina la corte de Hitler, que define como “incalculable en su capacidad para la intriga, como si se tratara de un sultanato oriental”. Trevor-Roper esboza vívidos retratos de los infames miembros del círculo más próximo de Hitler: el perverso y banal asesino Heinrich Himmler, el brillante y vil propagandista Joseph Goebbels, el chiflado drogadicto amante del lujo Hermann Göring, el fiel segundón Martin Bormann y Albert Speer, la figura más interesante; el único que contaba con la inteligencia y los escrúpulos para ver lo que era realmente el nazismo, del que sin embargo fue cómplice.

El resto de capítulos desgrana los acontecimientos finales: la derrota alemana, el asedio del búnker, la decisión de suicidarse, la traición de Göring, los infanticidios cometidos por Magda Goebbels, el testamento político y vital de Hitler (y de Goebbels, tras la muerte de su amo) y el suicidio de Hitler y su ya esposa Eva, y posterior incineración de los cuerpos en el jardín de la Cancillería del Reich.

Los últimos días de Hitler es una obra imprescindible. Cuidadosamente documentada, se revela como uno de los estudios más notables y reveladores, si no el que más, de aquellos días apocalípticos de destrucción; del final de aquella paranoia, de la mayor locura y desgracia que ha vivido la humanidad... del hundimiento (como lo llamaría años más tarde Joachim Fest) de aquel demente cabo austriaco que embaucó a su pueblo y que, por suerte para todos, no logró su objetivo de aniquilar al mundo entero y llevárselo a la tumba con él.

La publicación de Los últimos días de Hitler causó una enorme sensación y convirtió a su autor en rico y famoso a la edad de treinta y tres años. También lanzó su carrera profesional, que se movería entre el periodismo popular y la escritura académica. Trevor-Roper (1914-2003) fue profesor de historia y colaborador de The Times y The New Statesman.

A.G.

jueves, 15 de agosto de 2013

Lecturas recientes: El hundimiento


El hundimiento (2005)
Joachim Fest

En noviembre de 1941 Adolf Hitler intuyó que la guerra estaba perdida. Ni siquiera la propaganda basurienta y demagógica de Goebbels, que deliraba con armas secretas inexistentes y la, a su juicio, inminente quiebra de la unión de los aliados, logró persuadir al Führer de su convencimiento. El hundimiento analiza, de forma espléndida y analítica, sin divagaciones ni ampulosidad, el tramo final de la caída del Tercer Reich. Su interés se centra en el relato de los meses que Hitler, venido desde su campamento en la Prusia Oriental, pasó en el búnker de Berlín que se había hecho construir, según el diseño de Albert Speer, a comienzos de los años cuarenta. Hitler había declarado que él jamás capitularía, e incluso a comienzos de 1945 aseguró: “Podemos hundirnos. Pero nos llevaremos un mundo con nosotros”.

Rodeado de su corte (colaboradores, militares, secretarias…), Hitler vivió en un absoluto delirio el fatal desenlace del asalto final a Berlín del Ejército Rojo, sus odiados bolcheviques. A diez metros bajo tierra, encerrado en su búnker maloliente, soportando el ruido constante de los ventiladores y las máquinas, las estrecheces de sus pasillos y salas claustrofóbicos, pasó sus últimos días aquel hombre embrutecido y demente que creía dirigir ejércitos que habían sido derrotados hacía tiempo. Mas en aquel ambiente de locura e irrealidad, ninguno de los generales del estado mayor alemán se atrevía a llevarle la contraria. En vez de tratar de hacerle comprender que ya nada se podía hacer para cambiar las cosas, varios de sus colaboradores (los había incluso desde los tiempos del Putsch de Munich de 1923), no dudaron en abandonar el búnker. Algunos, como Himmler y Göring, lucharon denodadamente por la sucesión y no dudaron en negociar con los aliados. Otros, sin embargo, supieron adaptarse mejor a las nuevas circunstancias; tal es el caso del astuto y cobarde Speer. Mucho podríamos hablar de qué les llevó a decidirse por una u otra opción a gente como Bormann, Burgdorf, Goebbels o Krebs, pero prefiero postergar esta discusión a la reseña de algunas monografías que prestan más atención a la “Corte de Hitler”.

Impasible ante la destrucción, tercamente opuesto a negociar la rendición con los aliados, Hitler persistía en su creencia de que el pueblo alemán no merecía sobrevivir, pues no era digno ni de él mismo, ni de continuar en el camino de la historia. En efecto, el Führer no parecía consciente de la inminencia del final, del Parkinson que no dejaba de hacer temblar su brazo izquierdo, o del excesivo y paranoico consumo de drogas que le hacían aparentar muchos más de los cincuenta y seis años que celebró el 20 de abril engullendo bizcochos compulsivamente, sintiendo probablemente como únicas personas leales a Eva Braun, Goebbels (que no tardó en preocuparse únicamente por teatralizar el final de aquella epopeya delirante) y su esposa, Magda Goebbels, de quien al parecer Hitler estaba enamorado desde sus años de agitador en el Múnich de los años 20.

Lo más significativo de la obra de Joachim Fest, lo que la diferencia de otros estudios sobre los últimos días de Hitler (y de los que trataremos aquí próximamente), es su exhaustivo y brillante hincapié en el proceso de descomposición, algo que Fest analiza con gran acierto y rigor. Un hundimiento al que también se veían abocados, ajenos a lo que estaba ocurriendo en el sórdido búnker bajo el jardín de la Cancillería, los indefensos e inocentes ciudadanos de Berlín, que luchaban desesperadamente por mantenerse con vida, asediados de día y de noche por el cruel fuego ruso.

En paralelo al relato de los acontecimientos, Fest disecciona la personalidad de Hitler, a quien consideraba un espíritu nulo cuyo único y real objetivo era la destrucción, aunque él mismo se viera abocado a ella. Viendo, pues, que las tropas rusas estrechaban el cerco del búnker, y temiendo ser apresado por los bolcheviques y ser objeto de su ira, Hitler organizó su propia muerte. Pero antes decidió regularizar su situación con Eva Braun, con quien se casó en una diminuta habitación ante la presencia de un puñado de sus más fieles acólitos. Decidió que se envenenaría con cianuro, y para comprobar la eficacia de su veneno hizo ingerir una cápsula del mismo su perro favorito, Blondie (a los otros dos los había hecho matar antes)... Ni los animales se libraban de su crueldad. Más tarde redactó su testamento político y su testamento personal, de los que Fest no da demasiado detalles, pero que tendremos la ocasión de comentar cuando analicemos otros estudios sobre este tema. También dio instrucciones precisas sobre qué hacer con su cuerpo y el de Eva Braun. Entonces se encerró en una salita con su esposa y ya nadie volvió a verlos con vida. Eva Braun ingirió una cápsula de veneno. Hitler ingirió otra y se descerrajó un disparo en la sien.

Tal como había ordenado hacer, sus cuerpos fueron quemados en el jardín de la Cancillería, junto a una de las salidas del búnker, y enterrados en las proximidades. Sobre el destino de los restos de Hitler y Eva Braun han corrido ríos y ríos de tinta, por lo que he considerado oportuno omitirlo en esta reseña. El mismo destino que su amo quisieron tener y tuvieron, de hecho, Joseph y Magda Goebbels, quien antes envenenó a sus seis hijos para ahorrarles el dolor de un mundo sin Nacionalsocialismo… ¡Demente!

Joachim Fest (1926-2006) fue un notable historiador y publicista alemán que debe su fama mundial a su biografía Hitler (1973). Es autor de otros ensayos sobre el nazismo y de obras de carácter literario-cultural.

El hundimiento sirvió de base, junto con Hasta el último momento (el libro de memorias de Traudl Junge (1920-2002), una de las secretarias del Führer, que permaneció en el búnker hasta el final) para la película homónima (Der Untergang, en el original), dirigida por Oliver Hirschbiebel y protagonizada por un excepcional Bruno Ganz. Recomiendo encarecidamente esta película, que levantó una buena polvareda en Alemania, donde, con toda la razón, son bastante reacios a mencionar siquiera los años trágicos, nefastos y horrendos del Tercer Reich.

A.G.

martes, 25 de septiembre de 2012

Lecturas recientes: Llamadme Stalin


Llamadme Stalin (2007)
Simon Sebag Montefiore

Interesantísimo estudio de la vida de Iosiv Stalin desde su nacimiento en 1878 en Gori, Georgia, hasta la Revolución de 1917; un asunto que fue siempre un enigma durante la vida del dictador, pues él mismo se preocupó de ocultar aquellos años con silencios y falsedades.

La obra de Montefiore nos permite descubrir a un ser megalómano ad nauseam, temerario y férreo, un matón despiadado al que ya se le advierten maneras, atisbos reveladores de quien habría de ser el responsable de la muerte de millones de personas durante los años de su despiadado Terror.

Montefiore nos presenta a su familia, a su madre Keke y su padre Beso, un zapatero borracho que abandonó pronto a su familia y murió a una edad temprana. Seguimos sus pasos desde su humilde origen y sus años de infancia en Gori, una ciudad sin ley, hasta el seminario y descubrimos su afición por la poesía, que escribía bajo el seudónimo de Soselo y el propio Ilia Chavchavadze, unos de los más prestigiosos poetas georgianos de su época, no dudo en elogiar y publicar. Conocemos a quienes lo acompañaron los primeros años de su actividad política y revolucionaria en Georgia, incluida la rocambolesca historia del atraco al Banco Central de Tiflis que reportó a Stalin y sus secuaces 341.000 rublos en billetes marcados que acabarían desperdigados por Europa… sus sabotajes a fábricas, chantajes a los Rothschild en Bakú, arengas a mineros, abordajes a barcos, huelgas salvajes, espionaje, etc. A la vez, descubrimos a un Stalin galante con las mujeres, a las que seduce con excesiva y más que sorprendente facilidad; al amante de los cantos y los bailes populares y, sobre todo, a una persona entregada a la revolución. Stalin se casó con Ekaterina Svanidze, cuya muerte temprana dejó a Iosiv desolado. Con ella tuvo un hijo, Yakov, quien moriría años más tarde en el campo de concentración de Sachsenhausen.

La persona que sin duda cambió la vida de Stalin fue Lenin, aunque suele afirmarse que Iosiv estuvo a su sombra durante la Revolución. Montefiore sugiere que durante los primeros años de la Revolución Stalin fue bastante cauto, si bien después de haberse pasado unos años en Siberia, precisamente por todo lo contrario, durante aquellos días decisivos llevó a cabo una actividad frenética en las imprentas de Pravda y escribiendo discursos casi a diario. Jamás congenió, sin embargo, con Trotski, hasta el punto de convertirlo en su principal enemigo y disponer su asesinato en el exilio.

Llamadme Stalin es el resultado de casi una década de investigación en infinidad de archivos zaristas y soviéticos recientemente descalificados, textos y memorias inéditos e innumerables entrevistas con personas que conocieron a Stalin durante sus primeros treinta años de vida. Montefiore aporta nuevos datos documentales gracias a un excelente trabajo de campo, y lo hace mediante una escritura sencilla, pero consistente que permite una lectura fácil del mismo. Un gran libro.

A.G.

viernes, 27 de julio de 2012

Sorpresas gratas: La corte del zar rojo


La corte del zar rojo (2004)
Simon Sebag Montefiore

Stalin, cuyo nombre real era Iosiv Visariónovic Djugashvili, ha pasado a la historia como un hombre brillante y ambicioso que desde un origen humilde llegó a convertirse en uno de los personajes más importantes del siglo XX. Su padre, Visarion, era un borracho que abandonó a su familia, mientras su madre, Keke, tenía la mano demasiado suelta y posiblemente ejerciera de concubina en la casa donde servía. Stalin estudió en un seminario, fue agente doble, pues estaba afiliado al partido bolchevique y era informador de la Ojrana, la policía política zarista. Un hombre de acero (stal) hecho a sí mismo, que escribía tiernas cartas a su mujer Nadia. Un hombre al que le gustaba comer, beber y cantar tonadas georgianas hasta el paroxismo con su camarilla de canallas y aduladores, entre los que se encontraban personajes como Kaganovich, Mikoyan, Molotov, Beria, Yezhov, Voroschilov, Jruschov o Malenkov... una panda siniestra de fanáticos, borrachos, sádicos y asesinos en masa.

Y es que Stalin fue, ante todo, un criminal despiadado, como expone con brillantez Montefiore en su ensayo de más de ochocientas páginas. Se supo rodear de los instrumentos necesarios para construir una sociedad nueva mediante la tortura y el asesinato que ejecutaba de un modo despiadado su cohorte de sanguinarios sin escrúpulos –Yagoda, Yezhov y Beria–, que acabaron, como ellos mismo bien sabían, igual que los centenares de miles de hombres que por cualquier motivo pasaron por sus manos asesinas.

La corte del zar rojo se inicia con el suicidio de Nadia, a comienzos de los años treinta, y termina con la muerte de Stalin, en marzo de 1953. Son dos décadas fascinantes y aterradoras: el Gran Terror, las hambrunas, las purgas, el pacto con Hitler, la Segunda Guerra Mundial tras la derrota nazi y los consiguientes “tiras y aflojas” con las potencias aliadas –EEUU y Gran Bretaña–, hasta el posterior distanciamiento y el “alzamiento” del Telón de Acero. Sirviéndose de archivos recientemente descalificados, entrevistas y libros de memorias, Montefiore ha elaborado una obra colosal que resalta los horrores de la “corte bolchevique”.

El libro describe la vida privada de Stalin y su entorno. Cuenta sus relaciones con las mujeres, siembre conflictivas, y cómo tras el suicidio de su segunda mujer Stalin convivió el resto de su vida con Valechka, su ama de llaves, tal como hicieron otros jerarcas bolcheviques, quienes no dudaron en abandonar la austeridad bolchevique propia de los años de lucha clandestina para acumular riquezas, dachas, coches y amantes.

La corte de Stalin se fue pareciendo poco a poco a la de los zares. Aunque enviara a miles de hombres a la guerra, a la vez Stalin se consideraba un protector del pueblo. De hecho, le gustaba que sus súbditos lo llamaran el “Vozhd”, el amo.

Sebag Montefiore es licenciado en Historia en el Gonville and Caius College de la Universidad de Cambridge. Ha recibido numerosos premios, y es miembro de la Royal Society of Literature. Es también autor de Llamadme Stalin, un libro escrito años más tarde que recoge los años anteriores a los de la llegada al poder de Stalin, los referidos en La corte del zar rojo, un libro que recomiendo encarecidamente a los amantes de la historia.

A.G.

miércoles, 28 de abril de 2010

Lecturas recientes: La primavera española


La primavera española (1933)
Mijail Koltsov

La obra que nos ocupa recoge los reportajes que su autor publicó en el periódico Pravda después de su primer viaje a España, entre mayo y julio de 1931. Mijail Koltsov ofrece una emotiva descripción de las condiciones sociales, políticas y vitales de la República Española, apenas unos meses después de su proclamación, estableciendo un contrapunto entre sus clases dominantes y las más desfavorecidas. La primavera española fue traducida por primera vez al español por Ángel Luís Encinas Moral, profesor e investigador de historia y cultura rusas, y bajo si supervisión fue publicada en España en 2007.

Mijail Koltsov fue agente personal de Stalin, para algunas de cuyas funciones utilizó el pseudónimo de «Miguel Martínez». La mayoría de los autores coinciden en atribuirle buena parte de la responsabilidad por los asesinatos de Paracuellos de Jarama y Torrejón de Ardoz en noviembre de 1936.

Propagandista incansable, agitador y comunista a ultranza, Mijail Efimovich Koltsov nació en Kiev (Ucrania) el 12 de junio de 1898. Tras participar en la revolución rusa y unirse al Partido bolchevique en 1918, no tardó en convertirse en una de las figuras clave de la élite intelectual soviética y en el reportero más famoso de la URSS.

Koltsov fue miembro del consejo editorial del diario Pravda y como corresponsal del mismo viajó a España para cubrir la contienda. En efecto, entre agosto de 1936 y septiembre de 1937, Koltsov se movió con total libertad en el bando republicano, colaboró con los medios afines a éste, organizó la censura y se desplazó al frente, desde el que puntualmente enviaba sus informaciones. No sólo se entrevistó con personajes como Durruti, Azaña, Largo Caballero o Negrín, sino que estuvo presente en el asedio del Alcázar de Toledo y la batalla de Guadalajara.

En 1938, tras la publicación de su Diario de la Guerra Española, Koltsov fue arrestado en Moscú por “antisoviético” y “actividades terroristas”. Fue encarcelado y posteriormente ejecutado por orden del propio Stalin en abril de 1942, y eso que poco antes el dictador había compartido con él su palco en una función del Bolshoi. Según consta en los archivos de la KGB, André Marty, la máxima autoridad de las Brigadas Internacionales, pudo ser su denunciante. Al parecer, envió una carta a Moscú en la que no sólo situaba a Koltsov en la órbita del POUM, la organización trotskista, sino que lo acusaba de desapariciones acaecidas durante los combates, como consecuencia de su trabajo de espía.

Ernst Hemingway lo retrató en Por quién doblan las campanas (1940) bajo el nombre en clave de Karkov, al que Robert Jordan, el protagonista de la novela, describe como “el hombre con más talento, dignidad, insolencia y humor que hubiera conocido”. Es probable que Hemingway conociera a Koltsov en el Hotel Gaylord de Madrid, uno de los puntos de reunión de los rusos en la capital.
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A propósito de la tarea de corresponsal de guerra de Mijail Kotsov en España, he encontrado en la red dos artículos muy interesantes, que a continuación refiero:
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- "Florida, el hotel de la guerra civil".
Escritores de la talla de Ernst Hemingway y John Dos Passos; fotógrafos como Robert Capa; reporteros como Henry Buckley, O'Dowd Gallagher y Mijail Koltsov, se alojaron en algunas de las doscientas habitaciones del Hotel Florida de Madrid durante la guerra civil.
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- "Paul Preston: 'Aquellos corresponsales del 36 vivían la guerra'".
El historiador Paul Preston rinde homenaje a los periodistas que cubrieron la guerra civil española.
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A.G.

domingo, 17 de enero de 2010

Lecturas recientes: Anatomía de un instante



Anatomía de un insante (2009)
Javier Cercas

A medio camino entre la crónica y el ensayo, Javier Cercas, encumbrado a la fama por su Soldados de Salamina, elabora una interesantísima obra acerca de uno de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de España: el golpe de estado del 23 de febrero de 1981. El punto de partida elegido por el autor no es sino la foto fija de Adolfo Suárez, dimisionario presidente del gobierno, sentado solo en medio de los vacíos bancos azules del Congreso de los Diputados. Cercas no escatima datos ni análisis. Sin embargo, transciende en su obra el simple análisis de una fotografía para elaborar una minuciosa disección de un acontecimiento que podría haber cambiado la historia de España. En este sentido, analiza no sólo las claves del golpe de estado, para lo cual se recrea extraordinariamente en un meritorio estudio de la historia reciente de España (en especial la dictadura del general Franco, los momentos de psicosis colectiva que se vivían en España a comienzos de los ochenta y la posterior democracia), sino sus protagonistas, cuyo grado de implicación resulta en algunos casos sospechosa y preocupantemente dudoso.

Especialmente brillante y sutil es el análisis de la figura de Adolfo Suárez. Javier Cercas explora sus inicios políticos, su formación y aquella forma suya tan “peculiar” de actuar y relacionarse con los grandes personajes de su época que lo ha convertido en una figura que difícilmente puede dejar indiferente a nadie que hubiera vivido durante los años, y que pasó de ser un estudiante mediocre a presidente del gobierno de la nación.

Otro personaje destacadísimo que no puede escapar a la pluma crítica de Javier Cercas es el propio rey Don Juan Carlos, al igual que los personajes que tomaron parte en el golpe y cuyos nombres forman ya parte del inconsciente colectivo del nuestra historia reciente: Tejero, Armada o Milans del Bosch.

La obra está dividida en cinco capítulos, cada uno de los cuales comienza con un epílogo y se cierra con un prólogo a una novela que ha quedado tan sólo en proyecto en la mente del autor.

Creo que se trata de un libro muy interesante, uno de los análisis más rigurosos y serios del fallido golpe de estado, que recomiendo encarecido a todo aquel que esté interesado por la historia y no esté dispuesto a embaularse un mamotreto inaccesible. Anatomía de un instante es todo lo contrario: una obra muy amena y muy bien escrita que le ilumina a uno la mente sobre asuntos no por manidos, realmente conocidos por todos. Un libro que gusta y hace pensar.

A.G.