Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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miércoles, 30 de agosto de 2017

Lecturas recientes: Un puñado de polvo

 
Un puñado de polvo (1934)
Evelyn Waugh

La comedia negra se mezcla con lo ridículamente absurdo, la farsa con la tragedia, para producir una novela deslumbrante.

Waugh logra demostrar con éxito cómo una sociedad compleja que ha evolucionado hasta convertirse en una cultura altamente sofisticada es inevitablemente un fértil campo de cultivo para el desarrollo de la sátira social. Un puñado de polvo es un ejemplo sublime de la maestría de su autor en retratar este fenómeno.

El título de la novela procede de un verso de The Waste Land, de T.S. Eliot:

                         I will show you something different from either
                         Your shadow at morning striding behind you
                         Or your shadow at evening rising to meet you;
                         I will show you fear in a handful of dust.

El poema de Eliot se centra en una civilización decadente o, más bien, muerta ya, representada por sus personajes aislados. Un título muy acertado, como veremos a continuación.

La historia se centra principalmente en el personaje de Tony Last, un caballero que vive en la casa de sus ancestros, Hetton Abbey (a una cómoda distancia de Londres), junto con su aristocrática y bella esposa Brenda y su hijo pequeño John Andrew. Tony y Brenda, que llevan casados siete años, son una pareja tan espléndida que resultan redundantes. Tony, que ha heredado una gran hacienda, es un tradicionalista, un hombre que cree que con el cuidado adecuado se puede preservar la personalidad de la gente y sus casas. Tony dedica su vida a su hacienda y al pueblo vecino, donde hace las funciones de terrateniente, involucrándose en los asuntos locales y prestando servicio como miembro de la junta parroquial en la iglesia anglicana. Tony ha desarrollado un sentido del pasado nostálgico y sentimental. De hecho, y de un modo ciertamente inocente y carente de gusto, ha dado a las habitaciones de su casa los nombres de personajes de la leyenda artúrica.

Sin embargo, la vida en Hetton Abbey no tarda en aburrir a Brenda. Es tan inteligente y tan bien educada que ansía la mediocridad, a la que confunde con la libertad. Ésta la encuentra en la persona de John Beaver, un joven inútil y carente de atractivo que pasa los días sentado en casa junto al teléfono a la espera de que alguien le invite a acompañarle a una fiesta. Brenda no se siente exactamente atraída por Beaver. Él simplemente despierta su curiosidad. Una mujer alegre, Brenda disfruta con el juego de intentar descubrir si él tiene realmente personalidad. Beaver, por su parte, también alberga dudas sobre Brenda. ¿Qué puede esperar ella de él? Él no se puede permitir a alguien como Brenda, ni financiera, ni emocional ni socialmente. Beaver se da cuenta de su incongruencia es su único atractivo, que es una flor de plástico que ha iluminado una hermosa mariposa.

Mientras tanto, Tony parece ajeno al asunto. Su buena educación le impide oponerse a los cada vez más frecuentes viajes de su mujer a Londres, donde se encuentra con su amante. Brenda, por su parte, hace todo lo que una esposa atenta puede hacer para consolar a Tony. Le lleva el fin de semana a Jenny Abdul Akbar con la esperanza de que pueda distraer a su marido. Jenny sufre las dificultades de vivir como esposa de un muladí marroquí.

Más tarde, el hijo de Tony y Brenda muere en un accidente de caballo. Cuando Brenda recibe la noticia, expresa su alivio por que la víctima sea su hijo, en lugar de su amante. Brenda se distancia de Tony y le pide el divorcio para poder casarse con John Beaver. Para proteger el buen nombre de Brenda, su abogado convence a Tony de que tome parte en una charada en un hotel de Brighton con una supuesta amante. Pero el plan se frustra de la manera más inverosímil y surrealista. Más tarde, cuando el hermano de Brenda solicita un acuerdo de divorcio que requeriría la venta de Hetton para que Tony pudiera satisfacer las 2.000 libras anuales de manutención, Tony hace un educado mutis por el foro y se une al doctor Messinger (un hombre que conoció en su club) en su expedición arqueológica a Brasil. Durante el viaje Tony hace amistad con una encantadora chica criolla que regresa su escuela de París a Trinidad para contraer adecuado matrimonio.

Tony y el doctor Messinger desembarcan en Georgetown, en la Guayana británica, y se dirigen al interior, donde son abandonados por sus guías nativos y continúan su viaje solos a lo largo del afluente del Amazonas. Tony sufre una fiebre tropical. En su delirio se imagina a Brenda en la barca con ellos. Gracias a los flashbacks intercalados a lo largo de la narración, nos enteramos de que Brenda y John Beaver se han cansado el uno del otro y Brenda ha visitado al abogado de Tony para preguntarle si se encuentra su nombre entre los beneficiarios del testamento de Tony. El doctor Messinger deja a Tony tumbado en su hamaca para buscar ayuda río abajo y acaba ahogado en una cascada. Tony, víctima aún del delirio y la fiebre, es descubierto y rescatado por el excéntrico Mr. Todd, que lo cuida hasta que recupera la salud. Mr Todd es un adicto a Dickens. Incapaz de leer, retiene a Tony en la selva con este propósito. Juntos, recorren la obra completa de Dickens con la excepción de dos volúmenes de los que se han adueñado las hormigas. Una vez terminado, vuelven al principio. A pesar de la insistencia de Tony en que su captor le indique cómo salir de la selva, uno se pregunta si Tony no será al final más feliz con Mr. Todd y Dickens que de vuelta en Inglaterra. Mr. Todd ha urdido un plan que no le deja al bueno de Tony la más mínima posibilidad de elegir su propio destino. Con el paso de los años, se da por hecho en Inglaterra que Tony ha muerto. Sus primos heredan Abbey Hetton, mientras Brenda resuelve su situación casándose con Jock Grant-Menzies, un amigo de Tony.

La novela aborda, en definitiva, cómo los ricos pueden llegar a perder el sentido de las cosas que realmente importan en la vida, tales como sus familias, y cómo esto puede llevarles al final a arruinar sus vidas. El autor explora también el egoísmo del ser humano, tal como vemos perfectamente en el personaje de Brenda, alguien empecinado en lograr sus propias ambiciones de riqueza y felicidad a pesar de la muerte de su hijo y el sufrimiento de su marido.

Waugh también logra demostrar la vulnerabilidad de la civilización ante el resurgimiento de la barbarie que fue superando lentamente, con el paso de los años. gracias a un trabajo inconmensurable. La lucha entre barbarie y civilización no era para Waugh una cuestión racial, sino de fe, voluntad y fortaleza. La crítica social se revela de una agudeza especial en su retrato de una sociedad en la que mantener las apariencias es todo; si bien las apariencias no cuentan nada, pues todos perciben la realidad moral del adulterio, el divorcio y el hurto de un modo muy simple, la aceptan sin cuestionársela, hasta el punto de que se espera de Tony que venda Hetton para permitir que Beaver se case con Breda y mantenga el lujo al que ella está acostumbrada. La tremenda fuerza de este capítulo se debe muy probablemente al trauma que el propio autor experimentó en su primer matrimonio, que acabó en divorcio después de que su mujer le fuera infiel con un amigo común.

Con todo, no existe una catarsis cómoda en la obra. Waugh nos hace sentir que la alternativa a la arcaica estructura social de la época no es un nuevo orden, sino un caos tan viejo como la propia humanidad.

A pesar de ser un autor satírico, Waugh es capaz de escribir escenas trágicas como nadie. Cuando el hijo de Tony muere en un accidente de caballo, Brenda está en Londres y Tony no tiene nadie con quien hablar más que con la Mrs. Rattery, que acaba de llegar en avión. La amante de uno de los amigos de Tony se ofrece a quedarse con él mientras los amigos le hacen llegar la trágica noticia a Brenda. Mrs. Rattery es jugadora de cartas e intenta ayudar a Tony a sobrellevar el dolor jugando al piquet. Tony le dice que no conoce más juego que uno de hacer parejas, que solía jugar con su hijo. Resuelta a consolar a Tony, Mrs. Rattery insiste en que jueguen y poco tiempo después los sirvientes quedan sorprendidos por los ruidos onomatopéyicos procedentes de la biblioteca.

Desde un punto de vista artístico, Evelyn Waugh se encuentra muy próximo a los pesimistas literarios reaccionarios de su tiempo, como Eliot y Pound, y escritores de la llamada Generación Perdida (en especial, Hemingway y Fitzgerald), con la edad suficiente para haber experimentado los horrores de la Primera Guerra Mundial y sus efectos devastadores sobre la civilización occidental.

A.G.

jueves, 27 de julio de 2017

Lecturas recientes: Canadá


Canadá (2006)
Richard Ford

Dell Parsons, un profesor de inglés jubilado, recuerda con una distancia temporal suficiente los acontecimientos que marcaron su vida y le proyectaron hacia un futuro incierto. Sus recuerdos se remontan medio siglo, al año en que él y su hermana cumplieron quince años; una época en la que tuvieron lugar unos acontecimientos claves y traumáticos que situaron a Dell en un camino que jamás sería capaz de desandar hasta su origen. El libro sigue la trayectoria y consecuencias de estos acontecimientos y detalla los duros escenarios en que éstos tuvieron lugar. La novela trata esencialmente de las consecuencias de una repentina ruptura trágica en la vida ordinaria de una familia. Más que en los crímenes en sí, Ford está interesado en cómo estos moldean la vida de Dell y su modo de vivir en el mundo y de relacionarse con él.

Al comienzo del libro, Dell anuncia sus intenciones para las siguientes páginas del libro: “En primer lugar hablaré del robo que cometieron nuestros padres. Luego de los asesinatos, que ocurrieron más tarde”. Desde el primer momento el lector sabe lo que va a ocurrir y, por tanto, es consciente del tipo de "inevitabilidad" que está ligada a las circunstancias. De cómo el narrador vio su vida descarrilar, como consecuencia de un único acto, espectacularmente singular, cometido por su madre y su padre: el mal planeado y peor ejecutado robo a un banco. Su padre pensaba que pasando a Dakota del Norte, un estado escasamente poblado, para robar un banco, él y su mujer pasarían desapercibidos y tendrían éxito en su estúpida empresa. Así pues, convence a su mujer, escéptica mas inteligente, y a partir de ese momento la vida de todos los miembros de la familia cambia por completo y para siempre.

No tardamos en percibir que el narrador es alguien que intenta encontrar un sentido a su pasado. No en vano, el modo en que la historia se despliega refleja la necesidad que siente Dell de unir todas las piezas del rompecabezas de su pasado. Una de las consecuencias de esto es que el lector se encuentra con una narrativa meticulosa en la recreación de ciertos detalles: las marcas de coches, el corte de las ropas, los ritmos lentos y repetitivos de la vida en una ciudad pequeña. Incluso el robo del banco, cuando es finalmente descrito, es reconstruido de un modo bastante neutro y simple. Lo importante aquí no es tanto el acontecimiento en sí como sus consecuencias a largo plazo.

La novela se divide en tres partes. La primera, que trata del crimen y sus efectos inmediatos, transcurre en la segunda mitad de la década de 1950 en Great Falls, la ciudad de Montana que Ford utilizó como telón de fondo en algunas de sus novelas anteriores. A mí es la que más me gusta de las tres. De una hermosura arrebatadora son las descripciones de los paisajes de Montana que Dell recrea con tanta precisión (y poesía), medio siglo después.

La novela se inicia con el establecimiento de la familia Parson en Great Falls en 1956. Bev (Beverly) Parsons, el padre, es el personaje más conmovedor de la novela. Es piloto de la fuerza aérea, amante de las bromas, trucos y actuaciones con que entretiene a unos hijos que adora; un hombre cuya inocencia es adorable, a la vez que letal. Está casado con la mujer equivocada, pero es capaz de sobrevivir a la claustrofobia de una familia demasiado codependiente trasladándose continuamente de una base militar a otra. A pesar de verse implicado en delitos menores, está preocupado hasta la obsesión por el bien estar de su mujer y su familia.

Uno de estos delitos menores, el comercio con carne robada, acaba con la expulsión de Bev de la Fuerza Aérea a la edad de 37 años. Bev llega a Great Falls con la ilusión del que llega a un lugar nuevo donde pueda salir adelante. Comienza a trabajar en la ciudad como vendedor de coches nuevos, luego de coches usados, y más tarde agente inmobiliario que vende tierras y granjas, algo de lo que admite no saber nada. Es en esta misma época cuando Bev se ve involucrado en el comercio ilegal de carne robada. Las cosas salen mal –Bev se encuentra debiendo 2.000$ a unos indios que roban ganado– y convence a su mujer para llevar a cabo el patético robo a un banco del que se nos habla al comienzo de la novela; un acontecimiento calamitoso que nos permite conocer con más profundidad la vida de los Parsons: Bev y Neeva Kampler, los padres forman una pareja mal emparejada; él es un ex soldado débil y criminal y ella una frustrada intelectual judía. Dell se siente más próximo a su hermana gemela, Berner. Los gemelos, que tampoco se llevan muy bien, son ignorados observadores de la tragedia que se cierne sobre su familia. Bell es un muchacho interesado en el ajedrez y en la apicultura que ansía comenzar la escuela secundaria en otoño; su hermana y su madre sienten que no pertenecen a Great Falls. Dell y Berner sí son capaces de ver fácilmente los motivos por los que su madre se sintió atraída por Bev Parsons (un hombre grande, fuerte, hablador, divertido, complaciente). Pero no entienden qué pudo haberle interesado a él de su madre: una mujer pequeña, encerrada en sí misma, tímida, alienada; hermosa tan sólo cuando sonríe e ingeniosa sólo cuando se siente totalmente a gusto). En este punto de la narración, la voz de Dell (introspectiva, lacónica y ligeramente melancólica, pero a gusto con el lenguaje que utiliza para recuperar su memoria) es la fuerza central de este admirable novela. Sus frases cuidadosa y artísticamente construidas merecen por sí mismas el reconocimiento del lector, si bien son también un servicio constante a la historia de la familia Parsons.

Con los padres encarcelados y su hermana gemela dejándolo en la estacada, Dell, que recordemos tiene quince años, se ve obligado a cruzar clandestinamente la frontera de Canadá, donde es acogido por un amigo de la familia. En esta segunda parte de la novela, el robo en el banco no tiene consecuencia ninguna. Dell no vuelve a ver a sus padres y apenas se reencuentra con su hermana. El momento en que todo se derrumba y Dell se queda solo, cruzando la frontera hacia una vida nueva y desconocida, es impresionante y conmovedor. Vemos cómo una vida puede tender su propio puente hacia un futuro en blanco. Dell afirma que Canadá no era mejor que América, y todo el mundo lo sabía, excepto los americanas; Canadá tenía todo lo que América llegó a tener, pero nadie se volvió loco por ello. En este sentido, la grandiosa y extraordinaria secuencia de la segunda parte de la novela es un examen de lo que América podría significar y lo que significa en realidad, desde la óptica de los fugitivos, esto es, gente que jamás volverá a América y que no dudaría en matar a cualquiera que viniera de América en su busca.

Dell se establece en Saskatchewan. Comienza a trabajar en un sórdido hotel al servicio de un misterioso exiliado norteamericano llamado Arthur Premlinger. Allí no sabe a quién temer más: si a su jefe, un misterioso graduado en Harvard huido en Canadá para evitar pagar por sus fechorías pasadas, o al huraño Charley, un chiflado fanático de Hitler que usa pintalabios y con un trabajo turbio. Es entonces cuando Dell se ve involucrado en un crimen aún más grave que el que cometieron sus padres. El propio pasado oscuro de Premlinger atrapa a Dell y éste se convierte involuntariamente en cómplice de un asesinato ejecutado despiadadamente. Dell se ve obligado a marcharse de la ciudad para acabar viviendo bajo el cuidado de otro extraño en Winnipeg, a 500 millas de allí.

Al describir todo esto desde el privilegiado punto de vista del presente, Dell disfruta recordando hasta  el hecho más insignificante, como por ejemplo el día en que su madre se echó una siesta a las cuatro en punto. Con todo, cuando recurre al diálogo, Dell recuerda no tanto lo que oyó como lo que no oyó; tumbado despierto en la cama, dice, mientras sus padres conspiran en medio de un estrépito de platos. Y cuando explica cómo se desintegró su familia, uno nunca tiene la impresión de que Dell esté manipulando los acontecimientos. El efecto es más bien el de un testimonio ofrecido escrupulosamente. Si bien, resulta plausible que algún lector llegue a pensar que el tiempo de Dell en Saskatchewan “no parece haber ocurrido”.

La tercera parte es una breve postdata que transcurre en un pasado reciente y trata principalmente de la visita de Dell a su hermana, que vive en Minneapolis y muere de una enfermedad terminal.

A diferencia del estilo denso y plagado de frases discursivas utilizado en la trilogía de Frank Bascombe, en Canadá encontramos un estilo más austero y preocupado con el significado interno de las cosas cotidianas. La escritura de Ford es aquí más directamente descriptiva de lo que había sido en sus novelas anteriores. Canadá supone el retorno de su autor al llamado “realismo sucio” de sus primeras novelas, aunque esta novela revela como una épica en su concepto y es más confiadamente lenta y deliberada en su narración.

Canadá es la historia de lo que ocurre cuando cruzamos ciertas líneas y no podemos volver atrás. Es un examen del poder redentor de la memoria articulada. 

A.G.

viernes, 16 de junio de 2017

Lecturas recientes: Nadie lo ha visto


Nadie lo ha visto (2003)
Mari Jungstedt

La vida es apacible en la idílica isla de Gotland, donde los barcos, los ponis y la alfarería son las formas habituales de entretenimiento. Nos encontramos en plena temporada turística, mientras los habitantes del lugar se preparan para el momento álgido de las vacaciones suecos: el 4 de julio. Pero un suceso inesperado vendrá a perturbar la tranquilidad de este lugar pintoresco.

Una joven pareja, formada por Helena Hillerström y Per Bergdal, que están pasando sus vacaciones en la isla, celebran una fiesta en su cabaña. Per discute con Kristian Nordström, ex novio de Helena, porque piensa que está toqueteándola durante un baile. Ni los anfitriones ni los huéspedes pueden evitar que el asunto se les vaya un poco de las manos.

La mañana siguiente, Helena sale a dar un paseo por la playa, pero no regresa. La encuentran más tarde, brutalmente asesinada. La mujer está desnuda y su cuerpo aparece cubierto de horripilantes heridas producidas por un hacha. Además, le han metido las bragas en la boca. El perro ha sido decapitado y le falta una pata.

La consiguiente investigación policial es dirigida por el inspector Anders Knutas, quien recibe la ayuda del arrogante detective Martin Kihlgård, de la Policía Criminal Nacional. En la plácida Gotland es importante que un acontecimiento tan extraordinario como un asesinato se mantenga oculto para no espantar a los turistas. Las primeras pesquisas llevan a encontrar el hacha de Per con sus huellas en el mango. El crimen tiene toda la pinta de haber sido cometido por el marido celoso de la víctima; en especial después de la agria discusión entre la pareja durante la fiesta de la noche anterior. Pero los investigadores siguen una pista falsa detrás de otra. A medida que avanzan las investigaciones nos damos cuenta de que el asesinato de Helena no es sino el comienzo de una tragedia que continuará en los días próximos.

Pero no tardan en surgir filtraciones en la comisaría de la policía de Visby, pues Johan Berg, un reportero de la televisión nacional, tiene un contacto dentro de la policía local. Berg consigue más de lo que va a buscar, pues en el transcurso de sus investigaciones se enamora de una mujer implicada en el misterio –es amiga de la mujer asesinada–, a pesar de que ella está casada y tiene hijos. A Knutas, un hombre sensato de mediana edad, le irrita la intrusión en el caso de los medios de comunicación, que han descubierto y quieren revelar detalles escabrosos del mismo. Knutas y su equipo siguen concienzudamente todas las pistas posibles, investigan a la familia y amigos de la mujer asesinada, un proceso durante el cual se revela mucho de la vida e historia de los habitantes de Gotland.

Diez días después del primer asesinato, aparece el cuerpo apuñalado de una coqueta peluquera local. Dos investigaciones se desarrollan en paralelo, mientras Knutas y su equipo reciben una presión cada vez mayor de los políticos locales. Por otro lado, como hemos visto, el periodista televisivo Johan Berg trata de satisfacer las demandas de su medio por llenar horas de programación con chismes relacionados con el caso. En el proceso, el intrépido Berg averigua tanto, si no más que la propia policía. A la vez, se desarrolla un juego interesante entre él y Knutas.

Knutas siente la presión de los vecinos y amigos y desea encontrar enseguida al asesino, con el deseo de que se trate de alguien de fuera de la isla, preferiblemente de alguna metrópoli “malvada” como Estocolmo.

Una tercera mujer es asesinada, y Knutas y Berg consiguen por fin aproximarse al caso, cada uno de su propia manera, hasta cercar al asesino, que ha sido el único que nadie ha visto desde que se produjo el primer asesinato.

La novela alterna de un modo muy convincente el mundo racional de la investigación y destellos de la mente del asesino, cuya horriblemente lógica explicación hunden sus profundas raíces en el pasado.

La historia está contada muy bien. El relato aparece salpicado de pinceladas macabras y hace un uso hábil del escenario tópico de la comunidad cerrada. Jungstedt retrata de forma espléndida las relaciones familiares y desvela detalles íntimos y significativos de la vida de las mujeres asesinadas y sus amigas, y de la relación afectuosa entre Knutas y su mujer.

Mari Jungstedt es otra escritora llegada de la abarrotada escena de la novela negra escandinava. Tal como ocurre en el caso de otros escritores nórdicos, la autora de Nadie lo ha visto construye unos personajes aparentemente juiciosos y saludables que se portan bien hasta el tedio, ricos y con una apariencia envidiable. Sin embargo, algunos de ellos acabarán revelándose como furiosos torrentes de pasión destructora. Además de un más que aceptable nivel literario, la novela exhibe un argumento manejado con cuidado y destreza, sus personajes y su atmósfera –la hermosa descripción de los días sin final del junio sueco– son trazados con sutileza, y el trabajo policial es plausible. Queda al final algún cabo suelto, pero la primera novela de Mari Jungstedt me ha parecido un soplo de aire fresco, un alivio necesario después de haber leído versiones autocomplacientes del género que venían avaladas por una avalancha de buenas críticas injustificadas; no miraré a ningún sitio.

A.G.

domingo, 4 de junio de 2017

Lecturas recientes: La Guerra Fría


La Guerra Fría (2005)
John Lewis Gaddis
 
Todos aquellos que ya tenemos una edad vivimos, cuando aún éramos jóvenes e inocentes, una época cuyos recuerdos se han convertido con los años en historia. Recordamos -desde luego sin una pizca de nostalgia- una época de alta tensión mundial en que Praga no era el hermoso destino turístico de hoy en día, sino una ciudad oscura bajo la ocupación soviética; un tiempo en que el Muro de Berlín se levantaba como un telón de acero (término acuñado por W. Churchill) y separaba a compatriotas, en lugar de un reclamo turístico delante del que fotografiarse sonriente; una época en que los misiles SS-20 y Pershing-2 se desplegaban por toda Europa y amenazaban destruir, con sus cabezas nucleares, cualquier objetivo que se pusiera en su punto de mira. En efecto, hace ya más de veinte años desde que Ronald Reagan y Mijail Gorbachov se reunieron en Ginebra por primera vez para dar comienzo a la última partida de ajedrez de la Guerra Fría, que acabaría con el colapso del comunismo soviético.

Vista en retrospectiva, la Guerra Fría parece conducir inexorablemente a un triunfo de Occidente. Gaddis, sin embargo, lo ve de otro modo: las contingencias de los individuos, ideas, decisiones críticas, escapadas por los pelos, oportunidades perdidas y peligros acechantes se entretejieron para proporcionarle al conflicto su carácter y trayectoria singulares.

John L. Gaddis, profesor en la universidad de Yale, se dirige a sus estudiantes, que apenas tenían cinco años cuando cayó el Muro de Berlín y que, tal como afirma el autor de este brillante estudio, ven este acontecimiento como algo tan distante como pueda ser la Guerra del Peloponeso. Gaddis, uno de los más distinguidos historiadores de la geopolítica posterior a la Segunda Guerra Mundial, afirma haber escrito La Guerra Fría deliberadamente para esta generación, incapaz de comprender que un régimen tan transitorio como la URSS hubiera sido capaz de crear tanto miedo; para una generación que no entiende la moralidad y el clima intelectual de un mundo que vivía bajo la amenaza de una asegurada destrucción nuclear mutua.

Gaddis elabora un relato revelador de la historia de Europa con la lucidez de argumentación de alguien que comprime la esencia de la investigación de toda una vida en un marco filosófico. En efecto, Gaddis va más allá de la narrativa para examinar los principios por los cuales dos sistemas políticos antitéticos, cada uno armado con la capacidad de acabar con la vida en el planeta, trató de obtener el dominio global. También resulta apologético en su conclusión: el mundo es un lugar mejor gracias a que el conflicto se luchó y se ganó del modo en que se hizo.

El autor remonta el origen del conflicto a la época en que la guerra contra Hitler aún no estaba ganada. Un período en el que los diferentes miembros de la coalición alidada ya estaban enfrentados entre sí. Algún tiempo después, en lugar de encontrar una causa común en la derrota de los Nazis, Stalin profetizó una nueva clase de guerras y el desmoronamiento del Capitalismo. Sin embargo, la animadversión del dictador soviético hacia la sociedad occidental no era el resultado de una mente paranoica, tal como explica Gaddis; Stalin no veía enemigos en cualquier sitio, más bien los inventó porque los necesitaba.

El carácter de la Guerra Fría fue determinado desde el primer momento por el lanzamiento de las bombas atómicas en Iroshima NagasakiTruman y Stalin sabían, no obstante, que la utilización de armas atómicas supondría el fin del mundo. Los políticos tuvieron que arrebatarles el control a los generales y luchar las guerras de una forma diferente para que el mundo no acabara aniquilado. Ése es el motivo por el cual Truman jamás permitió que el Pentágono supiera cuántas bombas atómicas poseía Estados Unidos, de modo que ambas superpotencias se mantuvieron relativamente tranquilas durante la Guerra de Corea. No en vano, Truman se quitó de en medio al general Douglas MacArthur, como modo de asegurarse de que no habría opción nuclear posible.

En la confrontación entre comunistas y capitalistas, las superpotencias se convirtieron en prisioneras de sus propias alianzas estratégicas. A ninguno de los bandos les gustaban sus aliados coreanos. En Europa, los Norteamericanos fueron desafiados por Francia y acabaron frustrados por Alemania; apoyaron dictaduras repugnantes en Sudamérica, África y Vietnam. La Unión Soviética se vio implicada en una relación ideológica con China que acabaría convirtiéndose en una pesadilla. Mao Ze-Dong, que aún era un aliado soviético en 1956, insistió en que Jruschov invadiera Hungría cuando el líder soviético dudada si hacerlo o no, y acabó rompiendo con la URSS. Un mundo ideológicamente dividido había mutado en uno de innumerables conexiones contradictorias.

Gaddis concluye que la distensión fue un invento de los años Kissinger-Brezhnev, no para poner fin a la Guerra Fría, sino para manejarla. Las alianzas inestables requerían de ambos adversarios entenderse mejor el uno al otro. Poco importaba si eso significaba que se les negara para siempre la libertad a millones de personas en Europa oriental y el mundo comunista, mientras éstas les estaban garantizadas a los ciudadanos del mundo occidental. Ése era el precio que Kissinger pensó merecía la pena pagar en pro de la seguridad global.

Así pues, para acabar con la Guerra Fría, en primer lugar había que acabar con la distensión, lo cual se logró, tal como argumenta Gaddis, gracias a un acto de desafío contra las fuerzas del determinismo histórico por medio de unos pocos individuos clave; aquellos a los que él llama “actores” y que “ampliaron el espectro de la posibilidad histórica”: Ronald Reagan, Juan Pablo II, Margaret Thatcher, Lech Walesa y Mijail Gorbachov.

Hubo un cierto sentido de congruencia moral en el hecho de que Polonia, entregada a Stalin en Yalta, fuera el escenario en el que comenzó el derribo de la dictadura soviética. Con todo, la caída del comunismo fue también el resultado de uno de los últimos actos de distensión: la firma por parte de la URSS de la Declaración de los Derechos Humanos de Helsinki de 1975.

Gorbachov se convirtió en el héroe de Occidente, pero en realidad fracasó, tal como lo ve Gaddis, pues jamás llegó a ser un líder en el modo en que los fueron sus colegas occidentales o Deng Xiaoping. Gorbachov quería salvar el socialismo, pero no hizo uso de la fuerza para conseguirlo. Tuvo la mala suerte de que estos dos fines fueran incompatibles. Por eso, al final prefirió abandonar una ideología, un imperio y su propio país, antes que hacer uso de la fuerza. Su contribución a un bien superior le hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz. La URSS se había venido abajo, con todo su arsenal nuclear y sus armas perfectamente intactas.

La lucha de Estados Unidos con la Unión Soviética y el Comunismo durante la Guerra Fría es el mito fundador clave del estado norteamericano moderno; un estado completamente diferente en muchos aspectos del que existía antes de los años 40. La Guerra Fría terminó en lo que ha sido retratado generalmente en EEUU como una victoria absoluta que implicó no sólo la derrota apabullante del enemigo y la desaparición de su ideología, sino la disolución de la URSS como estado. El alcance de esta victoria ha sido el responsable de gran parte del subsiguiente comportamiento patológico del establishment político de EEUU. Creo, en definitiva, que la obra de Gaddis contribuye a nuestra consideración de la Guerra Fría, a la vez que nos proporciona una imagen del modo en que la mayoría del establishment norteamericano y las clases educadas del país ven el conflicto.

A.G.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Lecturas recientes: La ópera flotante



La ópera flotante
John Barth (1956)

La mañana del 23 ó 24 de junio de 1937 Todd Andrews –el mejor abogado de la costa este de Maryland y el ciudadano más excéntrico de la ciudad de Cambridge– se toma un trago largo de whisky de centeno Sherbrook, tal como suele hacer todas las mañanas desde su época en la universidad. Se echa agua en la cara y siente que tiene una inspiración: ése es el día en que se suicidará, pues la vida es un sinsentido. Además, tiene la impresión de que no ha progresado en los últimos dieciocho años.

Todd completa este día tan importante en su vida con tareas poco inusuales: se ocupa en el embrollado proceso judicial de su amigo Harrison Mack, que aspira a la herencia de 3 millones de dólares de su padre; le enseña a la hija de tres años de los Mack el showboat que da nombre al libro, etc. Más tarde, el matrimonio Mack y Todd asisten a la actuación de la Ópera Flotante de Jacob Adam, y Todd toma la decisión acerca de su tentativa de suicidio.

Mediante un peculiar estilo de stream of consciousness, Todd se dirige al lector –sirviéndose de un uso comedido de la segunda persona–, al que invita a acompañarle en su narración sin albergar temor alguno por su corazón débil. Sin duda, Todd Andrews es un tipo raro, aunque él lo niegue. ¿Quién en su sano juicio –tal como sabremos más tarde– regalaría 3.000 dólares a un millonario local sin esperar nada a cambio, rechazando pertinazmente todos los ofrecimientos e incluso la devolución del dinero del citado benefactor, hasta provocar su histeria?.

A continuación, conocemos en detalle a Todd Andrews. Tiene 37 años, es soltero y está alojado en el Hotel Dorset. Cada mañana Todd paga su noche en el hotel mediante un cheque de 1’50 dólares y más tarde se registra para otra noche. No tardaremos en comprender que a Todd le gusta hacer todo de un modo diferente. A lo largo de la extensa narración, dividida en varias de decenas de capítulos de variada extensión, Todd nos cuenta su vida: su primera experiencia sexual, la universidad, el servicio militar, la facultad de Derecho y su carrera de abogado. Nos habla del suicidio de su padre y de su intento de averiguar qué le llevó a tomar una decisión tan drástica. También nos habla de su más que aceptable vida sexual, minada, eso sí, por su problema crónico de próstata, y de su affair con Jane Mack, la mujer de su amigo Harrison; algo más que una simple aventura, instigada por el propio matrimonio en parte como un modo de celebrar su amistad. De hecho, llegamos a la conclusión de que la hija de los Mack puede en realidad ser hija de Todd. También leemos acerca de su traumática experiencia en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, y en especial de su encuentro con un soldado alemán, al que acabó asesinando. De sus estudios en la Universidad Johns Hopkins y de su primera experiencia sexual con una chica de la ciudad que más tarde se convirtió en prostituta. Nos detalla el complicado proceso judicial entre Harrison Mack y su madre y nos da detalles de sus problemas de salud: su corazón débil, que puede matarle cualquier día, y la mencionada infección de próstata, que le impide en ocasiones cumplir en la cama. También nos habla del trabajo de toda una vida: su Investigación, que comenzó antes de ese día de junio de 1937 y continúa hasta mediados de los 50.

Fragmentos del pasado y presente de la vida de Todd vienen y van delante de nuestros ojos para reforzar la creencia del narrador de que la vida no es otra cosa sino una broma estúpida y sin sentido. Todd se da cuenta de que en toda su vida no ha sentido más que unas pocas emociones, cada una de las cuales es el resultado de acontecimientos nada gloriosos y a menudo cómicamente patéticos. Aprendió el júbilo al descubrir la postura ridícula que el espejo le mostraba durante su primera experiencia sexual (a la vez que humillaba a su compañera); aprendió el miedo en la guerra (matando de forma cobarde a un soldado alemán con el que por un momento pensó que había unido su alma); aprendió la sorpresa cuando Jane, la mujer de su mejor amigo, se ofreció a ser su amante (lo cual ocurrió con las bendiciones del marido, como hemos visto); y aprendió la desesperación cuando aprehendió la epifanía de toda la verdad contenida en la frase de Camus (la noche antes de su suicidio planeado): “suicidarse supone reconocer que no merece la pena vivir”, afirma el escritor francés en El mito de Sísifo.

Aunque La opera flotante recuerda el día más importante en la vida de Todd Andrews, tal como él mismo recuerda una década más tarde, vivió para contar una historia que se construye no sólo para demostrar lo correcto de su decisión, sino también para todo lo contrario: para acentuar la carencia de importancia de cualquiera de las dos decisiones. Sin duda, parece el modo de actuar propio de un existencialista y/o un nihilista. En 1954, Todd se sienta para escribir un relato de ese día memorable y para contar por qué no se suicidó después de todo; de hecho, tenía siete cajas de melocotones llenos de anotaciones sobre el asunto. Todd concluye que no existe razón última para vivir, ni para suicidarse. Incluso llega a la conclusión de que no existe motivo alguno para leer su novela.

A pesar de los defectos que críticos de prestigio han afirmado ver en la novela, debidos principalmente al entusiasmo de un novelista joven que a veces exhibe un poco de postureo (como se dice hoy en día), creo que la ausencia de unidad estructural no es uno de ellos. Por el contrario, la coherencia de la narrativa es una de las cosas que más me ha gustado. Pero también es cierto que no he percibido su ópera como una farsa, sino como una novela metatextual que enmascara una realista. No en vano, su tema principal, tal como sugiere con sutileza el título, aborda la complicada relación entre el creador y su arte. De hecho, el significado del título, explícito e implícito, señala precisamente en esta dirección.

John Barth admitió que el título de la novela está inspirado por el nombre de un barco que vio en 1937. El citado showboat, o barco con teatro abordo, recorría Virginia y Maryland. También aporta una segunda explicación más profunda, según la cual, era su sueño construir un showboat que estuviera siempre a la deriva, con una sola cubierta abierta donde de forma ininterrumpida pudieran realizarse espectáculos para una audiencia que, desde la orilla, vería tan sólo la parte del espectáculo que la marea le permitiera cuando el barco pasara por delante. Una poderosa metáfora para la narrativa de John Barth.

El showboat es también el lugar donde se desarrolla el clímax abortado de su suicidio. El lugar que reúne por última vez a los personajes de la historia, preparados para que su amigo los haga saltar por los aires. Todd, ahora de cincuenta años de edad, les permite esquivar su destino fatal por el simple motivo de que ha llegado a la conclusión de que, en realidad, no hay más justificación para el suicidio que para seguir viviendo.

Respetando las opiniones de avezados críticos en una dirección diferente, creo que La ópera flotante es esencialmente una novela cómica. Puede ser bastante divertida a ratos, si bien John Barth exhibe un humor negro que no resulta siempre fácil de comprender. Coincido con la opinión de muchos de estos críticos, quienes afirman que La ópera flotante es también –aunque no sé si sobre todo –una novela filosófica en la que Todd expone su exacerbado nihilismo; su creencia en que la vida no tiene sentido ninguno. La vida de Todd es, en realidad, satisfactoria, en el sentido que es un abogado de éxito que hace mucho dinero, y tiene una hermosa amante. Pero su vida es también bastante triste: tiene una amante, pero no una esposa; a veces no puede dar la talla en la cama; su padre se suicidó; vive en un hotel; su actitud hacia la ley es que se trata de un juego cínico, etc. El contraste entre estas visiones contrapuestas de su propia existencia le lleva a tomar unas decisiones drásticas.

La ópera flotante es un libro divertido y fácil de leer, con el contrapunto efectivo de ese lado oscuro que aflora a lo largo de la narración. Algunos contados capítulos, tales como aquellos en que se aborda el proceso judicial de los Mack, resultan algo tediosos, si bien hay algunos otros, recuerdo en especial el titulado “Coito”, que son extraordinarios. En este capítulo, muy al comienzo del libro, Todd narra, entre la incredulidad y el cinismo que lo caracteriza, su relación adúltera con la bella Jane Mack; cómo ambos miembros del matrimonio le animan a que se embarque en ese sui géneris menage a trois, sus reticencias iniciales y el enorme deleite que le supuso irse a la cama varios centenares de veces con la hermosa y complaciente Jane Mack. Un capítulo glorioso. Sinceramente, una de las piezas narrativas que más he disfrutado en los últimos años. Una espléndida exhibición de la armonía narrativa de Barth, de su sentido del humor, de su cinismo, de su forma especial de acercarse al tema del amor y la sensualidad. Sólo por estas páginas merece la pena haber leído esta novela que tan extraña les habrá parecido a los lectores que no estén familiarizados con la literatura postmoderna, de la que he de confesarme un fiel seguidor.

John Barth, nacido en 1930 y aún vivito y coleando, está considerado como uno de los decanos de la novela postmoderna norteamericana.

A.G.