Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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miércoles, 1 de febrero de 2012

Lecturas recientes: El prisionero del cielo


El prisionero del cielo (2011)
Carlos Ruiz Zafón


Nueva decepción protagonizada por el autor de La sombra del viento. Si su novela posterior al best-seller que lo lanzó a la fama, El juego del ángel, me pareció un absoluto fiasco (me remito a la reseña que escribí en este blog), no puedo decir menos de El prisionero del cielo, una obra fallida, a mi juicio.

En primer lugar, y aunque a alguien pueda resultarle anecdótico, no me parece en absoluto acertado que las primeras dos o tres páginas de la novela estén dedicadas a glosar las alabanzas que recibió La sombra del viento de medios escritos de todo el orbe. Estoy de acuerdo con ellos en que se trata de una magnífica novela, y si no escribí en su momento una reseña loando sus virtudes fue simplemente porque aún no había iniciado este blog.

Asumiendo, en efecto, el valor de La sombra del viento, considero desacertado, innecesario y presuntuoso añadir estas páginas al inicio de El prisionero del cielo. Y más aún cuando, después de leer la novela, no pude sino lamentarme de que ésta no le llegue a la otra a la suela de los zapatos. Y es que, eso lo sabemos todos, no se puede vivir de las rentas; ni en la literatura ni en cualquier otra disciplina artística o profesional. Los lectores entusiasmados con el primer éxito literario de Zafón se lanzaron, nos lanzamos entusiasmados a la lectura de El juego del ángel, pero yo mismo, por qué pluralizar, recibí ésta casi como una bofetada, más dolorosa aun por su final tan disparatado como fallido. Con todo, muchos lectores, entre los que me cuento, deben haber tratado de olvidar la decepción y no habrán dudado en embarcarse en la lectura de El prisionero del cielo.

Y, a decir verdad, no se puede negar que la lectura de esta novela sea amena. Lo es, de hecho, aunque uno tiene a pensar que quizá se deba a que Carlos Ruiz Zafón no parece haberse esforzado demasiado en su escritura. Sí, tal como lo digo. Supongo que el autor pensaría que si se le había criticado el barroquismo o goticismo (voy a inventarme una palabra, por qué no) de El juego del ángel, qué mejor que escribir su siguiente novela del modo más sencillo posible; al alcance de todos los públicos. Ya se sabe, más lectores, más… Por eso, precisamente, nos encontramos con una obra de lectura sencilla; una obra simple… simplona. Un error, pienso yo. Carlos Ruiz Zafón ha pretendido escribir un best-seller, algo muy loable por cierto, y ha acabado escribiendo algo insustancial, con un estilo plano, al que se le pueden poner muchos, muchísimos peros… Así que vayamos con algunos.

La historia es bastante insustancial, no está bien contada, quizá porque no parece haber en ella más que un sólo personaje de cierta enjundia; un personaje de nombre grotesco que tampoco está bien perfilado. Totalmente fallida es también, a mi juicio, esa insistencia casi (y sin casi) molesta de dotarle de un lenguaje rimbombante y supuestamente gracioso.

Además de este personaje rocambolesco, con el que jamás llegas a identificarte, no hay nada más. El resto de personajes están desdibujados, hasta el punto de no parecer más que sombras de sí mismos… los Sempere, Isabella, los presos de la cárcel de Montjuic, el personaje que da título a la novela, y hasta Vidal, el supuesto malo malísimo, que tampoco están bien caracterizado.

La historia es floja. El argumento está repleto de cabos sueltos; no parece más que una acumulación anárquica de anécdotas. Y por si fuera poco, por si nos quedara aún un atisbo de esperanza, llega el final… incalificable, absurdo… No soluciona nada, te deja igual, como si las ciento de páginas que has leído no hubieran servido para nada. La sensación que produce el final es difícil de expresar. Pero lo más duro de todo es llegar a convicción de que la única intención del autor con este final que no es final es que compremos el siguiente capítulo de la serie. Nada queda claro en El prisionero del cielo. Zafón no ha hecho más que esbozar. Por eso, no sería de extrañar que los lectores le dieran la espalda a la secuela o secuelas de esta serie que amenaza con hacerse eterna. Y no hay que buscar muy lejos para encontrar a estos lectores decepcionados; yo conozco a varios.

En fin, como ya he dicho, no se puede vivir de las rentas. Es estupendo dar un “pelotazo”, pero la virtud no está en eso, en ganar un año la Liga (utilicemos un símil futbolístico), sino en mantenerse en la cúspide año tras año, novela tras novela.

En muchas ocasiones recomiendo la lectura de la novela que comento, pero en esta ocasión no puedo decir lo mismo. Carlos Ruiz Zafón está perdiendo a pasos agigantados el crédito que le concedí después de su archifamosa La sombra del viento, y no sé si me quedará crédito, paciencia y valor para leer su más que probable secuela o precuela, porque cualquier cosa se puede esperar.

A.G.

sábado, 28 de enero de 2012

Lecturas recientes: El corazón helado


El corazón helado (2007)
Almudena Grandes

He de reconocer que me cuesta empezar a escribir una crítica, una reseña, o cómo se le quiera llamar, de esta novela. Quizá el motivo principal sea que su lectura, su larga lectura de casi mil páginas y no menos de un mes, me ha dejado un sabor agridulce, y no estoy utilizando por casualidad una expresión tan manida.

Jamás habría comenzado esta novela de no haber sido por la recomendación de una amiga, filóloga y cultivada lectora, que, en un animada conversación acompañada de ricos licores y no menos suculentas tapas, no escatimó parabienes y elogios al comentar El corazón helado. Persuadido por sus dotes oratorias, me dirigí a la Biblioteca Municipal, donde me hice con un grueso ejemplar de la misma.

No voy a detenerme en el proceso lector, siempre tan personal como enriquecedor, pero sí diré que a medida que leía página tras página, iba experimentando sensaciones contrapuestas que no pueden resumirse en unas cuantas líneas y en las que por razones de espacio, y siempre con el ánimo de no aburrir al incauto internauta que se detiene unos minutos en este blog, no me extenderé demasiado.

En un primer momento, me sorprendió el torbellino de frases, sensaciones, experiencias, sentimientos que se agolpan a lo largo de las páginas de la novela, y es algo que aprecié en un primer momento. Sin embargo, con las horas de lectura, llegué a acabar francamente aburrido, hasta el punto de dudar si seguir o no, por varios motivos: en primer lugar, Almudena Grandes explota, a mi gusto excesivamente, un estilo de escritura tan propio como exagerado; al comienzo resulta atractivo, pero acaba siendo un plomo; siempre los mismos recursos literarios, las largas aposiciones, los innumerables adjetivos concatenados, etc. Por otro lado, y quizá en relación con esto mismo, lo novela me ha resultado demasiado presuntuosa; ese estilo grandilocuente y recargado, demasiado artificial a veces, no es sino el resultado, y también la causa, de las exageradas pretensiones de la novela. Su autora trata un tema serio, de eso no hay duda, pero se excede en la expresión de sentimientos, se deleita, se gusta en demasía, y uno se encuentra con largos párrafos pedantes, presuntuosos... y agotadores. Todo es excesivo, y reitero un término que soy consciente de haber utilizado ya, pero, a mi juicio, es el que mejor define esta novela.

Las historia en sí, como he dicho, tiene su interés, eso es indudable. Pero he ahí otro problema o inconveniente, a mi parecer. Yo soy el primero que está interesado en la Guerra Civil, qué os voy a contar, pero si hay algo que no soporto es el sectarismo y el maniqueísmo a la hora de tratar este asunto. Al terminar la novela, estuve charlando al respecto de ella con un compañero de trabajo que también la había leído. Ambos coincidimos en que El corazón helado podría pasar por no ser más que una de tantas novelas de temática similar surgidas durante los (omitamos el adjetivos calificativo) años del Zapaterismo. Una de esas novelas que, al igual que infames películas y series de televisión, surgieron como setas en esos (omitamos de nuevo el adjetivo) años. Yo creo que El corazón helado es bastante mejor que algunas de estas novelas, de las que incluso se han hecho versiones cinematográficas, que además de ser tan sectarias como el original, eran de baja por no decir nula calidad literaria. No voy a citar a ninguna, pero ahora mismo me vienen dos a la cabeza, de cuyo nombre no quiero acordarme.

La novela de Almudena Grandes puede exhibir, al menos, una historia coherente en la que interactúan personajes de carne y hueso, y no meros clichés, con sentimientos creíbles, pero si la analizamos en su conjunto (e incluso por partes), nos encontramos con la desagradable (no por inesperada) sorpresa de que de nuevo los malos son los de siempre y los buenos, naturalmente, también. Eso ya cansa, para qué voy a negarlo. Yo no soy historiador, ni pretendo serlo, pero creo que ya está bien de falsear la historia; ya basta de sectarismo y maniqueísmo, como mencioné más arriba. En cierto lugar leí que la novela trataba el “conflicto de las nuevas generaciones con la memoria”. ¿Perdón? ¿cómo de nuevas? Porque Almudena Grandes no vivió la guerra... qué poca gente queda en nuestro país que realmente viviera aquellos años y la primera mitad de los 40, los más duros. Es cierto que la novela podría emocionar especialmente a españoles que tuvieron que emigrar durante aquellos años, pero ¿también a sus hijos? ¿a sus hijos franceses? Yo he conocido a hijos franceses de exiliados y a la mayoría no les suena ni el Jarama, ni Brunete... ni Paracuellos. ¿Hay hoy todavía algún conflicto con la memoria, sobre todo en las nuevas generaciones?

Por lo demás, resultan muy atractivos algunos personajes de la novela: Álvaro (el marido adúltero, científico y enamoradizo), Raquel (la vengativa y fría, aunque al final no tanto, femme fatale), Julio Carrión (el padrino, con sus matices, su pragmatismo y su mala leche)... y toda la pléyade de personajes mayores y menores que merodean por la historia.

En definitiva, no desanimaría a nadie que tuviera la intención de leer esta novela: tiene sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas. Como literatura es aceptable, a mi juicio, aunque cojea por varias de sus patas; vamos, que se le ve el plumero; considero muy desacertadas algunas de las dedicatorias a personajes (sin adjetivo) históricos, añadidas al final. Creo que sobran.

Con todo, yo le daría un aprobado a la novela, por supuesto; resultan incuestionables la intensa labor de investigación y el trabajo duro de su autora. Y sólo por eso se merece que no la arrojemos a la hoguera como se habría hecho en la Alemania Nazi.

A.G.

domingo, 8 de enero de 2012

¡Feliz 2012!




Os deseo un NUEVO AÑO

repleto de lecturas apasionantes




A.G.

martes, 27 de diciembre de 2011

Lecturas recientes: Sartoris



Sartoris (1929)
William Faulkner

Punto de partida del universo faulkneriano, Sartoris presenta el condado apócrifo de Yoknapatawpha, escenario de muchos de sus relatos y novelas posteriores. Pocos años antes de morir, el propio William Faulkner afirmaba haber concebido la historia entera como un relámpago que iluminase de golpe un paisaje y recomendaba la novela como aquella por la que debía empezar quien se acercara por primera vez a su obra.

La novela constituye, en efecto, el germen de toda una multitud de personajes y esboza temas que el autor desarrollaría casi hasta el final de sus días y a lo largo de toda su producción literaria: la tragedia y la decadencia aristocrática sureña. La obra también demuestra la intensa preocupación de Faulkner por el tiempo, so sólo como tema central de la novela y medio de narración, sino en tanto elemento que influye en los personajes, un asunto que desarrollará con maestría en El ruido y la furia, que ya comentamos en este blog.

La novela presenta la marca del uso característico de Faulkner de diferentes tiempos, tales como el tiempo objetivo, el subjetivo, el cíclico y el tiempo helado. El tiempo objetivo de la novela, que abarca el período entre el verano de 1919 y el verano de 1920, es decir, algo más de un año, aborda la historia del joven Bayard Sartoris, cuyas acciones inconexas se sitúan en un marco histórico y genealógico suministrado por las vidas y tiempos de los ancestros inmediatos.

Faulkner traduce la coexistencia del tiempo pasado y presente mediante el empleo de flashbacks y el denominado stream of consciousness, que ya hemos tenido la oportunidad de tratar en este blog. En Sartoris, no obstante, Faulkner no va tan lejos en la experimentación con la forma de la novela como lo hará un año más tarde en El sonido y la furia, o en Mientras agonizo. El pasado se reconstruye en la novela de dos modos distintos: uno es la reconstrucción gradual del pasado por parte de los narradores que están en el presente y el otro es el revivir del pasado por medio de una memoria involuntaria que opera por asociación. En ninguno de los casos los personajes o el autor ven el presente o el pasado como tiempos separados. El tiempo real para Faulkner es el tiempo de la experiencia, no es una cronología sino un intento continuos para afirmar valores reales.

En muchos aspectos, en Sartoris Faulkner no logra aún deshacerse de la timidez que luce en La paga de los soldados y en Mosquitos. Su prosa gana intensidad, las imágenes se tornan mucho más arriesgadas y precisas y la narración alcanza una plasticidad de la que carecen las predecesoras, pero que aún no consigue la fuerza de sus libros posteriores. Faulkner comienza a demostrar su habilidad en la construcción de los personajes, la ambientación de las escenas y la comprensión de ese entorno social tan necesario para su futuro como novelista.

En Sartoris Faulkner disecciona una clase social en decadencia a partir de cuatro generaciones de los Sartoris, cuyos miembros fueron, desde la Guerra de Secesión americana, héroes de guerra del Ejército Confederado, banqueros o temerarios aviadores de la I Guerra Mundial. Herederos de las tradiciones aristocráticas del Sur, encerrados en el diminuto pero complejo universo de la ciudad de Jefferson, sólo les queda la retórica romántica, el orgullo y la autocompasión para enfrentarse a un mundo en el que ya no encuentran su sitio. Viven el tránsito del Sur heroico y aristocrático al Sur de los financieros y comerciantes.

Sartoris está lleno de poesía y suspense, habla sureña y el fatalismo errante faulkneriano y suficientes personajes para llenarse la cabeza y crear un sentido de maravilla.

Cuando la novela se publicó en 1929, los editores de Houghton Mifflin cortaron el texto en cuarenta mil palabras. También le cambiaron el nombre. Faulkner quería Banderas en el polvo, pero los editores impusieron su deseo de que se llamara Sartoris.

A.G.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Lecturas recientes: La Identidad



La identidad (1998)
Milan Kundera

A pesar de su brevedad y un argumento central muy simple, La identidad aborda un asunto serio: la naturaleza de la identidad humana.

Un día en una playa de Normandía, Jean-Marc busca a su amante, Chantal. Ella es cuatro años mayor que él y acaba de divorciarse de su marido, tras la muerte de su hijo de cinco años. Jean-Marc la ve pasear mientras a su alrededor unos chicos van y vienen con sus veleros de ruedas. Uno de éstos se precipita hacia Chantal. Jean-Marc cree que va a chocar con ella y grita para advertirle, pero ella no le oye; durante unos segundos vive con el horror de la muerte. El coche no golpea a Chantal y Jean-Marc corre hacia ella, moviendo las manos. Pero cuando se aproxima a Chantal, ella no lo reconoce. La mujer que pensaba era Chantal ha envejecido; es ahora más fea, parece otra. Preocupado por el impacto con el velero Jean-Marc había confundido a una extraña carente de atractivo con su amor. Así es como comienza la novela.

Chantal se ha dado cuenta de que ningún hombre, excepto su pareja, se fija en ella. Se lo dice a Jean-Marc, que se toma en serio la queja de Chantal. De vuelta en su apartamento de París, Jean-Marc, malinterpretando la causa del dolor, decide que Chantal no necesita una mirada de amor, sino una inundación de miradas extrañas, crudas y lujuriosas. Así pues, comienza a enviarle cartas anónimas de amor que puedan hacerle reafirmar su belleza. Chantal acaba averiguando quién le escribe. Jean-Marc, por su parte, descubre que Chantal guarda todas las cartas y piensa en infidelidad, en lugar de curiosidad. Aunque la caracterización de Jean-Marc y Chantal son reales, el argumento parece forzado. Al lector jamás le sorprende la identidad de la persona que escribe las cartas y los muchos intentos de Chantal por descubrir su identidad.

Los amantes se separan y la novela se vuelve cada vez más surrealista. Chantal termina en el interior de una casa extraña la noche después de una orgía, la última pérdida de identidad, y Jean-Marc sucumbe a un sueño amnésico en el banco de un parque. El final parece tan extraño y trágico que la voz de Kundera, que ha permanecido en silencio durante toda la novela, debe abrirse paso para confortar al lector, a la vez que plantea varias preguntas: ¿quién estaba soñando?, ¿quién soñó esa historia?, ¿quién la imaginó…? ¿ella, él o ambos?

Este final es susceptible de varias interpretaciones. Puede considerarse, en realidad, como un fallo serio en la narración, si bien también podría sugerir la imposibilidad de los amantes que se separan y se han definido, cada uno, mediante el otro. Puede, incluso, que Kundera se esté cuestionando la identidad misma de la novela, la cual no es, en definitiva, sino el sueño de un autor.

A.G.