Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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lunes, 21 de diciembre de 2015

Lecturas recientes: Julio César: la grandeza del héroe

  
Julio César: La grandeza del héroe (1958)
Hans Oppermann

La vida de Julio César ha fascinado a lo largo de los siglos a personas de toda índole, entre las que desde luego hemos de incluir a historiadores, novelistas o dramaturgos de renombre. La obra de Hans Oppermann nos presenta la doble vertiente del personaje: el hombre el público y el hombre privado. El político y hombre de estado que, sirviéndose de su habilidad como general, acabó por hacerse con el poder supremo en la República Romana y se convirtió en su dueño absoluto. El escritor que relata con detalle y pasión su campaña en las Galias, esposo de tres mujeres y amante de otras (y supuestamente también de otros)… El estratega. El gobernante magnánimo que no hacía un uso gratuito de la violencia y que fue asesinado por algunos de los muchos hombres a los que perdonó la vida. El hombre que abrió las puertas del nuevo Imperio a su delfín Octavio y cuyo nombre –César– se convirtió en un título con el que honraron su nombre los sucesivos emperadores romanos. Un título que simbolizada el poder supremo y legítimo del que aún encontramos reminiscencias en el siglo XX, durante el cual hombres poderosos adoptaron los títulos de Kaiser o Zar, como tributo a Julio César.

Oppermann repasa en su brillante estudio las diferentes etapas de la vida del personaje: desde los poco conocidos años de su infancia, turbulenta juventud y prometedora carrera política, durante la cual se relacionó –aunque de diferentes maneras– con personajes como Mario, Cinna, Sila o Cicerón, hasta su acceso al consulado. Julio César fue un fugitivo, prisionero de piratas, a los que acabaría ajusticiando, líder militar, abogado y cónsul en Hispania y la Galia, donde llevó a cabo una impresionante serie de duras campañas contra los diferentes pueblos bárbaros, que no dio por terminadas hasta llevarse esposado a Roma a Vercingétorix, el líder galo de la tribu de los Arvernos.

A Julio César jamás le faltó el valor necesario, si bien siempre actuó de acuerdo con los dictados de la razón. Fue paciente y perseverante con los Galos, calculador y decidido con Pompeyo, a quien trató con todos lo medios de convertir en su aliado, magnánimo con sus enemigos. Cruzó el Rubicón y emprendió una lucha encarnecida contra los pompeyanos, que hubo de continuar incluso después del vil asesinato de Pompeyo en Egipto; una crueldad sin sentido que Julio César recriminó a Ptolomeo, quien se sirvió de la traición de los propios hombres de Pompeyo para entregarle su cabeza a Julio César, en cuyo ánimo estuvo siempre restablecer la amistad entre los dos.

Tras el final de la Guerra Civil, triunfador de campañas militares que lo llevaron de una punta a otra del Mediterráneo, e incluso más allá (Veni, vidi, vici), Julio César se convirtió en dictador. Fue aclamado e idolatrado por sus legiones y por el pueblo, con quienes compartió la inmensa riqueza de sus botines de guerra.

Sin embargo, sus actos –a veces excesivamente despóticos– no fueron del agrado de todos, ni siquiera de aquellos a los que perdonó la vida, y se urdió una conspiración que acabó con su violento asesinato a las puertas del Teatro de Pompeyo el 15 de marzo del año 44 a.C. (A propósito de este asunto recomiendo Los Idus de Marzo (1948), la entretenida novela histórica del escritor norteamericano Thornton Wilder.)

El legado de Julio César –el que fuera gran admirador de Alejandro Magno– es inmenso, tal como Oppermann desgrana en uno de los capítulos finales de su obra; un legado historiográfico tanto como político… pero ésa es otra historia.

A.G.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Lecturas recientes: Ve y pon un centinela


Ve y pon un centinela (2015)
Harper Lee

Escrito antes de Matar a un ruiseñor, la novela recién publicada por Harper Lee cuenta la historia de una Scout adulta que regresa desde Nueva York a Maycomb, al Sur profundo, donde se encuentra frente a frente con las actitudes racistas de su padre, Atticus Finch, al que asocia con el Ku Klux Klan, con su amigo de infancia Herny Clinton, y con el vívido recuerdo de Jem, su hermano muerto. La experiencia vital de Harper Lee fue muy parecida a la de Scout, pues ella nació también en Alabama, pero se trasladó siendo aún joven a Nueva York, donde comenzó a escribir.

Utilizando como telón de fondo uno de los cambios más monumentales de la sociedad norteamericana, vemos crecientes tensiones por los derechos humanos y el final de la segregación, si bien son patentes más divisiones, pues la novela expone en primer plano los prejuicios entre razas, el conflicto entre el Norte y el Sur y entre diferentes generaciones. A medida que Jean Louise logra adaptarse a una sociedad que cambia a gran velocidad, su percepción de sus vecinos, amigos y familiares queda alterada para siempre. Debe aprender a adaptarse a sus nuevos descubrimientos y tratar con sus desilusiones. No en vano, Ve y pon un centinela (su título está tomado de la Biblia (Isaías 21,6)) es además de todo esto un novela acerca del crecimiento, del alcance de la madurez.

Además, constituye un análisis sorprendente y certero de la historia de los Estados Unidos, pues plantea asuntos que aún hoy siguen siendo candentes. La comparación entre cómo era antes la sociedad y cómo es ahora despierta un doble sentimiento, pues percibimos por una parte cuánto ha cambiado la sociedad norteamericana en ciertos aspectos, mientras en otros el cambio parece haber sido insignificante.

Resulta inevitable comparar Ve y pon un centinela con Matar a un ruiseñor. No hay duda alguna de que la primera carece del ingenio, del impacto o del brillo de la segunda. En este sentido, no me parece de justicia emprender la tarea de comparar de forma exhaustiva ambas novelas. No hay que olvidar que Harper Lee nunca tuvo la intención de publicar Ve y pon un centinela, y puesto que fue escrita antes que Matar a un ruiseñor, resulta ridículo leerla como una secuela de la anterior. Creo que no podemos alterar nuestra opinión, ni cambiar nuestros sentimientos sobre la ingente figura de Atticus Finch, un auténtico héroe –más que literario– para para tantos, entre los que encuentro. En Ve y pon un centinela, Atticus ha envejecido y ya no es la referencia moral que solía ser. A pesar de sus leves tintes de racismo, me parecería injusto cambiar nuestra percepción sobre él. Quizá debiéramos interpretar el personaje de Atticus en Matar a un ruiseñor como un producto de la evolución de un personaje preexistente, que ha llegado a convertirse, como hemos afirmado, en un referente moral sin fisuras y absolutamente convincente.

Con todo, se me antoja inevitable exponer, siquiera brevemente, algunas diferencias entre Ve y pon un centinela y Matar a un ruiseñor, pues éstas son sorprendentes. Mientras la primera muestra a Atticus Finch como un pueblerino sureño que está siempre de mal humor, en la segunda el personaje se convierte en el Atticus que el mundo conoce y ama, en el símbolo sagrado de la decencia y la justicia. Sin embargo, es la liberación de su hija, Scout, lo que realmente sorprende. Mientras en la primera novela, la voz en tercera persona resulta convencional y poco participativa, en la segunda se escucha a una Scout de seis años recordando unos días de infancia que la cambiarán para siempre. Esta destreza narrativa propone una perspectiva adulta, a la vez que cuenta la historia de Scout en la voz de una niña. Además de éstas, encontramos otras mejoras notables en la comparación de ambas novelas. Mientras en Ve y pon un centinela, la descripción del Sur profundo resulta burda, partidista e incluso tosca, en Matar a un ruiseñor, la visión de la sesgada sociedad blanca es reproducida con compasión. En definitiva, mientras Matar a un ruiseñor concluye con la esperanza de que la gente es buena de verdad, Ve y pon un centinela concluye con resignación que la gente a veces no puede cambiar. Jean Louise se da cuenta de que no puede dar por perdido a su padre, con sus cosas buenas y sus cosas malas, sólo por su perspectiva del mundo o porque sea una figura del pasado que se esté esfumando lentamente. Sólo esforzándose por verlo con los ojos de un adulto puede permitir a Scout comprender su verdadero significado.

Harper Lee refleja en el personaje de Scout la idea de la pérdida del idealismo de la juventud y la desilusión que experimenta el ser humano a medida que va creciendo. En este sentido, observamos también la advertencia que nos lanza la autora acerca de los peligros de idealizar a la gente hasta el extremo de convertirlos en ídolos.

Harper Lee nos recuerda que no podemos ser ajenos a un hecho irrefutable: a medida que crecemos como individuos, también evoluciona la sociedad. Así pues, debemos de poner nuestro empeños en congeniar estas dos circunstancias, ambas de una importancia vital y que, sucedidas de forma simultánea, provocan un conflicto en nosotros y perfilan nuestra personalidad a través de desilusiones, descubrimientos y nuevas experiencias. Tal como le recuerda a Scout su tío Jack, el nacimiento del ser humano es algo de lo más desagradable. Es desordenado y extremadamente doloroso, además de ser arriesgado y siempre sangriento. Es, por tanto, como la propia civilización.

Esta afirmación capta perfectamente el espíritu de una época de agitación política y tensiones civiles. Lee utiliza Maycomb como un microcosmos de la sociedad norteamericana y a través de los ojos de Scout observamos las reacciones de las diferentes comunidades y cómo las políticas implementadas para unir a las personas comienzan a separarlas.

Jean Louise ha permanecido fiel a sus ideales y se erige como un símbolo del feminismo y un contraste refrescante del estereotipo de la mujer sureña, definida a la perfección por la tía Alexandra. Scout no tiene más remedio que aceptar Maycomb tal como es. No puede ni vencer a sus vecinos ni unirse a ellos. Incapaz de cambiar las ideas de la gente, y renuente a cambiar las suyas propias, Scout opta por ver los puntos buenos de esa gente con la que no congenia, en lugar de fijarse tan sólo en sus defectos.

Aunque Ve y pon un centinela no alcanza el altísimo nivel literario de Matar a un ruiseñor, es una obra que pone en marcha nuestro cerebro y nos impele a cuestionar muchas de las decisiones tomadas en el mundo de hoy, que quizá de manera demasiado sumisa juzgamos adecuadas.

Debemos, pues, leer Ve y pon un centinela con una mente abierta, pues se trata de una historia hermosa en la que se exponen ideologías y opiniones de gran calado.

A.G.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Lecturas recientes: Samarcanda


Samarcanda (1988)
Amin Maalouf

Llegado a Samarcanda de su natal Persia, Omar Jayyam es reconocido en la calle por un poeta procaz que escribe de vino y mujeres, y cuya filosofía se mofa del Islam. Los matones callejeros declaran a Jayyam infiel y lo conducen al juez para recibir el castigo apropiado. Pero el juez, que es un intelectual, reconoce el genio de Jayyam y le da un pequeño libro en blanco compuesto de hermosas hojas de papel chino. Le encomienda la difícil tarea de anotar en él cualquier verso que tome forma en su mente o en la punta de su lengua. Ahora bien, el libro habrá de permanecer oculto. De esta manera, salva el cuello un gran poeta y nace el rubayat de Jayyam, la simple y hermosa estrofa de cuatro versos pentámetros yámbicos que riman AABA.

La historia de Jayyam transcurre en el Asia Central del siglo XI, cuando las ciudades de Bujará y Samarcanda eran las más grandes de la época. Maalouf se recrea con insólita destreza en las descripciones de las cortes, las fuentes, el bazar, las vidas de los místicos, los reyes y amantes en una prosa lánguida y evocadora. Sin pretender intentarlo, sin artificio ni banalidad, la novela establece un tono que está en perfecta armonía con el misticismo sufí y retrata con éxito las paradojas, la sutil ironía y el humor autodespectivo de su característica escritura.

Los nueve años de relación amorosa de Jayyam y Jahn, la poetisa de la corte, resuenan también con una palpable sensualidad.

Las grandes figuras del Asia Central medieval son vistos a través de los ojos de Jayyam: Nizam al Mulk, el déspota visir persa del sultán turco Malik Sha, que aún es recordado por sus notables innovaciones en cuestiones de gobierno y por sus teorías filosóficas que anticipan a Maquiavelo; Hasan ibn al-Sabbah, un hombre muy sabio y cruel que se convierte en el fundador de la comunidad ismaelí que interpretó el Islám de un modo diferente y que dirige a los miembros de la Orden de los Asesinos desde su fortaleza de Alamut; y, por supuesto, el propio Omar Jayyam, un hombre extraordinario, un sabio instruido en diferentes disciplinas del conocimiento (matemáticas, filosofía, astrología, física y literatura) que jamás quiere involucrarse en política o en cualquier asunto relacionado con ella y de quien todos solicitan consejo en esta y otras materias.

La novela viaja también más allá de Asia Central, pues el autor cruza siglos y continentes siguiendo la pista del manuscrito original de los rubayat. Las anotaciones de Jayyam en el libro, que son traducidas en el siglo XIX por Edward Fitzgerald y sorprenden a la sociedad victoriana, son robadas por primera vez por el líder de los Asesinos, el despiadado Hasan ibn al-Sabbah. La fortaleza de los Asesinos, donde se guarda el manuscrito, es destruida y el manuscrito se pierde durante cientos de años. En el siglo XIX un erudito americano se obsesiona con encontrar el original. Viaja a Persia en 1896, donde se encuentra con las primeras luchas de los demócratas persas por un gobierno constitucional después de que el Sha ha sido asesinado.

El erudito se enamora de Shireen, una princesa persa que ha descubierto el texto perdido. Viven los primeros meses de la primera República de Irán, pero cuando regresan a Estados Unidos juntos en el Titanic, en 1912, éste se hunde. Aunque los dos se salvan y llegan sanos y salvos a Nueva York, el manuscrito se pierde en el fondo del océano. Shireen no puede seguir vivendo sin el manuscrito y abandona a su amante americano en el muelle de Nueva York.

Maalouf es el autor de una estupenda novela que tiene la virtud de describir las vidas y la época de unos personajes que jamás habían aparecido en la ficción con anterioridad y muy probablemente no volverán a hacerlo. El libro no es una simple novela histórica, sino que, del modo que el intrincado bordado de una alfombra oriental se teje y se desteje durante siglos, Maalouf entreteje poesía, filosofía y pasión por el pasado sufí con la modernidad. Maalouf intercala en la narración extractos de poemas de Jayyam que dotan al texto de una poderosa cadencia melódica.

La ficción histórica de alta calidad, como la que representa Samarcanda, es un modo excelente de despertar interés por la investigación histórica. Maalouf realiza un trabajo excelente en este sentido, pues elabora una novela con un perfecto equilibrio entre información y entretenimiento, a la vez que presenta su punto de vista de las sociedades contemporáneas de mayoría musulmana.

Una novela muy ilustrativa que, como todas las obras de su autor, trata de comprender y avanzar hacia una solución y un encuentro real entre nuestras culturas. Ojalá sea así algún día.

A.G.

domingo, 25 de octubre de 2015

Lecturas recientes: El halcón maltés


El halcón maltés (1930)
Dashiel Hammet

Ambientada en San Francisco en diciembre de 1928, esta obra maestra de la literatura del siglo XX presenta a Sam Spade, el detective privado que sedujo a toda una generación de lectores y sirvió como modela del gran Philip Marlowe, el protagonista de las novelas de Raymond Chandler.

La novela comienza cuando Brigid O’Shaughnessy contrata a Spade y a su compañero Miles Archer para protegerse de Thursby, su ex pareja, con la excusa de que busca a su hermana perdida. Pero Archer y Thursby son asesinados y Spade se ve obligado a intervenir para que no se airee su relación con Iva, la mujer de Archer. Sin embargo, todas las personas implicadas parecen más interesados en encontrar una misteriosa escultura. En efecto, Spade recibe ofertas de dos hombres, Cairo y Gutman, para encontrar el Halcón Maltés, una pieza incrustada de joyas valiosísimas que perteneció a los legendarios Caballeros de Rodas. Brigid, que no tiene tanto dinero como los otros, intenta seducir a Spade y consigue convencerlo para que colabore en su plan de vender la estatua a sus anteriores compañeros: Cairo, Wilder y Gutman. Los primeros dos personajes son retratados como homosexuales, mientras en el tercero es un sádico que abusa de su hija. Todos ellos amenazan la vida de Spade de diferentes maneras, pues tratan de descubrir lo que él y Brigid saben del halcón. Contra ellos Spade emplea su fuerza física y mental, a su fiel secretaria Effie Perrine y su buen entendimiento con los policías de San Francisco Dundy y Polhaus. Dundy, sin embargo, acaba volviéndose en su contra. Spade no encuentra más que hostilidad en todas partes. Pasa la noche con Brigid y registra su apartamento antes de que ella se levante.

El estilo objetivo de la narrativa de Hammett le impide al lector saber que Spade sabe que Brigid mató a Archer. También se entera de la historia de la escultura de boca de Gutman, quien lo droga. Golpeado por Wilmer, Spade se despierta a tiempo de recibir el halcón de Jocaby, el moribundo capitán del barco La Paloma, al que ha disparado Wilmer. Brigid y sus compinches le tienden una trampa a Spade, pero cuando les muestra el halcón, descubren que éste es una falsificación de plomo.

Finalmente, todos huyen excepto Brigid, que le sugiere a Spade que se escape con ella. Pero éste le enumera los motivos por los que no puede. Entre ellos se cuenta su conocimiento acerca de la identidad del asesino de Archer.

Al final Spade entrega a todos a la policía. Una vez cumplidas sus obligaciones legales y habiendo preservado su integridad profesional y personal, Spade ha de hacer frente el día siguiente a Effie, que está enfadada por su traición al amor de Brigid. Effie siempre ha creído en la inocencia de Brigid. Spade ha de enfrentarse también a Iva Archer, que le está esperando en su despacho.

La tercera novela de Dashiell Hammett, El halcón maltés establece el patrón por el que todas las novelas de detectives siguientes habrían de ser juzgadas. La novela negra se había convertido en un género estereotipado, flácido e insignificante, pero la prosa limpia, la facilidad para el diálogo de Hammett y unos personajes dotados de un lenguaje peculiar y motivaciones convincentes dieron como resultado una obra maestra.

El detective duro no es en realidad una invención de Hammett. Sin embargo él lo convirtió en un personaje que los lectores podían identificar fácilmente: un ser solitario de ojos pequeños y brillantes, dotado de una determinación tal que lo lleva a deshacer entuertos y lograr justicia. Su implicación en el mundo no es cínica, sino apasionada. Con todo, sus éxitos están siempre ensombrecidos por unos toques de pérdida y fracaso. Este concepto se ha filtrado a lo largo de los años en las obras de numerosos escritores del género; desde Raymond Chandler a John Le Carré.

Sam Spade no confía en la policía ni en ninguna otra autoridad. Trata a las mujeres de un modo que a veces parece desconsiderado, si no abiertamente irrespetuoso. Tal es el caso cuando seduce a Iva, la mujer de su compañero, o cuando amenaza a Brigid con registrarla delante de otros hombres. Su sentido de la lealtad no está muy claro, pues acepta dinero y consiente en ayudar a gente con deseos contrarios a los suyos.

Los tres personajes femeninos principales, sobre todo Brigid O’Shaughnessy, responden al magnetismo sexual de Spade. Él, sin embargo, subordina al final sus deseos a un bien superior, hasta el punto de entregar a Brigid a la policía.

Brigid O’Shaughnessy es un buen ejemplo del arquetipo de femme fatale: la mujer hermosa y manipuladora que se sirve tanto de la mentira como de su sexualidad, en combinación con una apariencia de mujer desamparada, para conseguir que los hombres hagan lo que quiere, aunque en realidad sea bastante autosuficiente y peligrosa.

El halcón maltés fue publicado por primera vez por entregas en la revista Black Mark, a partir de septiembre de 1929. Fue publicada en forma de libro el año siguiente. El editor, Blanche Knopf, trató de rebajar la abierta sexualidad de la versión de Black Mask, pues temía que las referencias a la homosexualidad de Joel Cairo espantaran a los lectores. Sin embargo prevaleció el criterio de Hammett, que opinaba lo contrario.

Probablemente la mejor novela norteamericana de detectives, El halcón maltés fue reconocida como tal tras su publicación. Incluso hoy en día pocos son los críticos que discrepan acerca su relevancia. Raymond Chandler, que tanto le debía al padre de Sam Spade, jamás dejó de elogiar la obra maestra de Hammett.

La novela ha sido adaptada numerosas veces a la pequeña pantalla. La versión de 1941, interpretada por Humphrey Bogart, Mary Astor, Peter Lorre y Sydney Greenstreet, está considerada un clásico inmortal del cine negro.

A.G.

sábado, 17 de octubre de 2015

Sorpresas gratas: Presunto inocente


Presunto inocente (1987)
Scott Turow

Basada en la propia experiencia del autor como fiscal de Chicago, esta brillante novela presenta un retrato detallado y realista del mundo judicial de una ciudad imaginaria del Medio Oeste. Pero eso no es todo...

Rozat Rusty Sabich es ayudante jefe del fiscal del condado de Kindle y está ayudando en la reelección de su amigo Raymond Horgan. Las elecciones determinarán si Rusty tiene o no trabajo. Si las gana Horgan, se quedará. Pero si las pierde, está acabado.

Rusty es un hombre apasionado y taciturno. Un hombre solitario que tiene la impresión de que a sus casi cuarenta años, tanto su matrimonio como su carrera se han estancado. Sus sentimientos se centran en el amor a su hijo, Nat, y sus perdurables y desesperadas fantasías con su colega Carolyn Polhemus, la amante que no hace mucho tiempo puso fin de manera abrupta a su relación de seis meses.

A unas semanas de las elecciones, Carolyn aparece asesinada en su apartamento. Carolyn es madre divorciada y tiene una vida muy promiscua. Es una mujer sin escrúpulos y amante del peligro. Los indicios apuntan a que fue brutalmente violada por alguien que la conocía bien y en quien ella confiaba. La pérdida es particularmente impactante para Rusty, que aún está enamorado de ella. Horgan asigna a Rusty la investigación del crimen, desconociendo la breve pero apasionada relación de éste con la víctima.

Rusty ha de manejar la investigación del asesinato a pesar del conflicto de intereses que nadie más conoce, para lo cual cuenta con la ayuda de Dan Lip Lipranzer. Al principio se sospecha de delincuentes sexuales que Carolyn ayudó a condenar. Rusty se entera de que Horgan tuvo una breve relación con Carolyn. Mientras tanto, el matrimonio de Rusty hace aguas desde que su mujer, Bárbara, supo de la relación de la aventura de su marido. Aunque siguen viviendo juntos, Bárbara no ha perdonado a su marido y jamás podrá hacerlo.

Rusty no tarde en darse cuenta de que el caso no parece ir a ninguna parte debido a la falta de evidencia y pistas. Su fracaso en la investigación conduce a la derrota de Horgan en la elección. Enfadado y frustrado, Horgan decide conspirar, utilizando todas las poderosas armas que tiene en su mano, para incriminar a su subordinado.

En efecto, una serie de pistas circunstanciales conducen a la fiscalía a acusar a Rusty del asesinato y violación de Carolyn: llamadas desde su casa a Carolyn la noche del asesinato, un vaso de cristal con sus huellas, fibras de la alfombra de la casa de Rusty encontradas en la de Carolyn. El recién elegido fiscal general del condado Nico Della Delay Guardia trata de aportar, con la ayuda de su ayudante Tommy Molto, toda la evidencia posible contra Rusty, quien se ve obligado a contratar para su defensa a Alejandro Stern. Sandy es un abogado argentino que ha sido contrincante de Rusty durante los últimos años. Rusty sólo puede confiar en él y un misterioso expediente B.

Comienza entonces el juicio. Acusación y defensa interrogan a los testigos. La suerte de Rusty da un giro de ciento ochenta grados con la declaración del experto forense, cuyo testimonio no se sostiene en pie. Rusty se entera, además, de que el juez también tuvo una relación con Carolyn y de que el propio juez, Carolyn y Horgan aceptaron sobornos de sospechosos. Y por si fuera poco, la defensa no es capaz de encontrar el vaso con la huella de Rusty.

El juez resuelve que la falta de evidencia hace inviable la continuación del juicio y la propia defensa retira los cargos contra el acusado. El caso queda desestimado antes siquiera de ser enviado al jurado para su deliberación.

Rusty regresa a casa, a salvo de la cárcel, pero su vida no volverá a ser jamás la que fue. Su mujer no está dispuesta a perdonarle y no tarda en aceptar un trabajo en Detroit, lejos de él. Aliviado de las tensiones del juicio, Rusty consigue por fin juntar todas piezas, aparentemente inconexas, del caso y averiguar la identidad del asesino y los motivos que lo llevaron a cometer el crimen.

Presunto inocente, la primera novela de Scott Turow, se convirtió en un éxito inmediato. No en vano, permaneció cuarenta y cinco semanas en las lista de los libros más vendidos del New York Times. Es, sin duda, una de las más brillantes novelas de intriga judicial. Una obra fascinante y profundamente reflexiva.

Turow engancha al lector gracias no sólo a las poderosas tensiones y reverberaciones de la historia, sino a la realidad del mundo que ha creado. Presunto inocente recrea como pocas novelas, con verosimilitud e inteligencia, los mecanismos de la justicia, su psicología, su drama y su lógica. Además, da vida a unos personajes memorables, dotándolos de una riqueza y complejidad extraordinarias. Unos personajes que habitan un mundo violento en el que imperan la doble moral y los conflictos de lealtades. Un mundo donde la verdad nunca está clara y donde la culpa es una pesada carga. Un mundo que nos recuerda al nuestro propio, hasta el punto de cautivar al lector incluso después de la resolución del misterio.

Tal como indica el título de la novela, ésta nos demuestra que no existe la auténtica inocencia. Tan sólo la presunción de inocencia, un término legal y un reconocimiento de la inefabilidad del motivo humano y la imposibilidad de establecer juicios concluyentes de culpabilidad. En gran parte, la verdad que encierra la novela emerge no tanto del juicio de Rusty Sabich como de sus meditaciones. Éstas revelan un temperamento melancólico y filosófico. En efecto, la inquietante ambigüedad moral parece revelarse como una experta interpretación de verosimilitud por parte de Turow.

A.G.