Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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domingo, 8 de enero de 2012

¡Feliz 2012!




Os deseo un NUEVO AÑO

repleto de lecturas apasionantes




A.G.

martes, 27 de diciembre de 2011

Lecturas recientes: Sartoris



Sartoris (1929)
William Faulkner

Punto de partida del universo faulkneriano, Sartoris presenta el condado apócrifo de Yoknapatawpha, escenario de muchos de sus relatos y novelas posteriores. Pocos años antes de morir, el propio William Faulkner afirmaba haber concebido la historia entera como un relámpago que iluminase de golpe un paisaje y recomendaba la novela como aquella por la que debía empezar quien se acercara por primera vez a su obra.

La novela constituye, en efecto, el germen de toda una multitud de personajes y esboza temas que el autor desarrollaría casi hasta el final de sus días y a lo largo de toda su producción literaria: la tragedia y la decadencia aristocrática sureña. La obra también demuestra la intensa preocupación de Faulkner por el tiempo, so sólo como tema central de la novela y medio de narración, sino en tanto elemento que influye en los personajes, un asunto que desarrollará con maestría en El ruido y la furia, que ya comentamos en este blog.

La novela presenta la marca del uso característico de Faulkner de diferentes tiempos, tales como el tiempo objetivo, el subjetivo, el cíclico y el tiempo helado. El tiempo objetivo de la novela, que abarca el período entre el verano de 1919 y el verano de 1920, es decir, algo más de un año, aborda la historia del joven Bayard Sartoris, cuyas acciones inconexas se sitúan en un marco histórico y genealógico suministrado por las vidas y tiempos de los ancestros inmediatos.

Faulkner traduce la coexistencia del tiempo pasado y presente mediante el empleo de flashbacks y el denominado stream of consciousness, que ya hemos tenido la oportunidad de tratar en este blog. En Sartoris, no obstante, Faulkner no va tan lejos en la experimentación con la forma de la novela como lo hará un año más tarde en El sonido y la furia, o en Mientras agonizo. El pasado se reconstruye en la novela de dos modos distintos: uno es la reconstrucción gradual del pasado por parte de los narradores que están en el presente y el otro es el revivir del pasado por medio de una memoria involuntaria que opera por asociación. En ninguno de los casos los personajes o el autor ven el presente o el pasado como tiempos separados. El tiempo real para Faulkner es el tiempo de la experiencia, no es una cronología sino un intento continuos para afirmar valores reales.

En muchos aspectos, en Sartoris Faulkner no logra aún deshacerse de la timidez que luce en La paga de los soldados y en Mosquitos. Su prosa gana intensidad, las imágenes se tornan mucho más arriesgadas y precisas y la narración alcanza una plasticidad de la que carecen las predecesoras, pero que aún no consigue la fuerza de sus libros posteriores. Faulkner comienza a demostrar su habilidad en la construcción de los personajes, la ambientación de las escenas y la comprensión de ese entorno social tan necesario para su futuro como novelista.

En Sartoris Faulkner disecciona una clase social en decadencia a partir de cuatro generaciones de los Sartoris, cuyos miembros fueron, desde la Guerra de Secesión americana, héroes de guerra del Ejército Confederado, banqueros o temerarios aviadores de la I Guerra Mundial. Herederos de las tradiciones aristocráticas del Sur, encerrados en el diminuto pero complejo universo de la ciudad de Jefferson, sólo les queda la retórica romántica, el orgullo y la autocompasión para enfrentarse a un mundo en el que ya no encuentran su sitio. Viven el tránsito del Sur heroico y aristocrático al Sur de los financieros y comerciantes.

Sartoris está lleno de poesía y suspense, habla sureña y el fatalismo errante faulkneriano y suficientes personajes para llenarse la cabeza y crear un sentido de maravilla.

Cuando la novela se publicó en 1929, los editores de Houghton Mifflin cortaron el texto en cuarenta mil palabras. También le cambiaron el nombre. Faulkner quería Banderas en el polvo, pero los editores impusieron su deseo de que se llamara Sartoris.

A.G.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Lecturas recientes: La Identidad



La identidad (1998)
Milan Kundera

A pesar de su brevedad y un argumento central muy simple, La identidad aborda un asunto serio: la naturaleza de la identidad humana.

Un día en una playa de Normandía, Jean-Marc busca a su amante, Chantal. Ella es cuatro años mayor que él y acaba de divorciarse de su marido, tras la muerte de su hijo de cinco años. Jean-Marc la ve pasear mientras a su alrededor unos chicos van y vienen con sus veleros de ruedas. Uno de éstos se precipita hacia Chantal. Jean-Marc cree que va a chocar con ella y grita para advertirle, pero ella no le oye; durante unos segundos vive con el horror de la muerte. El coche no golpea a Chantal y Jean-Marc corre hacia ella, moviendo las manos. Pero cuando se aproxima a Chantal, ella no lo reconoce. La mujer que pensaba era Chantal ha envejecido; es ahora más fea, parece otra. Preocupado por el impacto con el velero Jean-Marc había confundido a una extraña carente de atractivo con su amor. Así es como comienza la novela.

Chantal se ha dado cuenta de que ningún hombre, excepto su pareja, se fija en ella. Se lo dice a Jean-Marc, que se toma en serio la queja de Chantal. De vuelta en su apartamento de París, Jean-Marc, malinterpretando la causa del dolor, decide que Chantal no necesita una mirada de amor, sino una inundación de miradas extrañas, crudas y lujuriosas. Así pues, comienza a enviarle cartas anónimas de amor que puedan hacerle reafirmar su belleza. Chantal acaba averiguando quién le escribe. Jean-Marc, por su parte, descubre que Chantal guarda todas las cartas y piensa en infidelidad, en lugar de curiosidad. Aunque la caracterización de Jean-Marc y Chantal son reales, el argumento parece forzado. Al lector jamás le sorprende la identidad de la persona que escribe las cartas y los muchos intentos de Chantal por descubrir su identidad.

Los amantes se separan y la novela se vuelve cada vez más surrealista. Chantal termina en el interior de una casa extraña la noche después de una orgía, la última pérdida de identidad, y Jean-Marc sucumbe a un sueño amnésico en el banco de un parque. El final parece tan extraño y trágico que la voz de Kundera, que ha permanecido en silencio durante toda la novela, debe abrirse paso para confortar al lector, a la vez que plantea varias preguntas: ¿quién estaba soñando?, ¿quién soñó esa historia?, ¿quién la imaginó…? ¿ella, él o ambos?

Este final es susceptible de varias interpretaciones. Puede considerarse, en realidad, como un fallo serio en la narración, si bien también podría sugerir la imposibilidad de los amantes que se separan y se han definido, cada uno, mediante el otro. Puede, incluso, que Kundera se esté cuestionando la identidad misma de la novela, la cual no es, en definitiva, sino el sueño de un autor.

A.G.

martes, 15 de noviembre de 2011

Lecturas recientes: Jesús me quiere

Jesús me quiere (2008)

David Safier

Quienes disfrutaron con la lectura de Maldito Karma pasarán también un buen rato leyendo esta fresca y entretenida novela.

Adoptando un mismo tono de fábula que la obra que lo catapultó a la cima de las listas de libros más vendidas, David Safier cuenta la historia de Marie, una treintañera que vive en un pueblecito alemán y no tiene mejor ocurrencia que decirle que no a su novio Sven en el altar, después de haber suplicado a Gabriel, el párroco, que los casara por la iglesia a pesar de no ser ella muy creyente.

Es entonces cuando en la vida de Marie aparece Joshua, el carpintero, quien desvela a Marie que es el mismísimo Jesucristo. Pero es no es todo, pues el sacerdote de la parroquia es el arcángel San Gabriel, quien a su vez está enamorado de la madre de Marie. El padre, por su parte, se liga a Swetlana, una joven bielorrusa que ha venido con mochila de su lejano país. Ah, se me olvidaba: también aparece el Diablo, no podía faltar.

A pesar de todo, la historia no es tan complicada como pueda parecer. El problema es que Marie se ha enamorado de Joshua y es consciente de que lo suyo no puede ser. Al final, sin embargo, y después de una serie de escenas escatológicas, directamente relacionadas con el Apocalipsis de San Juan (interpretado con bastante libertad por Safier), todo acaba bien; demasiado bien… ¿es así la vida en realidad? No contestéis.

Lo que sí es cierto es que resulta curiosa y llamativa la exégesis bíblica que nos presenta David Safier. Supongo que Safier no tendría, mediante esta novela, la intención de convencernos de la verosimilitud de su interpretación de las Sagradas Escrituras.

A parte de la historia entre Joshua y Marie, la novela presenta otra serie de subtemas bien engarzados entre sí y con la trama principal. Sabemos de la enfermad de Kata, la hermana de Marie; de la mencionada historia entre su padre y Swetlana; de la de su madre y Gabriel; o de la de Michi, el dueño del videoclub, y su amor no correspondido por Marie.

La novela es obviamente una fábula y no está exenta, por tanto, de un cierto tono moralizante. Es irreverente a veces y en otras ocasiones no parece más que una sucesión de gracietas, intercaladas por guiños (y a veces más que eso: no podemos obviar la imagen de Dios adoptando la forma de ¡Emma Thompson!) a personajes contemporáneos. Sin embargo, su trama resulta verosímil (dentro de los parámetros en que se mueve, claro) y está desarrollada de un modo lógico. Todo parece estar atado y bien atado, lo cual debe anotarse en el haber de David Safier. También es muy interesante y acertado el uso de caricaturas.

AG.

viernes, 28 de octubre de 2011

Sorpresas gratas: Me llamo Rojo


Mi nombre es Rojo (1988)

Orhan Pamuk

Un manuscrito iluminado está en el centro del misterioso asesinato de Maese Donoso, uno de los cuatro maestros iluminadores a los que se les ha encargado ilustrar un manuscrito secreto para el Sultán. A diferencia de otras ilustraciones turcas, las suyas incorporan las nuevas técnicas de los “francos”, esto es, la pintura veneciana, pues utilizan la perspectiva, las sombras y, lo más atrevido de todo, retratos reconocibles de personas.

Mi nombre es Rojo es un libro sobre el arte y la realidad, sobre el propósito del arte y sus peligros. Se trata de un thriller filosófico construido en torno a la confrontación entre dos formas distintas de percibir el significado artístico: entre la novedad ofrecida por los pintores francos a través de la brillantez de la pintura veneciana y la tradición; entre lo viejo y lo nuevo; entre la tradición y el cambio y sus representantes: la civilización musulmana y la cristiana… el Este y el Oeste.

El resultado de tal confrontación es el rechazo de la imagen a favor de un mayor realismo. Lo que importa es la perfección del rojo que jamás cambia, compuesto a partir del escarabajo disecado procedente de los territorios áridos del Indostán, y no la delicadez francesa de las veladuras. Los miniaturistas de Pamuk se quedan ciegos en su servicio obsesivo al arte. Pero lo que supondría el final de la carrera artista de un pintor veneciano, no es sino un motivo de distinción en Estambul. La memoria es tan duradera y la técnica tan perfecta que el artista ciego sigue transmitiendo su arte e incluso refinándolo.

La historia transcurre en Estambul en 1591, uno año antes de la celebración de los mil años de la Hégira (el viaje de Mahoma desde la Meca a Medina). El largo declive del Imperio Otomano ha comenzado. Una decadencia tanto económica como política que también se plasma en el arte. Pamuk bosqueja un Estambul alegre en una época de plagas, fuegos y guerra en la que la represión religiosa coexiste con el decadente comportamiento social y sexual.

La novela comienza de un modo dramático: la primera voz corresponde a una persona muerta, Maese Donoso, cuyo asesino es un personaje recurrente que cuenta su historia de forma anónima y como un personaje no identificado por los demás como el asesino hasta el final. Pamuk, en lo que quizá sea su mayor error, no consigue caracterizar adecuadamente a los tres principales sospechosos de asesinato. Son colegas ilustradores de Maese Donoso, y aunque aparecen distinguidos por los nombres coloristas de Cigüeña, Mariposa y Aceituna, resulta difícil distinguirlos hasta los capítulos finales. En su deseo de hacerlos parecer a todos sospechosos factibles, Pamuk emborrona las líneas que separan a unos de otros, de tal forma que el lector pierde implicación en la resolución del caso de asesinato.

La novela está construida desde una perspectiva individualizadora utilizada de un modo inteligente. Pamuk se sirve de más de una docena de voces narrativas que presenten visiones diferentes: cada capítulo ofrece una perspectiva particular, esto es, la verdad tal como la experimenta cada personaje. La mayor parte de ellos son humanos, pero también encontramos un perro, un caballo, un árbol, una moneda e incluso el color rojo. Mediante esta alquimia narrativa, Pamuk logra la comprensión de ambos mundos, el agonizante y el emergente. La Muerte goza incluso de su propio capítulo, como un personaje más. Negro, un ilustrador, está encargado de descubrir al asesino que ha matado a uno de los pérfidos nuevos miniaturistas. Irónicamente, el asesino se traiciona a sí mismo con un estilo artístico peculiar y reconocible que demuestra su implicación. No hay escapatoria de los avances del nuevo mundo para sus enemigos. Pero Mi nombre es Rojo también trata el tema del amor: entre Negro y Shekure (su prima viuda), en cuya relación actúa como intermediaria Esther, una vendedora de tejidos; y el amor de la propia Shekure hacia sus hijos y su tío asesinado. Ahora bien, la mayor parte de las expresiones de sentimiento y las acciones que les suceden son mayoritariamente desilusionantes. Shekure tiene la excusa de que es una mujer (más o menos casada), lo cual la limita a la hora de hacer ciertas cosas; además tiene que pensar en sus hijos. Negro, por su parte, es un amante satisfecho sólo de forma moderadamente satisfactoria.

Mi nombre es Rojo es una obra profunda con profundas raíces. Lejos de ser una simple novela histórica, es una novela ambiciosa e ingente con un hilo narrativo que une pasado y presente, el arte elevado y el popular, que examina las intersecciones entre religión, creatividad y deseo humano. Del mismo modo que El nombre de la rosa de Umberto Eco, la novela de Pamuk combina la intriga mundana con la erudición y una sensibilidad posmoderna. Encantadora, aunque pedante en ocasiones, es una novela de lectura amena e incluso fascinante, si bien puede resultar algo lenta y excesivamente elaborada, circunstancias que exigen al lector un notable esfuerzo.

A.G.