Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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sábado, 29 de septiembre de 2018

Lecturas recientes: Desgracia

 
Desgracia (1999)
J.M. Coetzee

A medias entre la novela de campus y la antipastoral, Desgracia tiene un comienzo apacible en Ciudad del Cabo. Han pasado cinco años desde que el nuevo gobierno llegó al poder. La voz narrativa pertenece a David Lurie, un profesor de 52 años de edad, dos veces divorciado, que enseña Comunicación en la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo, más por obligación que por deseo. Su auténtico interés se centra en los poetas románticos, si bien el estudio de las lenguas ha sido abolido como parte de una racionalización a nivel nacional de los recursos educativos.

A Lurie se le permite enseñar un solo curso sobre los poetas románticos, pero no es un buen comunicador y trabaja con estudiantes que no son sino típicos productos de una educación sudafricana postcristiana, posthistórica y pos alfabeta, que carecen de los rudimentos básicos del contexto y fuentes de la literatura que están estudiando. A la vez, Lurie juega con la idea de escribir una ópera de cámara sobre el romance de Lord Byron con la joven de diecinueve años Teresa Guiccioli, que el poeta inició en Italia en 1819 después de haber sido condenado al ostracismo en Inglaterra por su relación escandalosa con su medio hermana, Augusta.

Lurie comparte un cierto tipo de apetito sexual como el de Byron, y en especial un gusto por las mujeres exóticas. Incapaz de una relación emocional profunda, satisface este gusto con una prostituta que se hace llamar Soraya, a la que visita cada jueves por la tarde en un apartamento anónimo. Llega a las dos y se marcha noventa minutos después, habiendo pagado la tarifa convenida antes de acostarse con ella.

Un sábado por la mañana ve a Soraya en la calle, en compañía de dos niños pequeños que deben de ser sus hijos. Los tres entran en un restaurante y se sientan junto a la ventana. Las miradas de Lurie y Soraya se cruzan un instante. El siguiente jueves, ni Soraya ni él mencionan lo ocurrido, pero el incidente supone que Lurie y Soraya dejarán de verse.

Una noche, algún tiempo después, Lurie invita a una estudiante a casa a tomar un trago, luego a cenar, y más tarde le pide “hacer algo insensato”. Y aunque cree o afirma creer que la belleza de una mujer no le pertenece a ella sólo, al final llega un momento en el que incluso él sabe que está mal. La guapa estudiante se llama Melanie Isaacs, una hermosa joven de pelo oscuro que tiene veinte años. La estudiante permanece pasiva, pero no en silencio, y es entonces cuando percibimos que la desgracia se cierne sobre Lurie.

El novio de Melanie ha descubierto que Lurie está acostándose con ella; el escándalo está asegurado. Melanie acusa a Lurie de acoso. Forzado a declarar ante un comité de investigación de la Universidad, Lurie admite su culpa, pero no pide perdón, tal como se espera que haga, y dimite.

Después de haber pasado el alboroto de los comités universitarios y los flashes de los reporteros, Lurie se refugia con su hija, Lucy, en su pequeña propiedad en el campo cerca de Salem, en la “vieja Cafrería”, en la provincia del Cabo Oriental. Lucie es una granjera que vende su producción en un puesto del Mercado de la cercana Grahamstown y cría perros, en lo que percibimos como un lugar de retiro donde mantenerse alejada del modo de vida y valores de su padre. Su relación con él es problemática, pues se trata del tipo de mujer que Lurie descartaría de inmediato por motivos físicos, y además es lesbiana.

En este punto Desgracia se convierte en un libro más oscuro y desgarrador. El amor de Lurie por su única hija parece ser la gracia salvadora de este hombre desgraciado. Lucy parece feliz, aunque vive sola en la granja, donde recibe tan sólo la ayuda de un hombre llamado Petrus, su antiguo empleado pero ahora, en la nueva Sudáfrica, simplemente su vecino y copropietario. Lurie siente ansiedad por la situación de su hija, allí sola, y aunque Petrus dice que todo es peligroso hoy en día, Lurie piensa que todo irá bien.

Lurie acaba acostumbrándose a la rutina del campo, sobre todo cuando empieza a ayudar a Bev Shaw, una amiga de Lucy, en su clínica de cuidado de animales. Petrus, el vecino más cercano de Lucy, hace trabajos raros para ella. Pronto habrá de convertirse en el propietario de la tierra, de acuerdo con la nueva ley de la Nueva Sudáfrica.

En efecto, todo parece marchar bien, hasta el día en que Petrus se marcha sin avisar. Durante su ausencia, aparecen por la propiedad tres forasteros negros que le piden utilizar el teléfono. Una vez dentro saquean la casa, encierran a Lurie en el baño, al que rocían de alcohol de quemar y prenden fuego, disparan a los perros y violan a su hija. Lure logra sofocar las llamas, pero no puede evitar que el fuego le produzca graves quemaduras en el cuero cabelludo y una oreja. Lurie está preocupado por las consecuencias del crimen cometido sobre su hija. Si bien piensa que puede darse por afortunado por haber sobrevivido ataque, en vez de ser prisionero de los negros en el coche, alejándose de allí a toda velocidad, o tirado en una cuenta con un tiro en la cabeza. Lucy también ha tenido suerte, si consideramos el riesgo al que está sometida: ningún sitio donde ir; demasiada gente,  pero demasiadas pocas cosas.

Las heridas de Lurie se curan pronto, pero no así las de Lucy, que cae en una profunda depresión y se niega a informar a la policía de lo ocurrido y presentar cargos contra sus agresores. Entonces Lurie se da cuenta de qué sus atacantes no son personas desconocidas y de que uno de ellos incluso está relacionado con la esposa de Petrus.

Al tratar de entender a su hija, Lurie llega a comprender una de las lecciones más difíciles de la paternidad: aprende a aceptar la existencia absolutamente autónoma de su hija, incluso (o sobre todo) cuando piensa que está equivocada. Lurie le insta a Lucy a que venda todo, en la creencia de los violadores puedan volver. Pero Lucy se niega, y aunque afirma que no puede recuperarse del shock de ser tan odiada, insiste en que vivir con ese peligro es el precio que los blancos deben ahora pagar por su derecho a permanecer en la tierra.

Cuando Lucy se pregunta por qué aquellos hombre a los que jamás había visto la odiaban tanto, su padre le responde que era la historia quien hablaba a través de ellos; una historia de maldad e injusticia. Lucy decide no presentar cargos, creyendo que su violación, en el contexto de Sudáfrica, no es un asunto público. Como si las demandas de los individuos fueran necesariamente de una importancia secundaria, incluso irrelevante.

Uno de los violadores (un chico llamado Pollux) está relacionado con Petrus y se ha convertido recientemente en miembro de su familia. Petrus, que sospechosamente se encontraba ausente en la tarde de la violación, se niega a hacer comentarios al respecto. Dándose cuenta de que corre el riesgo de sufrir otro ataque, pero resistiéndose a lo que parece cada vez más una trama urdida por Petrus y su familia para obligarla a abandonar su tierra, Lucy no presenta cargos, considerándose que la violación quizá será el precio que uno tiene que pagar para seguir. Con todo, Lucy tiene la sensación de que ellos la ven como si les debiera algo, mientras ellos se ven a sí mismos como cobradores de deudas o de impuestos.

Cuando descubre que está embarazada como consecuencia de la violación, le entrega la propiedad a Petrus, a la vez que accede en convertirse en su manceba a cambio de su protección. Volverá a empezar después de haber pagado su deuda, sin armas, ni propiedad, sin derechos ni dignidad… como un perro, concluye su padre. Sí, como un perro, replica Lucy.

Tal como suele ocurrir en la ficción de Coetzee, los personajes de Desgracia tienen una función metonímica o simbólica. Cuando lo conocemos al comienzo de la novela, Lurie tiene sexo con muchachas que podrían ser sus propias hijas. Esto implica que se trata de un padre innatural, un depredador más que un protector. Tanto la prostituta Soraya como la estudiante Melanie son mujeres “utilizadas”. La analogía con un cierto tipo de paternalismo colonial explotador está establecida tan ligera y hábilmente que apenas es perceptible.

Entre los principales escritores sudafricanos, J.M. Coetzee ha sido quizá único en su reluctancia a escribir directamente sobre la vida bajo el apartheid. La desgracia de su país ha sido una constante en su obra, en especial en la novela que nos ocupa, ambientada en una Sudáfrica de una violenta época postapartheid.

Pero hay más cosas en Desgracia. Está el intento de Lurie, como especialista en poesía romántica, de escribir una obra largo tiempo planeada sobre Byron, en la que se encuentra adoptando la voz de la amante rechazada del poeta. Hay también una profunda meditación acerca de las vidas y derechos de los animales; una meditación que adopta la forma del castigo y salvación que Lurie encuentra en el refugio de animales de Bev, ayudándola a sacrificar a perros abandonados. Y está el intento del autor de hacernos entender, aunque no simpatizar, con la arrogancia intelectual y deseo incorregible, y la comparación con su hija; una hija marcada por una integridad que su padre saber que no puede reclamar para sí mismo.

Como ocurre en otras novelas suyas, Coetzee ofrece en Desgracia un compromiso postmoderno con un tema colosal: el impacto, en África y en otros lugares, de una filosofía política occidental expansionista y el proceso de la consiguiente disolución. En su obra Coetzee tiene como objetivo cuestionarse el estatus y las estructuras del poder colonial y postcolonial desde diferentes puntos de vista.

Desgracia es un libro perturbador y nada amable; una historia sutil que presenta varias capas. La obra de madurez de un escritor que ha refinado sus obsesiones textuales para producir una prosa exacta y efectiva, y condensado su preocupación temática con autoridad hasta lograr una historia engañosamente sencilla de vida familiar.

A.G.