Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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sábado, 23 de abril de 2016

Efemérides: William Shakespeare


William Shakespeare (1564-1616)

A horse, a horse! My kingdom for a horse!
(Ricardo III)

Hace hoy cuatrocientos años moría en la pequeña villa de Stratford-upon-Avon, William Shakespeare, el mejor escritor en lengua inglesa de todos los tiempos, y una de los autores más notables de la literatura mundial. Su ingente figura ha dejado una impronta imperecedera tanto en el idioma inglés como en la literatura universal.

En la época en que Shakespeare compuso sus obras, la gramática y las reglas del inglés no estaban aún estandarizadas. La enorme popularidad de las obras teatrales de Shakespeare a finales del siglo XVII y el siglo XVIII contribuyó a la estandarización de la lengua inglesa, hasta el punto de que muchas de las palabras creadas por Shakespeare (en torno a 1.700), junto con decenas de expresiones, acabaron introduciéndose en el idioma inglés. Shakespeare inventó palabras de uso habitual mediante la transformación de sustantivos en verbos o verbos en adjetivos, la asociación de palabras, adición de sufijos y, por supuesto, inventando palabras totalmente originales. Términos como addiction, bedroom, birthplace, excitement, fashionable, luggage, negotiate, secure, undress o worthy pertenecen a esta lista. Tan ingente cantidad de nuevas palabras enriquecieron el idioma. Lo hicieron más colorido y expresivo; más digno. Convirtió el inglés en un medio práctico de llegar al público.

La contribución de Shakespeare en los ámbitos de la cultura y la literatura es también enorme. Sus obras, principalmente las teatrales, han ayudado a comprender el significado de la literatura. En ellas encontramos muchos de los arquetipos presentes en la literatura posterior, y aún perceptibles en nuestros días. Shakespeare también nos dio el Globe Theater, uno de los principales teatros de su época. Muchas de sus obras siguen representándose hoy en día y son ampliamente conocidas en todo el mundo. También es el escritor más citado en la historia de la literatura de lengua inglesa, sólo por detrás de los textos bíblicos a nivel mundial. Además, no podemos obviar su influencia en tantos y tantos escritores a lo largo de cuatro siglos.

Sin desdeñar su obra poética, compuesta por más de 150 sonetos, creo que merecen nuestra admiración su maravillosa obra teatral, integrada por un ramillete delicioso de los mejores dramas de la lengua inglesa. Tradicionalmente, y tal como aparece categorizado en el póstumo First Folio (1623), que contiene 36 obras teatrales de Shakespeare, sus dramas están divididas en tres tipos: comedias, tragedias e historias.

Sus comedias, cuyas características no se corresponden necesariamente con el concepto actual, tienen un final feliz y concluyen habitualmente en matrimonio. Algunas de sus características más significativas son la lucha de los jóvenes amantes para superar los problemas, a menudo generados por la interferencia de sus mayores; identidades equivocadas; tensiones familiares habitualmente resueltas; complejas tramas interrelacionadas y el uso habitual de juegos de palabras y otros recursos típicos de la comedia. Personalmente he de manifestar mi predilección por El Mercader de Venecia y El sueño de una noche de verano, que he tenido la suerte de ver representadas en las tablas de un teatro, y por la maravillosa escritura creativa de Mucho ruido y pocas nueces, donde se entrelazan una historia de amor mitológico con otra de amor moderno inventado, dando como resultado una obra divertidísima con un final sorprendente. La fierecilla domadaLa comedia de los errores o Las alegres comadres de Windsor son otras de sus mejores comedias. Si he de destacar un personaje inmortal no dudaría en elegir al judío Shylock, un retrato despiadado del usurero judío.

Entre las tragedias se encuentran, a mi juicio, las mejores obras de Shakespeare. Sus argumentos dramáticos, que pueden incluir escenas cómicas, suelen presentar la muerte de personajes principales. En la mayor de parte de ellas encontramos también personajes aislados o una cierta desintegración social; una sensación de que los acontecimientos resultan inevitables o ineludibles, y una figura central, habitualmente noble, con una cierta debilidad en su personalidad que lo lleva a su propia perdición. Considero que obras como MacbethHamletRomeo y JulietaOtelo El Rey Lear se encuentran entre las más grandes tragedias de la literatura universal. Sus personajes son inmortales: las “hermanas fatídicas” y la malvada lady Macbeth, el atormentado príncipe de Dinamarca que busca venganza por el asesinato de su padre, el moro de Venecia, los desdichados amantes de Verona, o Regania y Gonerilda, las hijas malvadas del anciano rey. Por no mencionar a personajes históricos, espléndidamente retratados como personas de carne y hueso: Julio César y los amantes Antonio y Cleopatra, personajes de obras que también han sido clasificados como historias.

Las historias se centran en monarcas ingleses y muestran los peligros de la guerra civil, a la vez que glorifican los ancestros tudores de la reina Isabel. Los retratos de Ricardo III (enemigo de los Tudor) y Enrique V (uno de los grandes reyes de esta dinastía) han contribuido a crear una percepción de estos reyes que ha llegado hasta nuestros días.

Las obras de Shakespeare han sido llevadas profusamente al cine hasta llegar a superar el número de 250 cintas. Cineastas de la categoría de George Cukor, Orson Welles, Lawrence Olivier, Joseph Mankiewickz, Roman Polanski o Kenneth Branagh no han podido sustraerse al encanto del bardo inglés y han adaptado sus obras. Hamlet es, con diferencia, la obra adaptada con más frecuencia a la gran pantalla, y son muchos los dramas que han sido adaptados con éxito al cine. Pero si tuviera que recomendar una película, elegiría la deliciosa Shakespeare in Love (John Madden, 1998), un relato ficticio en su mayor parte que nos presenta a un joven e impetuoso Shakespeare y nos retrata a la perfección el teatro isabelino y las relaciones entre autores, empresarios y dramaturgos; las relaciones amorosas; el caótico Londres de finales del siglo XVI y, por supuesto, la preciosa historia de amor entre Romeo y Julieta.

William Shakespeare creó una época nueva en la literatura mundial, pues expresó con el mayor realismo las ideas renacentistas, esto es, la ideología del Humanismo. Shakespeare demuestra en sus obras su fe en el hombre. Por todo ello, hoy más que nunca quiero recordar al gran William Shakespeare. Poeta, dramaturgo y conocedor del ser humano, además de fuente inagotable de inspiración para millones de lectores.

A.G.

miércoles, 13 de abril de 2016

Lecturas recientes: Grotesco


Grotesco (2003)
Natsuo Kirino

La hermosa Yuriko Hirata y su impopular hermana existen en diferentes esferas de la vida del prestigioso Instituto Q para chicas de Tokio. Mientras tanto, la extraña Kazue Sato parece flotar entre ambas, tratando de buscar su sitio. Años más tarde Yuriko y Kazue, que se habían convertido en prostitutas, aparecen brutalmente asesinadas. Natsuo Kirino entreteje las historias de estas tres mujeres, su lucha dentro de las convenciones y restricciones de la sociedad japonesa, mediante una amalgama de confesiones en primera persona, documentación de terceras partes, entradas de diarios y cartas.

Yuriko comenzó a vender su cuerpo mientras aún estaba en el instituto, tras haber descubierto que está dotada de un algo que atrae a los hombres mayores. Está convencida de que nació destinada a convertirse en una prostituta, una criatura de carme destinada tan sólo a existir en el contexto de la sexualidad del hombre.

Kazue es lo opuesto a ella: una chica diligente, simple e impopular, que tras graduarse en una universidad de élite, se convierte en la empleada de una prestigiosa compañía de día y prostituta de noche. Esta convencida de que en una cultura como la japonesa, dominada por el hombre, el sexo es el único modo en que una mujer puede llegar a controlar el mundo.

Los destinos de estas dos mujeres aparecen desde el comienzo de la novela conectados con una tercera figura a la que ni siquiera se le da un nombre. Se trata de la hermana mayor de Yuriko, que también conoce a Kazue, pues fueron compañeras de clase.

Es ella a quien encarga Kirino la narración de la historia, si bien ésta lo hace de un modo poco fiable y manipulador. De hecho, sabotea la historia al revelar la identidad del asesino en los primeros capítulos y demuestra poca simpatía por ninguno de los protagonistas, excepto por ella misma. Resulta ser repugnantemente superficial y maliciosa y, por ello, no duda en desacreditar cualquier otro documento que hayan redactado otros personajes. También desestima la declaración del asesino, que califica como un trabajo ridículamente largo y tedioso. La narradora –indignante, anárquica y nada atractiva- es una extraordinaria réplica a la rigidez de su sociedad. Su fuerte postura se opone al rol sumiso que tradicionalmente se espera asuma la mujer japonesa, tanto en la educación o los negocios, como en su papel de esposas e hijas.

La belleza de Yuriko proviene en parte de una compleja ecuación genética. Su padre es suizo con ancestros polacos y su madre japonesa. La hermana mayor tiene una mala relación con sus padres. Con todo, su padre consigue a duras penas que la acepten en el Instituto Q para chicas, un centro educativo de élite, y ella opta por permanecer en Japón con su abuelo cuando el resto de la familia regresa a Suiza después de la bancarrota del negocio familiar de importación de chocolate.

La narradora se queda a vivir con su abuelo en una mísera vivienda subsidiada por el estado. Odia todo, dentro y fuera del colegio, con una intensidad que pasa de la brillantez al hastío. Desprecia a su madre, a su padre, al sexo opuesto y al modo en que los hombres y mujeres interactúan. Pero más que nada en el mundo, odia a su hermana, cuya existencia misma considera una lacra para la suya propia. Siente unos celos terribles por ella y la tacha de ser “diabólicamente hermosa”. Tal es su resentimiento con todos los que la rodean que incluso recibe de buen grado la noticia del suicidio de su madre y la muerte de su hermana. Con todo, la hermana de Yuriko se ve a sí misma como la única cosa decente en un mundo corrupto.

Llega el día en que Yuriko regresa a Tokio y es admitida en el Instituto Q, donde se hace inmensamente popular. Su aceptación en ese espacio tan cerrado hace que se desvanezca de inmediato la identidad de su hermana, cuyo papel queda reducido al de simple hermana de Yuriko, al de una sombra suya.

El hijo del profesor de biología, a pesar de ser homosexual, no es inmune a la belleza de Yuriko y no tarda en encargarse de concertarle citas. Es a partir de aquí donde comienza la carrera como prostituta de Yuriko.

A la muerte de Yuriko, su hermana tiene noticias de que ésta tuvo un hijo, Yurio, con su especie de padre adoptivo. Esta circunstancia le ofrece a la narradora la oportunidad de criar al chico ella misma, de convertirlo en suyo. Esto supondría una victoria sobre la biología y la sociedad, a las que la narradora cree conspirando en su contra.

Kirino descompone el esquema de la novela de detectives tradicional, cercenando el suspense, glamour, misterio y horror para presentarnos una narración desconcertante que no cumple con las expectativas convencionales. La parte criminal está bastante clara. Sin embargo, la familia de una de las víctimas no parece preocuparse mucho al respecto; la figura del detective apenas aparece; uno de los asesinatos se queda sin resolver, y el asesino de la otra mujer confiesa en seguida y abiertamente haber cometido el crimen, ofreciendo, a cambio, un relato conmovedor de su paupérrima infancia en China, que por un momento despierta más simpatías en el lector que las propias víctimas. El asesino de Yuriko, Zhang, es un obrero chino que emerge de una sociedad rural de crueldad indiscriminada y ha visto a su hermana morir en un desesperado intento de llegar a Japón. Sabemos que es culpable del asesinato de Yuriko, pero desconocemos si también mató a Kazue. Él insiste en su inocencia.

Grotesco es una novela ambiciosa, pues Natsuo Kirino mantiene sus ojos abiertos ante todo cuanto llame su atención. Nos encontramos ante una obra rica y compleja que reflexiona sobre la propia ambición, el deseo, la belleza, la crueldad y la identidad. Una lectura conmovedora que parece erigirse, no tanto como una novela criminal como un estudio de personajes brillante y subversivo. Si bien su pulso narrativo no es tan vibrante con el de Out, que ya comentamos en este blog, exhibe un retrato aún más crudo y descarnado de las bajas pasiones humanas. Una lectura muy recomendable.

A.G.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Lecturas recientes: Sábado


Sábado (2005)
Ian McEwan

Comienza el fin de semana para el neurocirujano londinense Henry Perowne. Un fin de semana de febrero de 2003 durante el cual se alternan momentos de dicha y de tensión, mientras los pensamientos del protagonista viajan al pasado y al posible futuro.

Aún no ha amanecido cuando Henry se levanta de la cama; se siente alerta e inexplicablemente eufórico. A través de los cristales ve un avión que desciende sobre la Torre de Correos, dejando en su caída el rastro de humo de su ala incendiada. Henry piensa que podría ser otro ataque terrorista y aquello desvanece al instante su visión eufórica del mundo para abrir paso a unos sentimientos horribles de pánico y muerte. Henry se pregunta si puede hacer algo al respecto, pero concluye que no hay nada útil que él pueda hacer y esa pasividad como mero observador le perturba.

Por otro lado, no es un sábado cualquiera en Londres, pues es el día de la mayor manifestación antibelicista jamás vista en la ciudad. A pesar de compartir a regañadientes la paranoia nacional, la inteligencia de Perowne es capaz de comprender los dos puntos de vista antagónicos sobre Irak, la agresión y el apaciguamiento. Consigue así esquivar a los partidarios de una y otra posición y afrontar el nuevo día centrado en sus propios planes y pensamientos.

Otras necesidades compiten por su atención: la sensualidad familiar de hacer el amor con su mujer, el habitual partido de squash con el anestesista que le asiste en sus operaciones, una visita a su madre, quien, a causa del Alzheimer, ya no le reconoce, y el regreso de su hija, Daisy, de París. Es un día con muchas cosas que hacer.

Perowne es un hombre afortunado. Además de tener un trabajo que le reporta satisfacción y los privilegios propios de la clase media alta, disfruta de una gozosa vida doméstica. Tiene dos hijos con éxito, Daisy, que está a punto de publicar su primera colección de poesía, y Theo, un talentoso músico de blues. También tiene una mujer encantadora, Rosalind, de quien sigue profundamente enamorado después de casi un cuarto de siglo de matrimonio. Pero lejos de ser un hombre engreído, Perowne es consciente del mundo en que vive –los tumultuosos inicios del siglo XX, tras los días de miedo y desconcierto que siguieron al Once de Septiembre y la Guerra de Irak– y de que ni siquiera su inclinación natural hacia el optimismo puede protegerle de la oscuridad de su tiempo.

A medida que Perowne prosigue con los placeres y tareas de su día de descanso, persiste esta tensión entre la esfera personal y la pública. Perowne se ve atrapado entre la viveza y claridad de sus placeres privados y sensuales y las complicadas exigencias del mundo exterior. El mundo está siempre a la puerta, tocando sobre ella para que le dejen entrar, de modo que el derecho que Perowne reclama –que lo dejen vivir en paz– está constantemente amenazado. De hecho, mientras conduce hacia el lugar en que ha de disputar el partido de squash, la manifestación en contra de la guerra de Irak le obliga a desviarse de su ruta habitual y acaba envuelto en un accidente de coche aparentemente sin importancia. Los ocupantes del otro vehículo piden de inmediato una compensación por los daños causados en su coche y cuando Perowne se niega a pagar la violencia hace acto de presencia. Prowne logra escaparse gracias a sus conocimientos médicos, lo cual le hace dudar de la moralidad que existe en su utilización de la autoridad médica como si se tratara de una pistola, aunque sea en un acto de defensa propia.

De vuelta a casa por la noche, mientras preside una reunión familiar –su hijo ha regresado del ensayo con la banda, su hija acaba de llegar de París, su anciano suegro también está en la ciudad–, su esposa regresa de la ciudad para completar la fiesta, pero lo hace seguida de unos violentos invasores que convierten la cena familiar en una pesadilla de cuchillos y agresiones que no encontrará un final feliz más que gracias a la recitación de una poema y la milagrosa transformación que éste consigue en el cabecilla de los delincuentes. De nuevo, como al comienzo, los sentimientos de culpabilidad e indefensión conducen al inevitable conflicto entre odio y compasión por el enemigo. He aquí precisamente donde se erige como elemento pacificador la capacidad transformadora del arte. Con todo, volvemos a encontrarnos al final con aquel mencionado sentimiento de ambigüedad moral; un gesto aparentemente perfecto de perdón por parte de Perowne que bien podría no ser más que un intento de reafirmar su control sobre el enemigo, o incluso un tipo de venganza. La novela termina, de hecho, con un acorde algo disonante de tranquilidad restablecida e incertidumbre persistente.

McEwan presenta sus temas con eficiencia y claridad y demuestra un perfecto control sobre su material y una coherencia y elegancia estructural. Demuestra, además, su gran talento por la observación, extraordinariamente precisa. En Sábado nada aparece forzado; la atención madura del autor ilumina todo aquello en lo que pone sus ojos. En este sentido, McEwan encuentra en Henry Perowne su alterego ideal. Exacto y erudito, es una persona que examina todo en su vida. Palpa la experiencia, en busca de señales vitales.

McEwan parece cristalizar el estado de la sociedad en un momento muy concreto, el de Londres antes de los ataques terroristas de 2005, acontecimiento que parece profetizar el autor en las últimas páginas de la novela. Ésta capta en efecto un sentimiento de ansiedad que venía construyéndose desde los acontecimientos del once de septiembre de 2001 y se había convertido en un hecho ineludible de la vida de Londres. En este sentido, Sábado transmite un sentimiento de nefasta inevitabilidad. El avión en llamas que está a punto de estrellarse en Londres es un espectáculo que a Perowne le resulta descorazonadoramente familiar. Pero también hay otros aspectos menores que en realidad son más relevantes en la vida de los personajes y que le hacen reflexionar sobre si está perdiendo el contacto con sus hijos. Además, está el mencionado asunto de la guerra, que martillea su cabeza mediante el golpeteo de los tambores por los manifestantes que protestan en las calles de Londres.

Una espléndida novela postmoderna en la que McEwan vuelve a sorprendernos con su brillante clarividencia y aguda percepción de la realidad.

A.G.

domingo, 7 de febrero de 2016

Lecturas recientes: La trama nupcial

 
La trama nupcial (2011)
Jeffrey Eugenides

La nueva novela del laureado autor de Las virgenes suicidas es bien sencilla. Hay una heroína, el hombre equivocado del que se enamora y con el que se casa, y el hombre correcto que sufre mientras la espera.

Tres son, en efecto, los personajes entorno a los que se desarrolla esta versión posmoderna del romance del siglo XIX. Tres estudiantes universitarios –Madeleine, Mitchell y Leonard–, que se conocieron en la clase de semiótica y abandonaron Brown en 1982, el año antes de que lo hiciera el propio Eugenides. Madeleine Hanna es una muchacha hermosa e ingenua perteneciente a una próspera familia Wasp con profundas inquietudes intelectuales que debe elegir entre uno de los dos hombres, ambos de orígenes humildes, estudiantes de religión y ciencias respectivamente. Leonard Bankhead, su novio ocasional, es un joven brillante, taciturno, pobre y carismático. Mitchell Grammaticus, un alter del ego del autor, es un griego de Grosse Pointe, Michigan, que anhela alternativamente a Madeleine y a Dios. Resulta irresistible a las mujeres, mas es salvajemente autodestructivo. También resulta ser clínicamente bipolar. Sin embargo, Madeleine se casará con él y es precisamente en su relación donde reside la principal fuente de tensión de la novela.

El punto de vista de la novela alterna entre los tres personajes principales, pero Leonard dispone de menos tiempo que los otros dos. Madeleine, sin embargo, dispone de casi la mitad de la novela, lo cual no es extraño considerando la fascinación del autor con la experiencia femenina. Su personaje es casi totalmente reactivo; incluso el modo en que resuelve su relación con Leonard y Mitches son reactivos.

Con Mitchell embarcado en un largo viaje por Europa y la India en busca de santidad, Madeleine y Leonard se establecen en Cape Cod, Massachussetts, donde Leonard trabaja en un laboratorio de genética y Madeleine solicita plaza en un programa avanzado de estudios de la novela victoriana. Su tesis versa sobre la trama nupcial, pero ésta no parece tratar tan sólo sobre el matrimonio y el amor, sino sobre cómo estos dos temas pueden ser rescatados para la literatura contemporánea y, lo que considero más importante, sobre aquello de lo que tratan todas las novelas de Eugenides: el drama de la transición de la niñez a la vida adulta. El autor retrata a tres jóvenes que se enfrentan a la vida adulta, y en ello percibimos, por supuesto, ciertas reminiscencias de Salinger.

La novela posee la textura y el dolor de la experiencia vivida, captura la pretenciosidad de los intelectuales universitarios, el dulce encanto de la cortesía, la dura vida después de la universidad, cuando uno ha de enfrentarse al mundo sin la protección que le brindan las aulas, la lucha de Mitchell con su espiritualidad y de Leonard con la enfermedad mental que se afirma desde el comienzo y camina inexorable hacia adelante y la propia lucha entre Madeleine y Leonard.

La trama nupcial es también una novela para y sobre bibliófilos, pues explora la relación especial entre los libros y los amantes de los libros y el significado especial que éstos pueden adquirir por diferentes razones: la persona que nos los regaló, el momento de nuestra vida en que los descubrimos, o el hecho de que sea una edición especialmente bonita. En este sentido, Eugenides afirma que uno de los mayores placeres de ser un bibliófilo es curiosear en las librerías de otras personas. Esto tiene sentido desde el momento en que el autor expone la teoría de que los libros que leemos son una reflexión significativa de nuestra personalidad. Eugenides emplea los libros que lee Madeleine para exponer la personalidad de su heroína.

En efecto, los primeros rasgos de caracterización de Madeleine son proporcionados por sus preferencias literarias. A medida que la novela avanza está claro que ser una lectora ávida parece ser su único rasgo de personalidad y que a pesar de sus cuatro años de universidad fuera de casa, su personalidad aún no está bien formada. Es infantil y consentida, pues aún desea que se sus padres la traten como una niña, con todo lo que ello conlleva. Gran parte de su comportamiento parece estar calculado para evitar cualquiera cosa que pueda resultarle difícil o le suponga un desafío que no sea capaz de afrontar con éxito.

Eugenides tiene acostumbrados a sus seguidores, entre los que me cuento, a una gran novela cada diez años. En este blog ya hemos comentado Middlesex, que fue la primera que leí, y Las vírgenes suicidas, que a mi juicio posee una calidad literaria superior a la de las otras y que no deja de sorprender, lectura tras lectura, tanto por lo que se cuenta como por el modo en que se cuenta. Con todo, creo que La trama nupcial es una novela muy interesante y reflexiva, como todas las del escritor de origen griego, pues aborda no sólo los aspectos que hemos comentado en estas líneas, sino otros de mayor complejidad y que, como tales, merecería una reflexión más amplia y profunda que excede, desde luego, el propósito de este blog.

Y para concluir, un deseo en voz alta: espero que no tengamos que esperar otros diez años para volver a saborear la próxima y, a buen seguro gran novela, de Jeffrey Eugenides.

A.G. 

viernes, 15 de enero de 2016

Lecturas recientes: El sueño eterno


El sueño eterno (1939)
Raymond Chandler

La novela con la que iniciamos este incierto 2016 es la primera de las siete protagonizadas por el detective privado Philip Marlowe. Una serie magnífica e imprescindible de la ya cometamos en este blog El largo adiós (1953).

Philip Marlowe no es un personaje cualquiera, sino uno muy especial. No en vano, el propio autor reconoció en 1951 tener la impresión de estar unido a él de por vida. En efecto, Chandler comprendió perfectamente la genuina idiosincrasia del detective arquetípico de ficción y pasó años puliéndolo. Se trata de un hombre completo y común pero del todo inusual. Un hombre solitario y orgulloso de ser tratado como tal. Un hombre que habla como lo hace un hombre de su edad, es decir, con un ingenio rudo y un vívido sentido de lo grotesco, un manifiesto disgusto por la hipocresía y un absoluto menosprecio por la estrechez de miras. Fuerte, valiente y sin embargo lejos de ser infalible, Philip Marlowe se convirtió en la imagen de lo que todo hombre quería ser. El hombre que toda mujer quería amar.

Marlowe actúa, en cierto sentido, como un caballero del siglo XX que cabalga por las calles hostiles de Hollywood y Santa Mónica y visita las casas de hombres ricos, con sus mayordomos ingleses, secretos corrosivos y vicios siniestros.

El título de la novela se refiere al eufemismo con que los gánsters se refieren a la muerte. Aunque no destriparé la ciertamente complicada trama de novela, sí me gustaría dar unas pinceladas de su argumento. Éste es aparentemente sencillo, pero las cosas no tardan para complicarse. En el arranque de la historia, Philip Marlowe, de quien aún o sabemos mucho, es citado en casa del anciano y rico general Sternwood, cuya hija, Carmen, están siendo chantajeada por Arthur Geiger, un  sórdido librero que le reclama el pago de las deudas de juego de su hija. Marlowe debe dar con el paradero de Geiger. Durante su entrevista Marlowe también tiene la impresión de que algo huele mal en la desaparición de Rusty Regan, el marido de Vivian, la hija mayor del general. Las malas lenguas afirman que Regan se escapó con Mona Grant. Así pues, parece haber dos líneas argumentales en la novela: el chantaje y la desaparición de Regan.

A medida que la trama se complica, el lector se ve conducido a un mundo de pornografía, juego y escoria, ambientado en el fascinante Hollywood de los años 30. Sin embargo, tal y como ocurre en todas las historias de Chandler, el argumento está subordinado a los personajes, el estado de ánimo y la atmósfera.

El argumento de la novela procede de dos de las veintiuna historias que Chandler escribió para la revista de literatura barata Black Mask a partir de 1933. Las historias de estos relatos están ambientadas en Los Ángeles, los policías buenos y malos se ven mezclados en un cóctel criminal de violencia, drogas, sexo y juergas. Estos dos relatos que Chandler “canibalizó”, según sus propias palabras, son El asesino en la lluvia (1935) y La cortina (1936). Ambas son historias independientes que no comparten personajes comunes, pero sí guardan similitudes. En ambas hay un padre fuerte angustiado por una hija salvaje. Chandler mezcló los dos padres para crear un nuevo personaje, e hizo lo mismo con las dos hijas. Existen otras fuentes para la obra: al igual que Carmen Sternwood, su propia esposa, Cissy, había posado desnuda de joven y había tomado opio. Los problemas con alcohol de Marlowe reflejan el propio alcoholismo latente de Chandler. Prácticamente en cada escena de la novela, alguien está encendiendo un cigarrillo o tomando un trago.

Contado con esa voz característica de su autor (un inimitable estilo de frases simples pero llenas de ironía), y gracias a sus diálogos brillantes y a la conjunción de unos personajes magníficamente caracterizados, El sueño eterno es una excelente mirada al lado sórdido del sueño americano.

Chander ofrece una perspectiva filosófica del mundo. Encara en mundo hostil en el que el dinero corrompe y cualquiera puede ser comprado. Un mundo en el que la mayoría acaban rindiéndose. Pero no es el caso de Marlowe, que es un hombre íntegro, si bien no duda en infringir la ley si es por un buen motivo. Trabaja por dinero, eso es obvio, pero jamás se deja controlar por quienes le pagan. Incluso cuando Sternwood le dice que el caso ha terminado, Marlowe sigue intrigado por el misterio del chófer perdido. Le paguen o no, a Marlowe lo que le preocupa es la verdad.

La novela cosechó una buena crítica por parte del mundo literario, incluyendo a escritores de la talla de Somerset Maugham, pero apenas vendió 13.000 ejemplares. No comenzó a recibir atención mundial hasta después de la proyección de la película de Howard Hawks en que Humphrey Bogart hacía el papel de Marlowe.

El sueño eterno es una novela conmovedora y, sin embargo, realista; compasiva pero cínica acerca de la satisfacción que puede producir la vida.

A.G.