Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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martes, 22 de diciembre de 2015

Lecturas recientes: La verdadera historia de la banda de Kelly

 
La verdadera historia de la banda de Kelly (2000)
Peter Carey

En su séptima novela, Peter Carey emplea de nuevo un tema histórico. Pero no uno cualquiera, sino la vida de uno de los mitos más perdurables de la Australia colonial: Ned Kelly (1855-1880), un proscrito legendario. Ladrón de ganado y de bancos, Kelly fue un famosísimo ladrón (de ganado, de bancos o de lo que fuera) que gustaba de dar el dinero a los pobres; una especie de Robin Hood australiano que jamás hizo daño ni a mujeres ni a niños, que se hizo construir una armadura con un cubo en la cabeza, que mató a infinidad de policías y se convirtió en un héroe del pueblo cuya violencia ha sido santificada, y que acabó colgado a la temprana edad de veinticinco años en la cárcel de Melbourne en 1880.

La violencia de Ned no es justificada, si bien se presenta como el resultado inevitable y trágico de la persecución policial de los pobres colonos irlandeses. El relato del primero asesinato que comete Ned, en Stringybark Creek, es devastador. Como consecuencia de éste, la madre es encarcelada tres años y los hermanos se ven obligados a huir.

El lector, especialmente aquel familiarizado con la vida y obra del personaje, podría esperar una mera transcripción de su vida. Partiendo de la idea de que su historia es bien conocida, urge preguntarnos qué esperaban los lectores de La verdadera historia de la banda de Kelly. Es de suponer que nadie se dejaría engañar por las citas de unas supuestas fuentes de archivo, ni con la atroz puntuación de una narración que, por lo demás, no tardamos en encontrar perfectamente adecuada.

Carey podría haber optado por contar la historia de un modo tangencial. Pero lejos de buscar un subterfugio mediante el cual abordar un asunto de dominio público, narra la historia de Ned Kelly de forma cronológica, en primera persona y guardando estricta fidelidad a los hechos narrados: desde el arresto de su padre por robar a un novillo en 1865, pasando por sus años de aprendizaje hasta conocer a Harry Power –el bandolero que habrá de convertirse en una mala influencia para Ned, quien acaba comprendiendo que en realidad no tiene nada que temer de él–, hasta la terrible escena del hotel Glenrowan en 1880, cuando la banda de Kelly planea hacer descarrilar un tren lleno de policías y cuando Ned con su armadura inhumana avanza hacia la lluvia de balas mientras hace golpear su revólver sobre su coraza hasta ser alcanzado por los disparos en las piernas.

Tres son los trucos de invención que utiliza Carey para convertir lo que podría no pasar de ser una simple biografía en una novela sensu stricto. El primero es la idea de que Kelly ha escrito durante los dos últimos años de su vida un relato de sí mismo para su hija y que este relato ha sido preservado en trece paquetes independientes de manuscritos del puño y letra de Kelly, todos los cuales conforman juntos la novela. A parte de unas escuetas notas editoriales y unos resúmenes al comienzo de cada sección, la historia es toda ella de Ned. Un material bueno y divertido, lleno de traición, asaltos a bancos y asesinatos. El segundo de los trucos es su relación con Mary Hearn, que le da una hija. Y el tercero es la voz que Carey le da a Ned, que es precisamente donde, a mi juicio, reside el verdadero encanto de la novela, lo que la convierte en una obra literaria hermosa y emocionante.

El lenguaje que emplea Ned es convincente y no deja de sorprendernos. Es simple y directo, coloquial y lleno de humor e incluso poesía. Se introduce en la mente del lector con la inmediatez de la expresión oral; en ciertos momentos parece que estuviéramos escuchando la voz del mismísimo Ned Kelly contándonos la desgarradora historia de su vida. Su voz es profundamente honesta y franca. La transparencia de su lenguaje nos lleva directamente al corazón de un personaje que es visto por los australianos como un gran héroe. Carey demanda del lector que confíe en el narrador de la historia tanto como en la historia misma. Carey está interesado en la imagen e identidad de los compatriotas, desde los primeros colonos que luchaban por comprender lo extraño y precario de sus vidas y del mundo que habitan, a la desilusión y el vacío del hombre urbano contemporáneo, separado de los vastos espacios –lugares repletos de leyendas– que se extienden alrededor.

El éxito de Carey radica, por tanto, en el hecho incuestionable de haber tomado como punto de partida la biografía del personaje escrita por Ian Jones en 1995 y proporciona a Ned Kelly de una voz que lo convierte en un ser dolorosamente real que mantiene, no obstante, su identidad de héroe. Carey dota a su novela del poder emocionante de una historia individual; no es sino el mito hecho real.

Ned Kelly en 1880
A través de los ojos de Ned Kelly, la novela examina una época singularmente incivilizada de la historia australiana –el final del siglo XIX–, una época en la que los emigrantes irlandeses sufrieron a manos de la clase británica dirigente. Nacido en el seno de una pobre familia irlandesa del noreste de Victoria, Ned sufre la mentira y manipulación de los adultos en su vida, incluyendo a su madre, Ellen, que es acosada por diversos pretendientes después de la muerte del padre de Ned. Demasiado avariciosa mas poco leal, Ellen se mantiene en el centro de los afectos de su hijo incluso después de haberlo vendido a la edad de quince años al bandido Harry Power. Como aprendiz suyo, un Ned de buen corazón se ve obligado a llevar una vida criminal, consecuencia de lo cual no tarda en dar con sus huesos en la cárcel, en lo que no es sino la primera de sus numerosas estancias entre rejas. Ned es privado del derecho a defenderse una vez detrás de otra y victimizado por un sistema legal que parece carecer de un elemento importante: la justicia. Unos años más tarde, cuando es acusado de asesinato, Ned se ve obligado a huir con sus hermano pequeño, Dan, y una banda de aliados. Durante casi dos años, eluden la justicia, robando bancos y empleando parte del dinero para ayudar a los empobrecidos habitantes del distrito.

La novela plantea una pregunta nada banal: ¿quien tiene derecho a escribir la historia? En un país donde la verdad y la justicia son conceptos peligrosamente subjetivos, ¿puede lo que es verdadero y justo ser alguna vez definido de forma satisfactoria? Ned Kelly, tal como aparece retratado en esta gran novela, se perdió en los márgenes de estas ideas, pues murió intentando abrirse camino a través de ellas.

A.G.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Lecturas recientes: Julio César: la grandeza del héroe

  
Julio César: La grandeza del héroe (1958)
Hans Oppermann

La vida de Julio César ha fascinado a lo largo de los siglos a personas de toda índole, entre las que desde luego hemos de incluir a historiadores, novelistas o dramaturgos de renombre. La obra de Hans Oppermann nos presenta la doble vertiente del personaje: el hombre el público y el hombre privado. El político y hombre de estado que, sirviéndose de su habilidad como general, acabó por hacerse con el poder supremo en la República Romana y se convirtió en su dueño absoluto. El escritor que relata con detalle y pasión su campaña en las Galias, esposo de tres mujeres y amante de otras (y supuestamente también de otros)… El estratega. El gobernante magnánimo que no hacía un uso gratuito de la violencia y que fue asesinado por algunos de los muchos hombres a los que perdonó la vida. El hombre que abrió las puertas del nuevo Imperio a su delfín Octavio y cuyo nombre –César– se convirtió en un título con el que honraron su nombre los sucesivos emperadores romanos. Un título que simbolizada el poder supremo y legítimo del que aún encontramos reminiscencias en el siglo XX, durante el cual hombres poderosos adoptaron los títulos de Kaiser o Zar, como tributo a Julio César.

Oppermann repasa en su brillante estudio las diferentes etapas de la vida del personaje: desde los poco conocidos años de su infancia, turbulenta juventud y prometedora carrera política, durante la cual se relacionó –aunque de diferentes maneras– con personajes como Mario, Cinna, Sila o Cicerón, hasta su acceso al consulado. Julio César fue un fugitivo, prisionero de piratas, a los que acabaría ajusticiando, líder militar, abogado y cónsul en Hispania y la Galia, donde llevó a cabo una impresionante serie de duras campañas contra los diferentes pueblos bárbaros, que no dio por terminadas hasta llevarse esposado a Roma a Vercingétorix, el líder galo de la tribu de los Arvernos.

A Julio César jamás le faltó el valor necesario, si bien siempre actuó de acuerdo con los dictados de la razón. Fue paciente y perseverante con los Galos, calculador y decidido con Pompeyo, a quien trató con todos lo medios de convertir en su aliado, magnánimo con sus enemigos. Cruzó el Rubicón y emprendió una lucha encarnecida contra los pompeyanos, que hubo de continuar incluso después del vil asesinato de Pompeyo en Egipto; una crueldad sin sentido que Julio César recriminó a Ptolomeo, quien se sirvió de la traición de los propios hombres de Pompeyo para entregarle su cabeza a Julio César, en cuyo ánimo estuvo siempre restablecer la amistad entre los dos.

Tras el final de la Guerra Civil, triunfador de campañas militares que lo llevaron de una punta a otra del Mediterráneo, e incluso más allá (Veni, vidi, vici), Julio César se convirtió en dictador. Fue aclamado e idolatrado por sus legiones y por el pueblo, con quienes compartió la inmensa riqueza de sus botines de guerra.

Sin embargo, sus actos –a veces excesivamente despóticos– no fueron del agrado de todos, ni siquiera de aquellos a los que perdonó la vida, y se urdió una conspiración que acabó con su violento asesinato a las puertas del Teatro de Pompeyo el 15 de marzo del año 44 a.C. (A propósito de este asunto recomiendo Los Idus de Marzo (1948), la entretenida novela histórica del escritor norteamericano Thornton Wilder.)

El legado de Julio César –el que fuera gran admirador de Alejandro Magno– es inmenso, tal como Oppermann desgrana en uno de los capítulos finales de su obra; un legado historiográfico tanto como político… pero ésa es otra historia.

A.G.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Lecturas recientes: Ve y pon un centinela


Ve y pon un centinela (2015)
Harper Lee

Escrito antes de Matar a un ruiseñor, la novela recién publicada por Harper Lee cuenta la historia de una Scout adulta que regresa desde Nueva York a Maycomb, al Sur profundo, donde se encuentra frente a frente con las actitudes racistas de su padre, Atticus Finch, al que asocia con el Ku Klux Klan, con su amigo de infancia Herny Clinton, y con el vívido recuerdo de Jem, su hermano muerto. La experiencia vital de Harper Lee fue muy parecida a la de Scout, pues ella nació también en Alabama, pero se trasladó siendo aún joven a Nueva York, donde comenzó a escribir.

Utilizando como telón de fondo uno de los cambios más monumentales de la sociedad norteamericana, vemos crecientes tensiones por los derechos humanos y el final de la segregación, si bien son patentes más divisiones, pues la novela expone en primer plano los prejuicios entre razas, el conflicto entre el Norte y el Sur y entre diferentes generaciones. A medida que Jean Louise logra adaptarse a una sociedad que cambia a gran velocidad, su percepción de sus vecinos, amigos y familiares queda alterada para siempre. Debe aprender a adaptarse a sus nuevos descubrimientos y tratar con sus desilusiones. No en vano, Ve y pon un centinela (su título está tomado de la Biblia (Isaías 21,6)) es además de todo esto un novela acerca del crecimiento, del alcance de la madurez.

Además, constituye un análisis sorprendente y certero de la historia de los Estados Unidos, pues plantea asuntos que aún hoy siguen siendo candentes. La comparación entre cómo era antes la sociedad y cómo es ahora despierta un doble sentimiento, pues percibimos por una parte cuánto ha cambiado la sociedad norteamericana en ciertos aspectos, mientras en otros el cambio parece haber sido insignificante.

Resulta inevitable comparar Ve y pon un centinela con Matar a un ruiseñor. No hay duda alguna de que la primera carece del ingenio, del impacto o del brillo de la segunda. En este sentido, no me parece de justicia emprender la tarea de comparar de forma exhaustiva ambas novelas. No hay que olvidar que Harper Lee nunca tuvo la intención de publicar Ve y pon un centinela, y puesto que fue escrita antes que Matar a un ruiseñor, resulta ridículo leerla como una secuela de la anterior. Creo que no podemos alterar nuestra opinión, ni cambiar nuestros sentimientos sobre la ingente figura de Atticus Finch, un auténtico héroe –más que literario– para para tantos, entre los que encuentro. En Ve y pon un centinela, Atticus ha envejecido y ya no es la referencia moral que solía ser. A pesar de sus leves tintes de racismo, me parecería injusto cambiar nuestra percepción sobre él. Quizá debiéramos interpretar el personaje de Atticus en Matar a un ruiseñor como un producto de la evolución de un personaje preexistente, que ha llegado a convertirse, como hemos afirmado, en un referente moral sin fisuras y absolutamente convincente.

Con todo, se me antoja inevitable exponer, siquiera brevemente, algunas diferencias entre Ve y pon un centinela y Matar a un ruiseñor, pues éstas son sorprendentes. Mientras la primera muestra a Atticus Finch como un pueblerino sureño que está siempre de mal humor, en la segunda el personaje se convierte en el Atticus que el mundo conoce y ama, en el símbolo sagrado de la decencia y la justicia. Sin embargo, es la liberación de su hija, Scout, lo que realmente sorprende. Mientras en la primera novela, la voz en tercera persona resulta convencional y poco participativa, en la segunda se escucha a una Scout de seis años recordando unos días de infancia que la cambiarán para siempre. Esta destreza narrativa propone una perspectiva adulta, a la vez que cuenta la historia de Scout en la voz de una niña. Además de éstas, encontramos otras mejoras notables en la comparación de ambas novelas. Mientras en Ve y pon un centinela, la descripción del Sur profundo resulta burda, partidista e incluso tosca, en Matar a un ruiseñor, la visión de la sesgada sociedad blanca es reproducida con compasión. En definitiva, mientras Matar a un ruiseñor concluye con la esperanza de que la gente es buena de verdad, Ve y pon un centinela concluye con resignación que la gente a veces no puede cambiar. Jean Louise se da cuenta de que no puede dar por perdido a su padre, con sus cosas buenas y sus cosas malas, sólo por su perspectiva del mundo o porque sea una figura del pasado que se esté esfumando lentamente. Sólo esforzándose por verlo con los ojos de un adulto puede permitir a Scout comprender su verdadero significado.

Harper Lee refleja en el personaje de Scout la idea de la pérdida del idealismo de la juventud y la desilusión que experimenta el ser humano a medida que va creciendo. En este sentido, observamos también la advertencia que nos lanza la autora acerca de los peligros de idealizar a la gente hasta el extremo de convertirlos en ídolos.

Harper Lee nos recuerda que no podemos ser ajenos a un hecho irrefutable: a medida que crecemos como individuos, también evoluciona la sociedad. Así pues, debemos de poner nuestro empeños en congeniar estas dos circunstancias, ambas de una importancia vital y que, sucedidas de forma simultánea, provocan un conflicto en nosotros y perfilan nuestra personalidad a través de desilusiones, descubrimientos y nuevas experiencias. Tal como le recuerda a Scout su tío Jack, el nacimiento del ser humano es algo de lo más desagradable. Es desordenado y extremadamente doloroso, además de ser arriesgado y siempre sangriento. Es, por tanto, como la propia civilización.

Esta afirmación capta perfectamente el espíritu de una época de agitación política y tensiones civiles. Lee utiliza Maycomb como un microcosmos de la sociedad norteamericana y a través de los ojos de Scout observamos las reacciones de las diferentes comunidades y cómo las políticas implementadas para unir a las personas comienzan a separarlas.

Jean Louise ha permanecido fiel a sus ideales y se erige como un símbolo del feminismo y un contraste refrescante del estereotipo de la mujer sureña, definida a la perfección por la tía Alexandra. Scout no tiene más remedio que aceptar Maycomb tal como es. No puede ni vencer a sus vecinos ni unirse a ellos. Incapaz de cambiar las ideas de la gente, y renuente a cambiar las suyas propias, Scout opta por ver los puntos buenos de esa gente con la que no congenia, en lugar de fijarse tan sólo en sus defectos.

Aunque Ve y pon un centinela no alcanza el altísimo nivel literario de Matar a un ruiseñor, es una obra que pone en marcha nuestro cerebro y nos impele a cuestionar muchas de las decisiones tomadas en el mundo de hoy, que quizá de manera demasiado sumisa juzgamos adecuadas.

Debemos, pues, leer Ve y pon un centinela con una mente abierta, pues se trata de una historia hermosa en la que se exponen ideologías y opiniones de gran calado.

A.G.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Lecturas recientes: Samarcanda


Samarcanda (1988)
Amin Maalouf

Llegado a Samarcanda de su natal Persia, Omar Jayyam es reconocido en la calle por un poeta procaz que escribe de vino y mujeres, y cuya filosofía se mofa del Islam. Los matones callejeros declaran a Jayyam infiel y lo conducen al juez para recibir el castigo apropiado. Pero el juez, que es un intelectual, reconoce el genio de Jayyam y le da un pequeño libro en blanco compuesto de hermosas hojas de papel chino. Le encomienda la difícil tarea de anotar en él cualquier verso que tome forma en su mente o en la punta de su lengua. Ahora bien, el libro habrá de permanecer oculto. De esta manera, salva el cuello un gran poeta y nace el rubayat de Jayyam, la simple y hermosa estrofa de cuatro versos pentámetros yámbicos que riman AABA.

La historia de Jayyam transcurre en el Asia Central del siglo XI, cuando las ciudades de Bujará Samarcanda eran las más grandes de la época. Maalouf se recrea con insólita destreza en las descripciones de las cortes, las fuentes, el bazar, las vidas de los místicos, los reyes y amantes en una prosa lánguida y evocadora. Sin pretender intentarlo, sin artificio ni banalidad, la novela establece un tono que está en perfecta armonía con el misticismo sufí y retrata con éxito las paradojas, la sutil ironía y el humor autodespectivo de su característica escritura.

Los nueve años de relación amorosa de Jayyam y Jahn, la poetisa de la corte, resuenan también con una palpable sensualidad.

Las grandes figuras del Asia Central medieval son vistos a través de los ojos de Jayyam: Nizam al Mulk, el déspota visir persa del sultán turco Malik Sha, que aún es recordado por sus notables innovaciones en cuestiones de gobierno y por sus teorías filosóficas que anticipan a MaquiaveloHasan ibn al-Sabbah, un hombre muy sabio y cruel que se convierte en el fundador de la comunidad ismaelí que interpretó el Islám de un modo diferente y que dirige a los miembros de la Orden de los Asesinos desde su fortaleza de Alamut; y, por supuesto, el propio Omar Jayyam, un hombre extraordinario, un sabio instruido en diferentes disciplinas del conocimiento (matemáticas, filosofía, astrología, física y literatura) que jamás quiere involucrarse en política o en cualquier asunto relacionado con ella y de quien todos solicitan consejo en esta y otras materias.

La novela viaja también más allá de Asia Central, pues el autor cruza siglos y continentes siguiendo la pista del manuscrito original de los rubayat. Las anotaciones de Jayyam en el libro, que son traducidas en el siglo XIX por Edward Fitzgerald y sorprenden a la sociedad victoriana, son robadas por primera vez por el líder de los Asesinos, el despiadado Hasan ibn al-Sabbah. La fortaleza de los Asesinos, donde se guarda el manuscrito, es destruida y el manuscrito se pierde durante cientos de años. En el siglo XIX un erudito americano se obsesiona con encontrar el original. Viaja a Persia en 1896, donde se encuentra con las primeras luchas de los demócratas persas por un gobierno constitucional después de que el Sha ha sido asesinado.

El erudito se enamora de Shireen, una princesa persa que ha descubierto el texto perdido. Viven los primeros meses de la primera República de Irán, pero cuando regresan a Estados Unidos juntos en el Titanic, en 1912, éste se hunde. Aunque los dos se salvan y llegan sanos y salvos a Nueva York, el manuscrito se pierde en el fondo del océano. Shireen no puede seguir vivendo sin el manuscrito y abandona a su amante americano en el muelle de Nueva York.

Maalouf es el autor de una estupenda novela que tiene la virtud de describir las vidas y la época de unos personajes que jamás habían aparecido en la ficción con anterioridad y muy probablemente no volverán a hacerlo. El libro no es una simple novela histórica, sino que, del modo que el intrincado bordado de una alfombra oriental se teje y se desteje durante siglos, Maalouf entreteje poesía, filosofía y pasión por el pasado sufí con la modernidad. Maalouf intercala en la narración extractos de poemas de Jayyam que dotan al texto de una poderosa cadencia melódica.

La ficción histórica de alta calidad, como la que representa Samarcanda, es un modo excelente de despertar interés por la investigación histórica. Maalouf realiza un trabajo excelente en este sentido, pues elabora una novela con un perfecto equilibrio entre información y entretenimiento, a la vez que presenta su punto de vista de las sociedades contemporáneas de mayoría musulmana.

Una novela muy ilustrativa que, como todas las obras de su autor, trata de comprender y avanzar hacia una solución y un encuentro real entre nuestras culturas. Ojalá sea así algún día.

A.G.

domingo, 25 de octubre de 2015

Lecturas recientes: El halcón maltés


El halcón maltés (1930)
Dashiel Hammet

Ambientada en San Francisco en diciembre de 1928, esta obra maestra de la literatura del siglo XX presenta a Sam Spade, el detective privado que sedujo a toda una generación de lectores y sirvió como modela del gran Philip Marlowe, el protagonista de las novelas de Raymond Chandler.

La novela comienza cuando Brigid O’Shaughnessy contrata a Spade y a su compañero Miles Archer para protegerse de Thursby, su ex pareja, con la excusa de que busca a su hermana perdida. Pero Archer y Thursby son asesinados y Spade se ve obligado a intervenir para que no se airee su relación con Iva, la mujer de Archer. Sin embargo, todas las personas implicadas parecen más interesados en encontrar una misteriosa escultura. En efecto, Spade recibe ofertas de dos hombres, Cairo y Gutman, para encontrar el Halcón Maltés, una pieza incrustada de joyas valiosísimas que perteneció a los legendarios Caballeros de Rodas. Brigid, que no tiene tanto dinero como los otros, intenta seducir a Spade y consigue convencerlo para que colabore en su plan de vender la estatua a sus anteriores compañeros: Cairo, Wilder y Gutman. Los primeros dos personajes son retratados como homosexuales, mientras en el tercero es un sádico que abusa de su hija. Todos ellos amenazan la vida de Spade de diferentes maneras, pues tratan de descubrir lo que él y Brigid saben del halcón. Contra ellos Spade emplea su fuerza física y mental, a su fiel secretaria Effie Perrine y su buen entendimiento con los policías de San Francisco Dundy y Polhaus. Dundy, sin embargo, acaba volviéndose en su contra. Spade no encuentra más que hostilidad en todas partes. Pasa la noche con Brigid y registra su apartamento antes de que ella se levante.

El estilo objetivo de la narrativa de Hammett le impide al lector saber que Spade sabe que Brigid mató a Archer. También se entera de la historia de la escultura de boca de Gutman, quien lo droga. Golpeado por Wilmer, Spade se despierta a tiempo de recibir el halcón de Jocaby, el moribundo capitán del barco La Paloma, al que ha disparado Wilmer. Brigid y sus compinches le tienden una trampa a Spade, pero cuando les muestra el halcón, descubren que éste es una falsificación de plomo.

Finalmente, todos huyen excepto Brigid, que le sugiere a Spade que se escape con ella. Pero éste le enumera los motivos por los que no puede. Entre ellos se cuenta su conocimiento acerca de la identidad del asesino de Archer.

Al final Spade entrega a todos a la policía. Una vez cumplidas sus obligaciones legales y habiendo preservado su integridad profesional y personal, Spade ha de hacer frente el día siguiente a Effie, que está enfadada por su traición al amor de Brigid. Effie siempre ha creído en la inocencia de Brigid. Spade ha de enfrentarse también a Iva Archer, que le está esperando en su despacho.

La tercera novela de Dashiell Hammett, El halcón maltés establece el patrón por el que todas las novelas de detectives siguientes habrían de ser juzgadas. La novela negra se había convertido en un género estereotipado, flácido e insignificante, pero la prosa limpia, la facilidad para el diálogo de Hammett y unos personajes dotados de un lenguaje peculiar y motivaciones convincentes dieron como resultado una obra maestra.

El detective duro no es en realidad una invención de Hammett. Sin embargo él lo convirtió en un personaje que los lectores podían identificar fácilmente: un ser solitario de ojos pequeños y brillantes, dotado de una determinación tal que lo lleva a deshacer entuertos y lograr justicia. Su implicación en el mundo no es cínica, sino apasionada. Con todo, sus éxitos están siempre ensombrecidos por unos toques de pérdida y fracaso. Este concepto se ha filtrado a lo largo de los años en las obras de numerosos escritores del género; desde Raymond Chandler a John Le Carré.

Sam Spade no confía en la policía ni en ninguna otra autoridad. Trata a las mujeres de un modo que a veces parece desconsiderado, si no abiertamente irrespetuoso. Tal es el caso cuando seduce a Iva, la mujer de su compañero, o cuando amenaza a Brigid con registrarla delante de otros hombres. Su sentido de la lealtad no está muy claro, pues acepta dinero y consiente en ayudar a gente con deseos contrarios a los suyos.

Los tres personajes femeninos principales, sobre todo Brigid O’Shaughnessy, responden al magnetismo sexual de Spade. Él, sin embargo, subordina al final sus deseos a un bien superior, hasta el punto de entregar a Brigid a la policía.

Brigid O’Shaughnessy es un buen ejemplo del arquetipo de femme fatale: la mujer hermosa y manipuladora que se sirve tanto de la mentira como de su sexualidad, en combinación con una apariencia de mujer desamparada, para conseguir que los hombres hagan lo que quiere, aunque en realidad sea bastante autosuficiente y peligrosa.

El halcón maltés fue publicado por primera vez por entregas en la revista Black Mark, a partir de septiembre de 1929. Fue publicada en forma de libro el año siguiente. El editor, Blanche Knopf, trató de rebajar la abierta sexualidad de la versión de Black Mask, pues temía que las referencias a la homosexualidad de Joel Cairo espantaran a los lectores. Sin embargo prevaleció el criterio de Hammett, que opinaba lo contrario.

Probablemente la mejor novela norteamericana de detectives, El halcón maltés fue reconocida como tal tras su publicación. Incluso hoy en día pocos son los críticos que discrepan acerca su relevancia. Raymond Chandler, que tanto le debía al padre de Sam Spade, jamás dejó de elogiar la obra maestra de Hammett.

La novela ha sido adaptada numerosas veces a la pequeña pantalla. La versión de 1941, interpretada por Humphrey Bogart, Mary Astor, Peter Lorre y Sydney Greenstreet, está considerada un clásico inmortal del cine negro.

A.G.

sábado, 17 de octubre de 2015

Sorpresas gratas: Presunto inocente


Presunto inocente (1987)
Scott Turow

Basada en la propia experiencia del autor como fiscal de Chicago, esta brillante novela presenta un retrato detallado y realista del mundo judicial de una ciudad imaginaria del Medio Oeste. Pero eso no es todo...

Rozat Rusty Sabich es ayudante jefe del fiscal del condado de Kindle y está ayudando en la reelección de su amigo Raymond Horgan. Las elecciones determinarán si Rusty tiene o no trabajo. Si las gana Horgan, se quedará. Pero si las pierde, está acabado.

Rusty es un hombre apasionado y taciturno. Un hombre solitario que tiene la impresión de que a sus casi cuarenta años, tanto su matrimonio como su carrera se han estancado. Sus sentimientos se centran en el amor a su hijo, Nat, y sus perdurables y desesperadas fantasías con su colega Carolyn Polhemus, la amante que no hace mucho tiempo puso fin de manera abrupta a su relación de seis meses.

A unas semanas de las elecciones, Carolyn aparece asesinada en su apartamento. Carolyn es madre divorciada y tiene una vida muy promiscua. Es una mujer sin escrúpulos y amante del peligro. Los indicios apuntan a que fue brutalmente violada por alguien que la conocía bien y en quien ella confiaba. La pérdida es particularmente impactante para Rusty, que aún está enamorado de ella. Horgan asigna a Rusty la investigación del crimen, desconociendo la breve pero apasionada relación de éste con la víctima.

Rusty ha de manejar la investigación del asesinato a pesar del conflicto de intereses que nadie más conoce, para lo cual cuenta con la ayuda de Dan Lip Lipranzer. Al principio se sospecha de delincuentes sexuales que Carolyn ayudó a condenar. Rusty se entera de que Horgan tuvo una breve relación con Carolyn. Mientras tanto, el matrimonio de Rusty hace aguas desde que su mujer, Bárbara, supo de la relación de la aventura de su marido. Aunque siguen viviendo juntos, Bárbara no ha perdonado a su marido y jamás podrá hacerlo.

Rusty no tarde en darse cuenta de que el caso no parece ir a ninguna parte debido a la falta de evidencia y pistas. Su fracaso en la investigación conduce a la derrota de Horgan en la elección. Enfadado y frustrado, Horgan decide conspirar, utilizando todas las poderosas armas que tiene en su mano, para incriminar a su subordinado.

En efecto, una serie de pistas circunstanciales conducen a la fiscalía a acusar a Rusty del asesinato y violación de Carolyn: llamadas desde su casa a Carolyn la noche del asesinato, un vaso de cristal con sus huellas, fibras de la alfombra de la casa de Rusty encontradas en la de Carolyn. El recién elegido fiscal general del condado Nico Della Delay Guardia trata de aportar, con la ayuda de su ayudante Tommy Molto, toda la evidencia posible contra Rusty, quien se ve obligado a contratar para su defensa a Alejandro Stern. Sandy es un abogado argentino que ha sido contrincante de Rusty durante los últimos años. Rusty sólo puede confiar en él y un misterioso expediente B.

Comienza entonces el juicio. Acusación y defensa interrogan a los testigos. La suerte de Rusty da un giro de ciento ochenta grados con la declaración del experto forense, cuyo testimonio no se sostiene en pie. Rusty se entera, además, de que el juez también tuvo una relación con Carolyn y de que el propio juez, Carolyn y Horgan aceptaron sobornos de sospechosos. Y por si fuera poco, la defensa no es capaz de encontrar el vaso con la huella de Rusty.

El juez resuelve que la falta de evidencia hace inviable la continuación del juicio y la propia defensa retira los cargos contra el acusado. El caso queda desestimado antes siquiera de ser enviado al jurado para su deliberación.

Rusty regresa a casa, a salvo de la cárcel, pero su vida no volverá a ser jamás la que fue. Su mujer no está dispuesta a perdonarle y no tarda en aceptar un trabajo en Detroit, lejos de él. Aliviado de las tensiones del juicio, Rusty consigue por fin juntar todas piezas, aparentemente inconexas, del caso y averiguar la identidad del asesino y los motivos que lo llevaron a cometer el crimen.

Presunto inocente, la primera novela de Scott Turow, se convirtió en un éxito inmediato. No en vano, permaneció cuarenta y cinco semanas en las lista de los libros más vendidos del New York Times. Es, sin duda, una de las más brillantes novelas de intriga judicial. Una obra fascinante y profundamente reflexiva.

Turow engancha al lector gracias no sólo a las poderosas tensiones y reverberaciones de la historia, sino a la realidad del mundo que ha creado. Presunto inocente recrea como pocas novelas, con verosimilitud e inteligencia, los mecanismos de la justicia, su psicología, su drama y su lógica. Además, da vida a unos personajes memorables, dotándolos de una riqueza y complejidad extraordinarias. Unos personajes que habitan un mundo violento en el que imperan la doble moral y los conflictos de lealtades. Un mundo donde la verdad nunca está clara y donde la culpa es una pesada carga. Un mundo que nos recuerda al nuestro propio, hasta el punto de cautivar al lector incluso después de la resolución del misterio.

Tal como indica el título de la novela, ésta nos demuestra que no existe la auténtica inocencia. Tan sólo la presunción de inocencia, un término legal y un reconocimiento de la inefabilidad del motivo humano y la imposibilidad de establecer juicios concluyentes de culpabilidad. En gran parte, la verdad que encierra la novela emerge no tanto del juicio de Rusty Sabich como de sus meditaciones. Éstas revelan un temperamento melancólico y filosófico. En efecto, la inquietante ambigüedad moral parece revelarse como una experta interpretación de verosimilitud por parte de Turow.

A.G.

martes, 29 de septiembre de 2015

Lecturas recientes: La hija del tiempo


La hija del tiempo (1951)
Josephine Tey

Herido mientras perseguía a un criminal, el inspector Alan Grant de Scotland Yard está postrado en una cama de hospital. El aburrimiento lo está volviendo loco. Después de haber rechazado varios libros que le trae su amiga, la actriz Marta Hallard, Grant pasa el tiempo estudiando el techo y familiarizándose con las idas y venidas y la peculiar personalidad de las enfermeras que están a su cargo. Grant ansía un desafío mental. Marta le sugiera que intente solucionar un misterio del pasado que nadie haya podido resolver jamás.

Sabedora de la habilidad de Grant en el análisis de caras, Marta le trae unos retratos de personajes históricos cuyas carreras están asociadas con preguntas no respondidas, de modo que pueda escarbar en un misterio del pasado. Escéptico al comienzo, sin embargo echa un vistazo a todos los retratos, hasta que se topa con uno sin nombre cuyo rostro le sorprende por su sobria honestidad y sufrimiento. Grant no puede ocultar su sorpresa al enterarse de que se trata de Ricardo III, el infame villano de la historia de Inglaterra que mandó asesinar a sus dos sobrinos, aún niños, en la Torre de Londres. Intrigado por el personaje, Grant decide indagar en la personalidad de Ricardo III y averiguar cómo pudo haber estado tan equivocado al juzgar su cara. Tras unas pesquisas preliminares, Grant llega al convencimiento de que Ricardo no mató a los príncipes. ¿Quién lo hizo, entonces? Llegar a conocer la verdad se trata para él, no sólo de de un ejercicio intelectual, sino de una cuestión de principios.

A pesar de su falta de movilidad, Grant es capaz de entrevistar a las enfermeras que le cuidan y a un par de visitantes que van a visitarlo, aprendiendo más de Ricardo III y la historia de su época; cosas que había aprendido pero no recordaba, y cosas que jamás le habían enseñado.

Dándose cuenta de las dimensiones y profundidad de la investigación de Grant, Marta busca a alguien que ayudarle en su ardua tarea. Es así como entra en la vida de Grant un joven investigador que servilmente desentierra más información para Grant, llegando al punto de entusiasmarse tanto como Grant por su investigación. La inicial curiosidad de Grant se ha convertido en un estudio exhaustivo de la historia de Inglaterra, reuniendo pistas y hechos, descartando rumores sin fundamento y finalmente llegando a una conclusión más lógica sobre Ricardo III y la desaparición de sus sobrinos.

A pesar de estar condicionados por sus propios prejuicios, Grant y su amigo Brent Carradine destapan algunos detalles fascinantes que desacreditan la acusación contra Ricardo III. Aunque algunos historiadores habían llegado a una conclusión parecida en los siglos XIII y XIX, nadie había escrito al respecto en el siglo XX. Entre los dos construyen un caso basado en el material que ambos presentan y en los argumentos que logran consensuar. Llegan a la conclusión de que Richard no habría matado a sus sobrinos y encuentran un asesino más probable. En efecto, no parece que fuera Ricardo, sino Enrique IV, su hermano, quien ordenara el asesinato de sus propios hijos. Con la ayuda de los enemigos de Ricardo y sus propios amigos, Enrique consiguió hacer creer a todo el mundo que Ricardo, que no tenía motivo alguno para cometer los crímenes, era el culpable.

La hija del tiempo no trata en realidad sobre Ricardo III y sus sobrinos, sino sobre cómo la Historia consta de historias individuales que en ocasiones son tan ficticias como cualquier novela. Durante siglos hemos creído fielmente lo que nos cuentan estas historias y hemos llegado a forjarnos una visión del mundo que pudiera estar equivocada; y eso es algo sobre lo que deberíamos reflexionar. La hija del tiempo nos demuestra cómo la historia puede ser malinterpretada a través de la más conveniente reinterpretación de la persona que ostenta el poder, hasta el punto de convertirse en parte de nuestro común entendimiento, sin haber sido demostrada su certeza, a pesar de no tratarse al principio más que de una simple habladuría.

La novela transcurre exclusivamente en la habitación de un hospital. Está contada casi de forma exclusiva en forma de diálogo y narración.

Una lectura rápida y absorbente; una novela muy bien escrita que he tenido la oportunidad de leer en inglés. La historia te atrapa desde la primera página y mantiene el misterio hasta el final. Un trabajo de investigación muy bien disfrazado de novela; de novela de misterio histórica, nada más y nada menos.

A.G.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Sorpresas gratas: Los pájaros amarillos


Los pájaros amarillos (2012)
Kevin Powers

El joven soldado John Bartle, destinado a manejar una ametralladora en la Guerra de Irak, predice que ninguno de sus compañeros está destinado a sobrevivir. La guerra, afirma, es paciente y no le preocupan los objetivos ni las fronteras; si te quiere mucha gente o ninguna en absoluto. El único propósito de la guerra, tal como se le reveló una noche en sueños, es seguir, tan sólo seguir.

Poco tiempo después de su llegada a Irak, Bartle es testigo de un tiroteo extrañamente fortuito, mas horrible, que marcará su futuro inmediato. Involuntariamente se verá implicado en un acto que, a pesar de ser cometido por un motivo loable, casi destruirá tanto su mente como cualquier sentido de moral que pudiera aún quedarle tras dos años de servicio en los campos de batalla de la provincia iraquí de Nínive. Su colaborador indispensable en dicha conspiración es su sargento, un hombre entusiasta y brillante llamado Sterling, sobre cuya persona Bartle siente una perturbadora ambivalencia.

Al igual que Burtle, Kevin Powers fue, en efecto, testigo de excepción de la guerra de Irak, pues sirvió dos años en Mosul y Tal Afar. En un breve prefacio a la novela, Kevin afirma que Los pájaros amarillos comenzó como un intento de responder una pregunta: “¿Cómo eran las cosas allí (en la Guerra de Irak)?”. Sin embargo, Powers no tardó en darse cuenta de que él no era la persona adecuada para tan ardua tarea, pues la guerra no es sino como ella misma; de ninguna otra manera. Los pájaros amarillos aborda el problema sempiterno de intentar describir experiencias que tan sólo unos pocos comparten: la guerra, la locura, la extrema violencia, etc. Son experiencias que difícilmente pueden ser descritas con palabras. No obstante, Powers elabora lo que él mismo llama “la cartografía de la conciencia de un hombre” y logra recordarnos con esta magnífica novela, llena de lirismo y excepcionalmente escrita, a las dos más grandes novelas del género, que ya hemos comentado en este blog: Sin novedad en el frente (a mi juicio, la mejor de todas las jamás escritas sobre esta temática) y La roja insignia del valor.

Powers elabora un retrato juicioso e intuitivo de los hombres que luchan en las guerras. Tres son los protagonistas principales de este drama: el misterioso y vulnerable Murph, el brutal Sterling y el protagonista y narrador de la historia, cuyo nombre nos recuerda a Bartleby, el personaje de Melville; otro hombre paralizado hasta el punto que lo único que puede hacer al final es realizar los pocos actos simples que le ayudarían a mantenerse con vida.

John Bartle prometió a la madre del soldado de dieciocho años Daniel Murphy que cuidaría de su hijo y le traería de vuelta sano y salvo. Una promesa que, como el narrador revela desde el comienzo de la novela, no podrá cumplir. A pesar de poner todo su empeño en sobrevivir, a la vez que se pregunta cómo puede cumplir su promesa, Burtle siente poco a poco como si él mismo se fuera desintegrando.

La novela se mueve intermitentemente de un escenario a otro: Virginia, Irak, Alemania, Nueva Jersey y Kentucky, de 2003 a 2009. Al recordar la guerra, Bartle admite que es como hacer un puzle de atrás adelante. Este peculiar estilo narrativo convierte al lector en un participante activo, convirtiéndolo en una especie de coautor que a medida que junta los recuerdos dispersos se da cuenta del terrible secreto que se esconde debajo: la cruda verdad de la muerte horrenda de Murph.

Cuando Bartle acaba confinado en una prisión militar, no le queda más compañía que sus recuerdos; recuerdos que intenta atrapar aunque su lógica y sus secuencia le sean esquivas. Sus inciertos recuerdos le impiden estar de vuelta en Estados Unidos de forma plena. Durante la guerra, no ha habido nada que quisiera más que regresar a casa, pero una vez de vuelta, todo le recuerda a algo más: su mano se aferra a un rifle que no existe, cree ver a los fantasmas de los hombres muertos en los asientos del aeropuerto, a los niños destruidos por los morteros y los obuses, etc. Cuando su madre lo abraza y le dice que por fin está en casa, él no la cree. Cualquier ruido en la distancia, cualquier objeto insignificante lo transporta a un lugar oscuro en el que los caimanes esperan con las mandíbulas abiertas.

Después de regresar de Irak, Powers obtuvo un máster en poesía por la Universidad de Texas. Esto es evidente en la musicalidad de sus frases o los detalles brillantes, especialmente visibles en las descripciones, que salpican su prosa como diminutas gemas.

Los pájaros amarillos es una novela hermosa, poderosa y equilibrada. Una lectura obligatoria, no sólo porque nos presenta un testimonio de primera mano de la Guerra de Irak, sino porque nos ayuda a comprender que incluso de la más incomprensible y vergonzosa violencia podemos extraer una mínima visión vital del ser humano.

A.G.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Lecturas recientes: La flecha negra


La flecha negra (1888)
Robert Louis Stevenson

Deliciosa historia de amor y aventuras con la Guerra de las Dos Rosas como telón de fondo, cuyo héroe, Richard Shelton inicia su particular rito iniciático cuando emprende una viaje peligroso hacia la madurez y el descubrimiento de la verdad. Richard se convierte en caballero, rescata a su dama Joanna Sedley y obtiene justicia para el asesino de su padre, Sir Harry Shelton.

Todo empieza cuando bandidos del Bosque de Tunstall, organizados por Ellis Duckworth, cuya arma y señal de llamada es una flecha negra, hacen que Dick sospeche que su guardián Sir Daniel Brackley y sus lacayos son responsables del asesinato de su padre. Las sospechas de Dick son suficientes para poner a Sir Daniel en su contra, por lo que no tiene más salida que escapar de Sir Daniel y unirse a los bandidos de la Flecha Negra contra él. La lucha lo arrastra al conflicto más importante que los engulle, la Guerra de las Dos Rosas, entre los Lancater y los York… No es difícil deducir de dónde proceden los nombres de las familias rivales de una de nuestras series favoritas: los Lannister y los Stark.

La flecha negra es una de esas novelas que tanto disfrutamos de niños lo que dejamos de serlo tiempo ha. Duelos a espada, intrépidos arqueros… la caballería en su máximo esplendor. Un emocionante retrato de la Inglaterra bajomedieval. Una hábil mezcla de descripción y relato, todo ello escrito a la manera y modo del arcaizante inglés medieval, lo cual añade sabor y verosimilitud a la historia. Una aventura con batallas, intriga, engaño, secuestro, espías, canallas, héroes y villanos. Un clásico del autor de La isla del tesoro que nos recuerda a la historia del legendario Robin Hood.

A.G.

domingo, 26 de julio de 2015

Lecturas recientes: Brooklyn Follies

 
Brooklyn Follies (2005)
Paul Auster

De nuevo nos encontramos con un gran inicio en una novela de Paul Auster (“Estaba buscando un lugar tranquilo donde morir”), que nos empuja, casi literalmente, a zambullirnos en la sugerente narrativa del gran maestro del postmodernismo literario.

¿Quién es este narrador que parece buscar un lugar donde pasar moribundo los últimos días de su vida? Es Nathan Glass, un hombre cínico y reflexivo que frisa los sesenta años y que, en realidad, está lejos de ser una persona derrumbada y apática, a pesar de culparse a sí mismo de casi todo lo que le ha ido mal en la vida: un amargo divorcio, una lucha contra el cáncer y el distanciamiento de su hija, Rachel. La novela nos muestra, desde su inicio, algunos de los rasgos distintivos de la novela austeriana: un narrador enigmático, el papel insistente de la casualidad, las historias dentro de las historias (Shakespeare ya se encargó de darle forma a este método) y la búsqueda de un significado metafísico.

Nathan es un ejecutivo de una compañía de seguros. Feliz de superar un cáncer de pulmón, decide vivir el resto de sus días en su Brooklyn natal, donde pretende escribir la gran obra de su vida, “El Libro de la Estupidez Humana”. Un libro en el que, como bien indica en título, pretender recopilar estupideces y desvaríos del ser humano.

Sin embargo, al poco de instalarse en la Ciudad se reencuentra con su sobrino Tom Wood, al que no ha visto en un largo periodo de tiempo, y cuya vida no parece tan rota como la del propio Nathan. Tom vive cerca de él y trabaja en una librería propiedad del enigmático y extravagante Harry Brightman, cuyo nombre real es Dunkel (oscuro, en alemán). Brightman conoce a Nathan y le propone tomar parte en una operación fraudulenta cuya finalidad es financiar el Hotel Existencia, un lugar de descanso para “modernistas en apuros”.

Con el desarrollo de la trama, Auster explora las vidas de la familia de Tom y elabora una peculiar crónica (en su más puro estilo, en absoluto ajeno para los que estamos familiarizados con sus novelas) de la familia de Tom, y en especial de su hermana, Aurora, y la hija de ésta, que ha sido abducida por siniestra secta religiosa sureña. Nathan tiene la oportunidad de curar los errores de sus vidas infelices. Le ofrece consejo juicioso a Brightman y “aventura” a Joyce, una alegre viuda.

Aunque Nathan desea aprender de nuevo cómo servir a los demás, no todos sus gestos y buenas intenciones dan resultado, pues una camarera pierde su trabajo como consecuencia del collar que le regala Nathan.

Al final sus sobrinos Tom y Aura rehacen sus vidas gracias a su renovado vínculo con su tío Nathan. Tom acaba feliz conduciendo un taxi y Aurora es rescatada de un matrimonio sin amor. Además, su hija Lucy encuentra un nuevo hogar en Brooklyn.

En el relato de los acontecimientos se intercalan referencias más o menos veladas a los acontecimientos del Once de Septiembre, cuando todo cambió, como bien sabemos, y que aún no habían ocurrido cuando concluye el relato de los acontecimientos narrados en Brooklyn Follies.

Como casi todas las novelas que he leído de Auster, Brooklyn Follies no decepciona a quienes esperamos encontrar una escritura lúcida, deslumbrante y provocativa. Paul Auster, un talento único, se ha convertido con los años (lejana ya su trilogía de Nueva York) en uno de los escritores que con mayor maestría hace uso de la sátira y la parodia. Brooklyn Follies es, además, una novela lírica que enseña a celebrar los placeres de la vida, el poder insondable de la casualidad y hasta la ironía que hay en la vida misma, a pesar de ese lado oscuro de terror y muerte que también queda al descubierto en la novela.

Auster siempre resulta una lectura reconfortante y sugestiva. Sus páginas repletas de una prosa continua, alejada de la aparatosidad, nos presenta personajes con la necesaria definición para servir al propósito de la narración. Una lectura muy recomendable, como suelo decir en estos casos.

A.G.

jueves, 16 de julio de 2015

Lecturas recientes: La carretera

 
La carretera (2006)
Cormac McCarthy

En un mundo post-apocalíptico, un hombre y su hijo viajan a lo largo de una carretera que lleva a la costa, a través de bosques silenciosos, dejando atrás escenas de muerte y destrucción. Los nombres de los dos viajeros, tanto como la fecha y el lugar en que transcurre la acción, jamás son mencionados.

Atraviesan ciudades y paisajes que actúan como esqueletos del viejo mundo. Ven huesos de criaturas y de seres humanos, casas vacías, cobertizos y vehículos e incluso un tren abandonado en el bosque. A lo largo de la novela nos encontramos con algunos de los actos más horrendos que jamás podría cometer el ser humano. Con todo, también presenta la unión entre un padre y su hijo que ni siquiera la cercana destrucción del mundo puede destruir.

Uno de los motivos principales de la novela es el de los sueños. Los sueños del hombre juegan un papel notable a lo largo de la novela. El hombre le cuenta al niño y a sí mismo que los buenos sueños han de ser temidos, puesto que indican una forma de aceptación y la inevitable proximidad de la muerte. Los malos sueños, por su parte, son reconfortantes, pues demuestran que el hombre y el niño aun perseveran en el mundo que habitan.

El hombre y el niño sólo se tienen el uno al otro. Ambos viajan en busca de una vida mejor aunque el hombre sabe que no hay motivo que le haga esperar que las cosas sean diferentes en su destino. Llevan con ellos un carro con provisiones y pertenencias; su viaje es una constante búsqueda de ropa, zapatos, alimentos y utensilios que les permitan continuar el viaje. Después de atravesar pueblos y ciudades devastadas, un día llegan a la casa donde creció el hombre. Al niño le da miedo la casa. Teme que puedan encontrarse con tipos malos de quien se dice comen a la gente para sobrevivir. El hombre ya ha decidido que si se encuentran con estos hombres, matará al niño con la pistola que siempre lleva encima para que no puedan torturarlo. Sin embargo, se pregunta con frecuencia si será capaz de hacerlo si llega la ocasión.

El niño trata de convencerse de que, en contraposición con esos hombres malos, su padre y él son los tipos buenos. El padre le cuenta historias de justicia y coraje del viejo mundo con la esperanza de que estas historias mantengan el “fuego” vivo en el niño. Los sentimientos de justicia, coraje y humanidad parecen estar ausentes en este mundo. En cierta ocasión, los dos viajeros se encuentran con un hombre que ha sido alcanzado por un rayo. El niño quiere ayudarle, pero el padre le dice que no tienen nada que darle. El niño llora por el hombre, demostrando así su naturaleza compasiva en un mundo donde hay muy poca humanidad.

Un día el padre le enseña a su hijo a flotar en el agua. Una tierna escena que se repite en varias ocasiones y que brinda al padre la oportunidad de enseñar cosas a su hijo tal como solían hacerse en el viejo mundo. El padre cuida de su hijo. Le enseña y se preocupa por su futuro, a pesar de la incertidumbre de la circunstancia en que se encuentran.

Cuando el padre y el hijo se encuentran con un camión lleno de hombres que vigilan el camino y uno de estos los descubre escondidos en el bosque, el hombre no duda en disparar al hombre en la cabeza y salir huyendo. La pistola tenía sólo dos balas y ahora no le queda más que una. La bala es para su hijo si llega la ocasión.

También se encuentran con otro viajero, un anciano que afirma llamarse Ely, lo cual no es cierto. A Ely le sorprende ver al niño, pues estaba convencido de que jamás volvería a ver uno en su vida. El padre y Ely hablan del viejo mundo y de la muerte. El padre le da parte de su comida y provisiones. Cuando se separan sabe que el anciano no tardará en morir.

En un cierto momento se dan cuenta de que les siguen. Son tres hombres y una mujer embarazada. El hombre y el niño se esconden y deja al grupo que les adelante. Más adelante encuentran su campamento y descubren al bebé ensartado sobre un fuego.

Finalmente llegan a la costa. El agua es gris. El niño está desilusionado. Animado por su padre, el niño nada en el océano, lo cual ayuda a levantarles el ánimo a los dos. Pero las cosas no resultan como el padre había deseado, pues un hombre les roba sus pertenencias. Aunque las recuperan, más adelante el hombre recibe un flechazo en la pierna. El hombre replica con un disparo de su pistola de baliza, si bien no está claro si mata al hombre que le ha herido.

La herida del hombre empeora, y con ella su salud. Cada vez se encuentra más débil. Sus sueños comienzan a desvanecerse. Sabe que va a morir. Le dice al niño que se marche, pero éste se niega.

El hombre muere y el niño permanece junto al cuerpo de su padre durante tres días, hasta que un hombre lo encuentra y le invita a unirse a ellos. Le dice que es uno de los hombres buenos y que lleva el fuego. El niño acepta, no sin cubrir antes el cuerpo de su padre con una manta. El niño es recibido en una nueva familia en este nuevo mundo en el que debe aprender a vivir.

Desde el punto de vista estilístico, la escritura de La carretera es muy fragmentada y dispersa desde el comienzo, lo cual refleja el paisaje yermo e inhóspito que recorren el hombre y el niño. McCarthy también opta por no utiliza comillas en los diálogos y para algunas contracciones omite los apóstrofes. Al tratarse de una historia post-apocalíptica, la exención de estos elementos de puntuación podría servirle a McCarthy para indicar que en este nuevo mundo, los restos del viejo mundo ya no existen o si lo hacen, existen en cantidades limitadas.

La carretera recibió el Premio Pulitzer en 2007. He tenido la oportunidad de leer la novela en inglés y me ha sorprendido su prosa condensada y escueta que actúa como si se tratara de una serie de fogonazos, fugaces e impactantes. Una historia de destrucción y amor que conmueve de principio a fin.

A.G.

viernes, 26 de junio de 2015

Lecturas recientes: El olor de la noche

 
El olor de la noche (2005)
Andrea Camilleri

En esta ocasión el comisario Montalbano se ve envuelto involuntariamente en un caso peliagudo del que sus superiores querían alejarle. Se trata de la desaparición de Emanuele Gargano, un anciano asesor financiero, y su ayudante. Ambos son sospechosos de haber cometido una estafa de tipo piramidal. Aunque a Montalbano no le guste mucho tratar con asuntos financieros, no le quedará más remedio que implicarse cuando Mariastella Consentino, la secretaria de Gargano, es asaltada a punta de pistola por Salvatore Garzullo, un respetable ciudadano de Vigàta que quiere que le devuelvan su dinero.

Montalbano averigua que, en efecto, el propietario de la empresa se ha esfumado con los ahorros de toda la vida que un buen número de jubilados del pueblo le habían confiado al “mago de las finanzas” recientemente afincado en Vigàta. Se cree que su ayudante, o bien ha sido asesinado (se supone que la Mafia, como es natural, no anda lejos), o vive a cuerpo de rey en alguna isla tropical.

En esta ocasión Montalbano no puede contar para su investigación con su leal asistente Mimi Augello, quien como es habitual tiene problemas de faldas que requieren toda su atención. Por si fuera poco, el comisario tiene que apañárselas con las habituales disputas telefónicas con Livia, su novia a larga distancia, quien esta vez le acusa de haberle estropeado su jersey favorito. Y para que no digamos que falta otro de los elementos fundamentales de la serie, volvemos a encontrarnos con las detalladas descripciones de platos de comida de los que tanto disfruta nuestro buen comisario y a las que muchos de sus lectores nos gustaría clavarles el diente a medida que nos encontramos con ellas, salpicadas a lo largo de la narración. Si todo esto lo aderezamos con unas pizcas de política y seducción, encarnada por la atractiva Mariastella (una maestra de la comunicación no verbal y el chantaje sexual), y le añadimos las irrisorias escenas del inefable Catarella, voilà… otra pieza deliciosa de nuestro adorable Camilleri.

A.G.

jueves, 11 de junio de 2015

Lecturas recientes: Desayuno con diamantes


Desayuno con diamantes (1958)
Truman Capote

El narrador de esta conmovedora historia es un escritor de escaso éxito editorial cuyo nombre no es mencionado jamás, lo cual habla bien a las claras de cuál es su verdadero papel en la historia, tal como veremos más adelante. El narrador recibe la visita de su viejo amigo Joe Bell, quien le muestra una fotografía de una talla africana que le recuerda a Holly, una mujer que dejó huella en la vida del narrador. Aquella imagen trae a su memora los acontecimientos que ocurrieron diez años antes.

Nueva York, otoño de 1943. Nada volverá ser lo mismo para el narrador desde el momento en que decide mudarse a un bloque de apartamentos del Upper East Side. El mundo está en guerra, pero para nuestro protagonista no parece existir nadie más que esa chica, Holly, a la que conoce poco tiempo después de instalarse en su nueva vivienda. El narrador describe a Holly como una chica de diecinueve años, delgada, bien vestida y con corte de pelo de chico. Sin embargo, los sentimientos que de inmediato brotan en el corazón del narrador no se corresponden con los que ella siente con él. Holly, por su parte, se siente protegida por el narrador, pues le recuerda a su hermano Fred.

A diferencia del narrador, Holly no es del tipo de personas a las que les gusta hablar de cuestiones personales relacionadas con su propia vida. El día en que entra en el apartamento del narrador y éste le pregunta al respecto, Holly se marcha de inmediato, sin responder. Al narrador le gusta observar a Holly mientras da de comer a su gato y canta canciones country con su guitarra. Incluso registra su basura, que contiene numerosas cartas de amor de soldados que hacen la guerra en países lejanos.

A pesar del desconcertante final de su primer encuentro, el narrador no pierde la oportunidad de pasar todo el tiempo que puede con Holly. De este modo averigua su costumbre de entretener a los hombres en las ruidosas fiestas que celebra en su apartamento. El narrador es invitado a una de ellas y allí conoce a hombres de prestigio, entre los que se halla O.J. Berman, un agente de Hollywood que en cierta ocasión intentó sin éxito introducir a Holly en el mundo del cine, o Rusty Trawler, un millonario que finge estar enamorado de Holly, pero al que ésta considera homosexual. El narrador también conoce a Mag Wildwood, una modelo excéntrica que no soporta muy bien la bebida y que no es del agrado de Holly, y que está comprometida con un diplomático brasileño llamado José Ybarra-Jaegar.

No tardamos en averiguar que Holly recibe cien dólares por visitar semanalmente en la cárcel Sing Sing a un presunto mafioso llamado Sally Tomato. Sally le paga a Holly a cambio de que ésta envíe unos informes, supuestamente meteorológicos, a su abogado, un tipo llamado O’Shaughnessy. Los informes resultan no ser tan inocentes como parecen un primer momento.

Por Navidad, el narrador y Holly intercambian presentes. Él le regala una medalla de San Cristóbal de Tiffany’s, el lugar favorito de Nueva York de Holly, y ella le regala a él una jaula única que sabía que le gustaba a él, si bien le hace prometer que jamás la utilizará para encerrar a ningún bicho viviente.

En cierto momento, Holly se marcha de viaje a Florida, junto con Rusty, Mag y José. Holly y José comienzan una relación, consecuencia de la cual Holly se queda embarazado. Mag y Rusty, por su parte, descubren la aventura y ¡deciden casarse!

A finales de la primavera, llega a la ciudad Doc Golightly, quien resulta ser el marido de Holly. Doc le cuenta al narrador la historia de su matrimonio en Tulip, Texas, que ocurrió cuando Holly no tenía más que catorce años. El nombre real de Holly es Lulamae Barnes. El narrador tiene la impresión de haber conseguido que Doc y Holly vuelvan a unirse, pero no sale de su asombro cuando descubre que Doc se vuelve a Texas.

Durante su noviazgo con José, Holly recibe la noticia de que su hermano Fred ha muerto en la guerra.

José le propone a Holly marcharse con él a Brasil y vivir juntos. La noticia abruma al narrador, que no puede imaginarse la vida sin Holly. Unos días antes de la fecha en que Holly tiene pensado viajar a Brasil, el narrador y ella dan un paseo a caballo en Central Park. En cierto momento, el narrador pierde el control de su caballo y Holly espolea al suyo para salvarlo. Como consecuencia del sobresfuerzo, pierde el bebé, aunque eso es algo que el lector no sabe aún.

Esa misma tarde, Holly recibe la visita de dos detectives, que la arrestan por complicidad en uno turbio asunto de drogas dirigido por Sally Tomato. Ahora sabemos que los supuestos informes meteorológicos no eran sino mensajes cifrados sobre los envíos de drogas (algo de lo que Holly no sabía nada). El escándalo disuade a José de casarse con Holly, puesto que la boda podría arruinar su carrera política, y regresa a Brasil sin ella, pensando que sigue embarazada.

Desvinculada de José, Holly decide marcharse del país, a pesar de que sigue siendo investigada, y sorprendentemente opta por viajar a Brasil, puesto que aún tiene el billete que le compró José.

Pasa mucho tiempo hasta que el narrador vuelve a saber de Holly. Recibe por fin una postal suya. Ahora vive en Buenos Aires, donde se ha casado con un hombre rico. Promete seguir escribiéndole, pero el narrador no vuelve a tener noticias suyas y no deja de preguntarse qué habrá sido de ella y si por fin habrá logrado encontrar la felicidad. El narrador cumple, no obstante, la promesa de encontrar al gato de Holly, que vive sano y salvo en un apartamento del Harlem Hispano.

¿Quién era Holly, pues? Holly era una contradicción andante cuyo misterio no hace sino crecer página tras página. No parece saber nada del mundo, pero siempre da la impresión de ir un paso por delante, pues sabe qué decir en cada momento y cómo actuar.

En cierto sentido, podemos considerar a Holly como un mezcla de una Lolita adulta y una adolescente Tía Mame. Una mujer extravagante, una golfa cara que no parece pertenecer a ningún sitio ni a nadie, y a la que no le interesa más que su gato sin nombre. Y es que, a pesar de su apariencia externa, Desayuno con diamantes muestra las más oscuras sombras de la experiencia humana.

La novela fue adaptada al cine en 1961 por Blake Edwards, con la inconmensurable Audrey Hepburn en el papel de Holly y George Peppard en el del narrador. A diferencia de la novela, la película está ambientada en una época situada entre finales de los 50 y comienzos de los 60. Otra diferencia notable entre la novela y la película es el retrato que la película hace de Holly. Éste y otros cambios no fueron del agrado de Capote, quien pensaba que éstos se habían realizado para eliminar elementos controvertidos y atraer a una audiencia mayor. A Capote tampoco le gustó la elección de Audrey Hepburn y afirmó que hubiera preferido a Marilyn Monroe para el papel de Holly Golightly. A mí me hubiera dado igual, me quedo con la novela a pesar del extraordinaria interpretación de Audrey Hepburn.

A.G.