Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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lunes, 4 de marzo de 2019

Lecturas recientes: Tallo de hierro

 
Tallo de hierro (1983)
William Kennedy

Francis Phelan, un talentoso ex jugador de beisbol, vio arruinada su carrera profesional al perder parte de un dedo en una pelea. Francis abandonó a su mujer, Annie, y a su familia en 1916, después de la muerte accidental de su hijo Gerald, nacido trece días antes. Francis cogió a su hijo del pañal, pero éste se le escapó de las manos, se le cayó al suelo y murió. Durante los siguientes veintidós años de su vida, Francis ha vivido en la calle, como un vagabundo.

Nueve de esos años los ha pasado en la carretera con otra vagabunda, Helen Archer. Al igual que Francis, Helen intentó sin éxito encontrar solaz en la botella. Más tarde, víctima de un tumor y los efectos del alcoholismo, intentó hacer las paces con su vida y consigo misma. Tanto Francis como Helen entienten que ellos han elegido sus vidas, y no culpan de ellas ni al destino ni a los demás. Sus muchos conocidos comparten historias similares, y puesto que estas historias se entretejen y superponen, Kennedy dota a todas ellas de una ternura de sentimiento y, a veces, de una violencia abrumadoras.

La novela no comienza con la caída en desgracia de Francis, sino con el día en que se inicia su viaje hacia la redención, en 1938, cuando Francis empieza a pensar en todo lo que ha dejado atrás. Decide entonces regresar a Albany, Nueva York, el pueblo que lo vio nacer, perseguido por crímenes pasados, un pasado alcohólico y alucinaciones presentes. Francis está abandonado ahora a la desolación alcohólica y se gana la vida como sepulturero. En el cementerio pasa algún tiempo frente a la tumba de su hijo pequeño Gerald. También yace allí el cuerpo de Rowdy Dick, empotrado contra una pared cuando intentó cortarle los pies a Francis, y el maquinista Harold Allen, al que Francis asesinó en una huelga de una pedrada certera.

Su nueva vida supone un cambio radical para Francis, que ha perfeccionado el arte del olvido. Su vida se ha convertido en algo tan desolado que ni siquiera desea recordar lo que ocurrió el día anterior, cuanto menos explorar los recuerdos dolorosos de los acontecimientos que le llevaron a huir de su hogar. En el proceso de recuperación de estos recuerdos le ayuda la aparición de fantasmas de su pasado. Ve y conversa con los hombres que ha matado, con los hombres con los que ha trabado amistad o ha ayudado de alguna manera. Los fantasmas actúan como la consciencia de Francis, una conciencia que él ha ignorado durante tanto tiemo que debe manifestarse mediante estas apariciones.

Francis conversa también con su familia perdida y establece así los contrastes con su vida presente. Escenas en las que Francis lucha hasta literalmente evitar la muerte se alternan con escenas que rememoran a Annie y a sus hijos. Escenas de su infancia y adolescencia se alternan con las tristes escenas de las muertes de sus amigos sintecho. Los fantasmas de estás y otras figuras de su pasado regresan y Francis debe intentar reconciliarse con sus espíritus y los miembros aún vivos de su familia.

La vida interior de Francis toma forma a medida que éste revive los acontecimientos de su vida pasada. La escena inicial, un viaje al cementerio, donde Francis visita las tumbas de sus padres y la del bebé Gerald por primera vez, es una escena tremendamente dramática. Francis descubre, gracias a su hijo Billy, que Annie jamás ha revelado a nadie cómo murió Gerald, una prueba de perdón que a Francis le parece asombrosa.

Los acontecimientos narrados en la novela transcurren a lo largo de un periodo de tiempo de sólo tres días, en los que Francis pasea por las calles de su juventud y gradualmente se reconcilia con el pasado del que huyó tanto tiempo atrás. En este breve período de tiempo, Francis no ha cambiado del todo. La historia termina, no obstante, con un hálito de esperanza, pues Francis, ante la posibilidad de huir y quedarse, opta por la segunda opción por primera vez en su vida adulta.

Con Tallo de hierro, William Kennedy complete su trilogía de la Albany de la era de la Depresión; un estudio de la época, el lugar y la gente que se centra en aquellos a quienes él llama los vagabundos, todos los cuales viven apartados de la sociedad porque sus sueños han muerto. Francis Phelan es el padre largo tiempo ausente del fallecido Billy Phelan, el personaje principal de la novela anterior. En la novela precedente, que concluye una semana antes del comienzo de Tallo de hierro, Francis vuelve a ponerse en contacto con su hijo Billy, quien soprendido por la aparición de su padre, lo saca de la cárcel, le da dinero y le ruega que visite a su madre y a la familia.

Kennedy nos lleva al interior de la mente y el corazón de un vagabundo sin hogar y explora las situaciones que han llevado a Francis a este desgarrador estado de su vida. La denigración de sí mismo y su esposa de hecho, Helen, conforman una lectura perturbadora.

Las novelas de Kennedy han llamado una atención inusitada hacia Albany, pues inmortalizan la vida de la ciudad en los años Treinta. Pero Tallo de hierro no es una novela sobre Albany, sino sobre la supervivencia. Sobre un hombre ordinario, un vagabundo, tal como él mismo admite, cuya extraordinariamente mala suerte le ha llevado a tocar fondo, si bien le ha permitido también descubrir, dentro de sí mismo, una fuerza interior que no puede comprender.

Tallo de hierro raja el corazón sin mostrar un ápice de sentimentalismo, mostrando las vidas duras vividas por vagabundos, la mayor parte de los cuales aún poseen las virtudes de quienes viven vidas “normales”. Dura y a veces violenta e incluso cruel, la novela también revela la amabilidad, la dulzura y el amor humanos. El estilo naturalista de Kennedy y su habilidad para crear diálogos realistas dan vida a las historias de estos personajes y dejan al lector con una nueva perspectiva de la naturaleza de los vínculos familiares, de las elecciones que hacemos, del perdón ofrecido a veces por los demás, y de la naturaleza de la redención si elegimos aceptarla.

Al igual que otras novelas posteriores, La elección de Sofía o Beloved (que comentamos en este blog), Tallo de hierro trata de la culpa del padre por la muerte de su hijo. A diferencia de estas dos obras, la novela de Kennedy no parece ser tan desesperada, pues ofrece una esperanza de redención y el lector inevitablemente termina poniéndose del lado de Francis Phelan y esperando poder exorcizar los demonios que lo dominan.

Tallo de hierro es una novela nada al uso que William Kennedy tuvo dificultades en publicar. Después de ser rechazada por once editoriales, The Viking Press accedió finalmente a publicarla en 1983, junto con las dos novelas anteriores del autor, que como Tallo de hierro, están ambientadas en Albany. La novela no sólo obtuvo críticas entusiastas, sino que recibió el Premio Pulitzer y, más tarde, el Premio del Círculo de Críticios Nacional del Libro en 1984.

La novela fue llevada a la gran pantalla en 1987. La cinta fue protagonizada por Meryl Streep y Jack Nicholson.

A.G.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Sorpresas gratas: El vendido


El vendido (2015)
Paul Beatty

La primera escena de esta épica novela nos muestra a su protagonista, un hombre afroamericano cuyo apellido es Me, en un juicio en la Corte Suprema. En la primera línea del libro afirma, con un tono provocador, que por muy raro que parezca creerlo de un hombre negro, él nunca ha robado nada. En realidad, el motivo por el que está en un juicio no es sino haber intentado restituir la esclavitud y la segregación en un suburbio de Los Ángeles de mayoría negra y latina del sur de Los Ángeles. Esta escena inicial establece el tono de la novela, pues, como veremos más adelante, Beatty se enfrenta sistemáticamente a cualquier aspecto de la cultura americana y lo decostruye.

El geto en cuestión se llama Dickens (un guiño a otra inspiración literaria) y se parece al Compton real, la ciudad del condado de Los Ángeles. Es un lugar degradado, poblado de actividades criminales. No lejos de allí, en un suburbio mejor, vive Marpesa, la ex novia del protagonista, que trabaja de conductora de autobuses y está casada con un rapero reconvertido en policía.

El protagonista fue criado y educado en casa sólo por su padre, manteniéndolo así aislado de la educacional convencional. Su padre es un destacado sociólogo e intelectual que estudia la raza mediante la realización de experimentos con su hijo. Para lograr dicho fin no duda en convertir éste en un experimento racial y sociológico de larga duración y, por tanto, en utilizarlo como una especie de cobaya al más propio estilo del conductivista norteamericana B.F Skinner. El padre disfruta, no obstante, de un cierto prestigio en el barrio como un hombre considerado y especialista en calmar tranquilamente a negros enfadados.

Cuando su padre es asesinado sin sentido en un ejemplo de brutalidad policial, el protagonista se queda solo y obviamente confundido acerca de su identidad racial. A partir de este momento, el argumento de la novela, si podemos decir que tiene alguno, gira entorno a la negativa del protagonista a aceptar la retirada de su barrio del mapa de Los Ángeles y de la historia. Su determinación a restaurarlo le lleva, entre otras cosas, a restaurar la esclavitud y segregar el instituto de secundaria del barrio. Consumido por la culpa y el enfado, toma a su cargo a un actor negro y lo convierte a regañadientes en su esclavo. Éste es el motivo por el cual la novela se inicia con el protagonista ante la Corte Suprema, en  lo que constituye un prólogo abrasadoramente alucinatorio, tan enérgico que empuja al lector al interior del libro antes de tener tiempo siquiera de respirar hondo.

La lógica algo enrevesada del asunto es que para tener éxito en la vida, el protagonista considera que necesita hacerse “blanco”, y para hacer eso lo primero que debe hacer es dominar a otro negro. Y aunque confiesa que se quedó dormido mientras leía Paraíso, de Toni Morrison, una novela sobre una ciudad habitada sólo por negros en el Estados Unidos de los años 50, reconoce haberse inspirado en ella; hasta el punto de utilizarla para elaborar su plan diabólico y restaurar el orgullo negro segregando a las razas. Dando por hecho que el apartheid unió a la Sudáfrica negra, se pregunta por qué él no podría hacer lo mismo por Dickens. Así pues, concentra sus esfuerzos en reconstituir y delinear su ciudad natal, en la esperanza de devolver a la ciudad su identidad esencial y rescatarla del aburguesamiento. Para ello empieza por restituir solapadamente la segregación, en primer lugar en el autobús de su novia, y más tarde en las tiendas, la biblioteca y la escuela. Después de esta maniobra, los índices de criminalidad del geto caen en picado y los resultados de los exámenes de los alumnos se disparan.

El resto de personajes son un tanto estereotípicos: el oportunista negro intelectual Foy Cheshire; Marpesa, la mujer casada a la que ama Me; y Hominy Jenkins, ex estrella infantil que acaba logrando su empeño de convertirse en el esclavo de Me, solicitándole que le dé unas palizas que Me parece alarmantemente feliz de proporcionarle. Hominy, el personaje más divertido y controvertido de la novela, se congratula de todas las manifestaciones de abierto racismo, hasta el punto de pedirle motu proprio al protagonista que lo convierta en su esclavo.

El tema central de la novela es lo absurdo de la noción de un Estados Unidos postracial, pues Beatty demuestra con éxito que la gente de color experimenta el racismo en cada aspecto de sus vidas y a diario. Durante este proceso, Beatty se enfrenta a los estereotipos que suelen afrontar los afroamericano en Estados Unidos. Desde tópicos tan generales y contundentes como la brutalidad, el retrato de la gente de color en el mundo del entretenimiento, el aburguesamiento y la segregación en curso en los barrios norteamericanos, Beatty se adentra en los aspectos más mundanos pero igualmente importantes del racismo: en un autobús, la gente evita sentarse al lado de un hombre negro mientras les sea posible. Mediante conversaciones entre una mujer blanca y Marpessa, Beatty también aborda algunos de los estereotipos que la gente de color ha de afrontar a diario. Marpesa desafía la creencia de la otra mujer de que ser incapaz de lograr el sueño americano tiene que ver tan sólo con la clase social en vez de con la raza. Mediante la furiosa respuesta de Marpessa a la afirmación de la mujer, Beatty sostiene que la raza tiene mucho, por no decir todo que ver con la pobreza desproporcionada de los afroamericanos.

El ingenio maledicente de Beatty es la principal fuerza motriz de El vendido. Y aunque el autor evita las trampas del modernismo sin trama, su constante bombardeo de acotaciones y rutinas acaban prevaleciendo sobre el asunto judicial en el Tribunal Supremo. De hecho, la resolución del juicio no tiene gran importancia al final. Esto responde al propio diseño de Beatty, que quiere tratar más asuntos que los que permite la forma de un procedimiento judicial.

La novela se erige, por tanto, como una sátira galvanizadora del Estados Unidos postracial. Como una obra llena de puro genio satírico, audaz y osado, reminiscente de los estilos de Kurt Vonnegut y Joseph Heller. Implementada por un ingenio malvado, con personajes que hablan un dialecto pop-filosófico, El vendido es una historia divertida e intrépida que subvierte supuestos culturales dolorosos. Es precisamente la subversión deliberada de las dañinas asunciones culturales lo que convierte en un placer leer esta novela atrevida y abrasiva.

El agudo humor de Beatty resulta desafiante, sin perder de vista el asunto fundamental: el racismo en los Estados Unidos y el legado de la esclavitud. A esto se une la larga y a veces agotadora secuencia de bromas y sucesos contados, que no dan un momento de tregua al lector, a quien le queda poco tiempo para reflexionar, pues si quiere hacerlo ha de ser sin los placeres tradicionales de la novela, esto es, personajes bien construidos y una trama consistente. Aunque no creo que esto le haya preocupado mucho a Beatty. Su novela triunfa a expensas de los autores más convencionales, de los que se burla por actuar para audiencias blancas.

El vendido, que fue galardonado con los prestigiosos premios Booker y del Círculo de Críticos Nacional del Libro, es una de las novelas más reveladoras y entretenidas escritas en la última década que he tenido la ocasión de leer.

A.G.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Lecturas recientes: Desgracia

 
Desgracia (1999)
J.M. Coetzee

A medias entre la novela de campus y la antipastoral, Desgracia tiene un comienzo apacible en Ciudad del Cabo. Han pasado cinco años desde que el nuevo gobierno llegó al poder. La voz narrativa pertenece a David Lurie, un profesor de 52 años de edad, dos veces divorciado, que enseña Comunicación en la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo, más por obligación que por deseo. Su auténtico interés se centra en los poetas románticos, si bien el estudio de las lenguas ha sido abolido como parte de una racionalización a nivel nacional de los recursos educativos.

A Lurie se le permite enseñar un solo curso sobre los poetas románticos, pero no es un buen comunicador y trabaja con estudiantes que no son sino típicos productos de una educación sudafricana postcristiana, posthistórica y pos alfabeta, que carecen de los rudimentos básicos del contexto y fuentes de la literatura que están estudiando. A la vez, Lurie juega con la idea de escribir una ópera de cámara sobre el romance de Lord Byron con la joven de diecinueve años Teresa Guiccioli, que el poeta inició en Italia en 1819 después de haber sido condenado al ostracismo en Inglaterra por su relación escandalosa con su medio hermana, Augusta.

Lurie comparte un cierto tipo de apetito sexual como el de Byron, y en especial un gusto por las mujeres exóticas. Incapaz de una relación emocional profunda, satisface este gusto con una prostituta que se hace llamar Soraya, a la que visita cada jueves por la tarde en un apartamento anónimo. Llega a las dos y se marcha noventa minutos después, habiendo pagado la tarifa convenida antes de acostarse con ella.

Un sábado por la mañana ve a Soraya en la calle, en compañía de dos niños pequeños que deben de ser sus hijos. Los tres entran en un restaurante y se sientan junto a la ventana. Las miradas de Lurie y Soraya se cruzan un instante. El siguiente jueves, ni Soraya ni él mencionan lo ocurrido, pero el incidente supone que Lurie y Soraya dejarán de verse.

Una noche, algún tiempo después, Lurie invita a una estudiante a casa a tomar un trago, luego a cenar, y más tarde le pide “hacer algo insensato”. Y aunque cree o afirma creer que la belleza de una mujer no le pertenece a ella sólo, al final llega un momento en el que incluso él sabe que está mal. La guapa estudiante se llama Melanie Isaacs, una hermosa joven de pelo oscuro que tiene veinte años. La estudiante permanece pasiva, pero no en silencio, y es entonces cuando percibimos que la desgracia se cierne sobre Lurie.

El novio de Melanie ha descubierto que Lurie está acostándose con ella; el escándalo está asegurado. Melanie acusa a Lurie de acoso. Forzado a declarar ante un comité de investigación de la Universidad, Lurie admite su culpa, pero no pide perdón, tal como se espera que haga, y dimite.

Después de haber pasado el alboroto de los comités universitarios y los flashes de los reporteros, Lurie se refugia con su hija, Lucy, en su pequeña propiedad en el campo cerca de Salem, en la “vieja Cafrería”, en la provincia del Cabo Oriental. Lucie es una granjera que vende su producción en un puesto del Mercado de la cercana Grahamstown y cría perros, en lo que percibimos como un lugar de retiro donde mantenerse alejada del modo de vida y valores de su padre. Su relación con él es problemática, pues se trata del tipo de mujer que Lurie descartaría de inmediato por motivos físicos, y además es lesbiana.

En este punto Desgracia se convierte en un libro más oscuro y desgarrador. El amor de Lurie por su única hija parece ser la gracia salvadora de este hombre desgraciado. Lucy parece feliz, aunque vive sola en la granja, donde recibe tan sólo la ayuda de un hombre llamado Petrus, su antiguo empleado pero ahora, en la nueva Sudáfrica, simplemente su vecino y copropietario. Lurie siente ansiedad por la situación de su hija, allí sola, y aunque Petrus dice que todo es peligroso hoy en día, Lurie piensa que todo irá bien.

Lurie acaba acostumbrándose a la rutina del campo, sobre todo cuando empieza a ayudar a Bev Shaw, una amiga de Lucy, en su clínica de cuidado de animales. Petrus, el vecino más cercano de Lucy, hace trabajos raros para ella. Pronto habrá de convertirse en el propietario de la tierra, de acuerdo con la nueva ley de la Nueva Sudáfrica.

En efecto, todo parece marchar bien, hasta el día en que Petrus se marcha sin avisar. Durante su ausencia, aparecen por la propiedad tres forasteros negros que le piden utilizar el teléfono. Una vez dentro saquean la casa, encierran a Lurie en el baño, al que rocían de alcohol de quemar y prenden fuego, disparan a los perros y violan a su hija. Lure logra sofocar las llamas, pero no puede evitar que el fuego le produzca graves quemaduras en el cuero cabelludo y una oreja. Lurie está preocupado por las consecuencias del crimen cometido sobre su hija. Si bien piensa que puede darse por afortunado por haber sobrevivido ataque, en vez de ser prisionero de los negros en el coche, alejándose de allí a toda velocidad, o tirado en una cuenta con un tiro en la cabeza. Lucy también ha tenido suerte, si consideramos el riesgo al que está sometida: ningún sitio donde ir; demasiada gente,  pero demasiadas pocas cosas.

Las heridas de Lurie se curan pronto, pero no así las de Lucy, que cae en una profunda depresión y se niega a informar a la policía de lo ocurrido y presentar cargos contra sus agresores. Entonces Lurie se da cuenta de qué sus atacantes no son personas desconocidas y de que uno de ellos incluso está relacionado con la esposa de Petrus.

Al tratar de entender a su hija, Lurie llega a comprender una de las lecciones más difíciles de la paternidad: aprende a aceptar la existencia absolutamente autónoma de su hija, incluso (o sobre todo) cuando piensa que está equivocada. Lurie le insta a Lucy a que venda todo, en la creencia de los violadores puedan volver. Pero Lucy se niega, y aunque afirma que no puede recuperarse del shock de ser tan odiada, insiste en que vivir con ese peligro es el precio que los blancos deben ahora pagar por su derecho a permanecer en la tierra.

Cuando Lucy se pregunta por qué aquellos hombre a los que jamás había visto la odiaban tanto, su padre le responde que era la historia quien hablaba a través de ellos; una historia de maldad e injusticia. Lucy decide no presentar cargos, creyendo que su violación, en el contexto de Sudáfrica, no es un asunto público. Como si las demandas de los individuos fueran necesariamente de una importancia secundaria, incluso irrelevante.

Uno de los violadores (un chico llamado Pollux) está relacionado con Petrus y se ha convertido recientemente en miembro de su familia. Petrus, que sospechosamente se encontraba ausente en la tarde de la violación, se niega a hacer comentarios al respecto. Dándose cuenta de que corre el riesgo de sufrir otro ataque, pero resistiéndose a lo que parece cada vez más una trama urdida por Petrus y su familia para obligarla a abandonar su tierra, Lucy no presenta cargos, considerándose que la violación quizá será el precio que uno tiene que pagar para seguir. Con todo, Lucy tiene la sensación de que ellos la ven como si les debiera algo, mientras ellos se ven a sí mismos como cobradores de deudas o de impuestos.

Cuando descubre que está embarazada como consecuencia de la violación, le entrega la propiedad a Petrus, a la vez que accede en convertirse en su manceba a cambio de su protección. Volverá a empezar después de haber pagado su deuda, sin armas, ni propiedad, sin derechos ni dignidad… como un perro, concluye su padre. Sí, como un perro, replica Lucy.

Tal como suele ocurrir en la ficción de Coetzee, los personajes de Desgracia tienen una función metonímica o simbólica. Cuando lo conocemos al comienzo de la novela, Lurie tiene sexo con muchachas que podrían ser sus propias hijas. Esto implica que se trata de un padre innatural, un depredador más que un protector. Tanto la prostituta Soraya como la estudiante Melanie son mujeres “utilizadas”. La analogía con un cierto tipo de paternalismo colonial explotador está establecida tan ligera y hábilmente que apenas es perceptible.

Entre los principales escritores sudafricanos, J.M. Coetzee ha sido quizá único en su reluctancia a escribir directamente sobre la vida bajo el apartheid. La desgracia de su país ha sido una constante en su obra, en especial en la novela que nos ocupa, ambientada en una Sudáfrica de una violenta época postapartheid.

Pero hay más cosas en Desgracia. Está el intento de Lurie, como especialista en poesía romántica, de escribir una obra largo tiempo planeada sobre Byron, en la que se encuentra adoptando la voz de la amante rechazada del poeta. Hay también una profunda meditación acerca de las vidas y derechos de los animales; una meditación que adopta la forma del castigo y salvación que Lurie encuentra en el refugio de animales de Bev, ayudándola a sacrificar a perros abandonados. Y está el intento del autor de hacernos entender, aunque no simpatizar, con la arrogancia intelectual y deseo incorregible, y la comparación con su hija; una hija marcada por una integridad que su padre saber que no puede reclamar para sí mismo.

Como ocurre en otras novelas suyas, Coetzee ofrece en Desgracia un compromiso postmoderno con un tema colosal: el impacto, en África y en otros lugares, de una filosofía política occidental expansionista y el proceso de la consiguiente disolución. En su obra Coetzee tiene como objetivo cuestionarse el estatus y las estructuras del poder colonial y postcolonial desde diferentes puntos de vista.

Desgracia es un libro perturbador y nada amable; una historia sutil que presenta varias capas. La obra de madurez de un escritor que ha refinado sus obsesiones textuales para producir una prosa exacta y efectiva, y condensado su preocupación temática con autoridad hasta lograr una historia engañosamente sencilla de vida familiar.

A.G.

lunes, 28 de mayo de 2018

Sorpresas gratas: El simpatizante


El simpatizante (2015)
Viet Thanh Nguyen

El protagonista sin nombre de esta ambiciosa novela (un personaje memorable a pesar de su anonimato) es un vietnamita americanizado, un intelectual cohibido al que definen las divisiones que le vienen dada por su nacimiento: hijo ilegítimo de un cura católico francés (al que odia) y una joven aldeana vietnamita, crece en total desacuerdo con el mundo que le rodea. La dualidad se encuentra, por tanto, se encuentra literalmente en la sangre del protagonista, que emerge con una conciencia de esta doble identidad como fuente tanto de dolor como poder, se marcha a Estados Unidos en la década de los 60 en busca de una adecuada educación universitaria y el conocimiento de todo aquello que tiene de bárbaro y brillante la vida en América. Pasados unos años, regresa a Vietnam para ayudar a mantener a raya la situación. Con el tiempo, se encuentra  perfectamente dispuesto para el espionaje, que él mismo persigue mientras trabaja en el ejército de Vietnam del sur y sirviendo como de ayuda de confianza de un general con una fuerte conexión con la CIA.

El simpatizane comienza con un guiño a El hombre invisible, de Ralph Ellison, que ya comentamos en este blog. La mencionada novela ofrece una especie de patrón a Nguyen, cuyo narrador-protagonista (sin nombre, como en la novela de Ellison) trata en su relato de darle sentido a su doble vida desde una posición de conciliación; en este caso, como prisionero obligado a hacer una confesión política. En este sentido, El Simpatizante puede ser leído desde diferentes ópticas: como una novela de espías, una novela bélica, una novela de inmigrantes, una novela de ideas, una novela política, una novela universitaria, una novela sobre el cine, y una novela acerca de otras novelas.

El narrador es la figura protagonista de una historia marcada por la efervescencia del napalm y un complejo entramado de ideales que hicieron sufrir a un país en el que muchas manos quisieron tomar parte. La primera singularidad que aporta el personaje de esta novela queda retratada en las primeras líneas: “Soy un espía, un agente infiltrado, un topo, un hombre con dos caras. Previsiblemente, quizá, también tengo dos mentes […] Simplemente soy capaz de ver cualquier cuestión desde ambos lados”. Esta característica no solo estimulará el desarrollo de un relato extraordinario, sino que funcionará también como metáfora de la dualidad existente en un contexto tan delicado como éste.

Valiéndose de una confesión escrita, el protagonista compone una radiografía exhaustiva del Vietnam de aquel entonces, pero también de ese otro país que hasta el momento se había otorgado a sí mismo la posesión en exclusividad de la voz didáctica y analista: Estados Unidos. Este espía, o topo, o capitán del ejército de Vietnam del Sur que funciona a su vez como infiltrado de las filas comunistas, es también un ser humano que no puede evitar retratar ambas posturas de una misma guerra. A pesar de aferrarse a un tono aséptico, camuflado de una objetividad ficticia, llena de reflexión todo su relato. Pero lo hace de una manera lúcida y valiosa, forzando al lector a encajar las piezas como si de un puzle introspectivo se tratase.

La caída de Saigón en 1975 en manos de las fuerzas comunistas y la desesperada huida de los ciudadanos de Vietnam del Sur (un pasaje de la novela, a mi juicio, de una espléndida construcción narrativa, trepidante y emotiva) es uno de los momentos álgidos de la novela. El narrador, al que se le refiere simplemente como el Capitán, describe con una brillantez conmovedora la llamada de los cohetes Katiusha que sisean en la distancia como bibliotecarios que piden silencio. No muy lejos de los cohetes, entre cuerpos carbonizados y C-130s alcanzados por el fuego enemigo, el Capitán y el General, junto con la familia de éste y su buen amigo Bon (un asesino profesional cuya familia son abatidos en la huida), consiguen a duras penas abandonar el país.

A partir de este momento, Nguyen sosiega el paso una vez que los refugiados se han instalado en California. Comienza entonces el relato de la vida de los inmigrantes vietnamientas durante las décadas de los 70 y los 80, y su alienación, nostalgia y conflictos generacionales, entre tiendas de licor y el ambiente de restaurante étnicos. El Capitán encuentra trabajo en una Universidad, bajo la supervisión de un académico orientalista, mientras permanece en contacto con el General y sus planes para organizar una contrarrevolución. Los esfuerzos del general se ven alimentados por su razonable paranoia acerca de la existencia de espías e informadores en las filas de la comunidad de exiliados de Vietnam del Sur. Mientras tanto, el Capitán, trabajando en colaboración con Bon, debe ejecutar órdenes letales contra hombres inocentes para apaciguar al General y proteger su propia vida. El General, por su parte, se ve mezclado con políticos americanos anticomunistas con ideas megalómanas, que llevan a la filmación de una película bélica (que en cierto sentido no es sin una crítica ácida de Apocalypse Now).

A medida que la acción avanza, con saltos temporales bien engarzados, aumenta la sensación de dualidad que propone Nguyen: el narrador es un ser capaz de ver las cosas desde ambos márgenes, sí, pero también de sufrirlas, por mucho que le cueste aceptarlo. Y en ese sufrimiento se despliegan y recogen las acciones más reveladoras, las decisiones más representativas, las consecuencias que todo el mundo conoce pero que hasta entonces solo habían gozado de un único punto de vista explicativo.

La novela debut de Nguyen, nacido en Vietnam pero criado en Estados Unidos, nos trae una perspectiva diferente de la guerra y sus consecuencias a lo existente tanto en el cine como en la literatura. Su opera prima llena un vacío en la literatura, dando voz a quienes antes no la tenían, mientras nos lleva a los demás a mirar con una nueva luz unos acontecimientos que ocurrieron hace cuarenta años. Pero la novela va más allá de su contexto histórico para presentar temas más universales: los conceptos eternos erróneos y los malentendidos entre el Este y el Oeste, y el dilema moral afrontado por la gente forzada a elegir no entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien.

Viet Thanh Nguyen ha sabido interpretar con una astucia y una clarividencia excepcionales esa máxima de erigir el punto de vista en herramienta fundamental de la narración. Lo ha hecho, además, con un propósito tan sugerente como necesario: abordar la guerra de Vietnam, tratada y retratada hasta la extenuación, mediante la construcción de una voz propia y representativa de quienes más la sufrieron y menos margen tuvieron para exponer sus propias valoraciones y consideraciones.

Gracias a la minuciosidad de este escritor nacido en Vietnam pero evacuado de niño a EE.UU. (hecho que ayuda a entender el sacrificio realizado para poner en pie un relato tan exigente), conceptos como el comunismo o el nacionalismo se despojan de esa capa de futilidad que el paso de los años y una machaconería desmedida les habían echado encima. Por detrás de estas concepciones o líneas de pensamiento asoma la vida de distintas personas que sufrieron en sus propias carnes las causas y consecuencias de un conflicto atroz, un conflicto armado de otros muchos pequeños conflictos.

El simpatizante fue galardonado con el premio Pulitzer en 2016, gracia a su novedosa y estimulante visión de la guera de Vietnam; a su perfecta captura del horror y lo absurdo de la guerra y sus consecuencias.

A.G.

sábado, 14 de abril de 2018

Lecturas recientes: Kokoro


Kokoro (1914)
Natsume Soseki

Ésta es la historia de la amistad entre un joven narrador y un hombre sabio mayor (Sensei), un hombre lleno de belleza, amor y memorias cautivadoras. Ambos personajes, uno al comienzo y otro al final de su vida, luchan por comprender sus destinos, con la pesada carga de la cultura y la memoria. Nadan, pasean y discuten, mientras ven el cambio que experimenta Japón.

La novela está dispuesta en tres partes, las dos primeras narradas por el joven anónimo, y la última, en forma de carta, que le escribe el hombre mayor al que admira, y al que llama Sensei.

El narrador recuerda el día en que conoció a Sensei en Kamakura, durante unas vacaciones de verano. Su compañero de viaje, estudiante universitario como él, había regresado a casa para cuidar de su madre enferma, y después de dar un baño en el mar, el narrador se da cuenta de la presencia de un hombre que despierta su interés. El narrador explica cómo se sintió atraído por Sensei. Sin embargo, la razón de esta atracción no queda clara, y el lector está tentado de considerar la posibilidad de la existencia de un elemento sexual. El narrador, por su parte, parece satisfecho con presentar esta relación como la propia entre un mentor y estudiante.

Mediante la sucesión de capítulos muy cortos, que trocean la narración de un modo un tanto artificial en pedacitos de dos páginas, el narrador relata la creciente amistad entre los dos. El narrador busca la amistad de Sensei, yi éste está dispuesto a tolerarla. Obviamente, Sensei comprende que el narrador está buscando compañía y guía que no puede encontrar entre los de su propia edad.

El narrador visita a menudo a Sensei, y cuenta algo de lo que hablan, pero habitualmente se trata tan sólo de generalidades. Hay ciertas pistas de la existencia de algo más en la historia de Sensei, que incluye frecuentes peregrinajes a un cementerio, pero el narrador no entra de lleno en ello. Sin embargo, menciona indicios de un oscuro secreto, y la insistencia de Sensei en que no hay nadie en que se pueda confiar del todo. Ambas cosas son dosificadas a lo largo de la historia, con el fin de mantener el interés del lector.

El padre del narrador enferma gravemente, mientras el narrador completa sus estudios en Tokio y, aún inseguro acerca de qué hacer consigo mismo, también pasa tiempo con su familia. Ellos, por su parte, albergan la esperanza de que Sensei sea capaz de encontrarle una posición decente, aunque de hecho Sensei no es de ninguna utilidad a este respecto, pues de hecho vive apartado del mundo y carece de cualquier influencia para lograr tal fin.

La salud del padre del narrador empeora, hasta encontrarse cerca de la muerte. Por si una crisis relacionada con la figura paterna no fuera suficiente, el narrador recibe una larga carta de Sensei y se marcha precipitadamente de Tokio para intentar salvarle. En realidad, jamás llegamos a saber si consigue hacerlo, pero puesto que no leyó la carta inmediatamente, parece bastante improbable.

La tercera sección del libro, llamada “El testamento de Sensei”, consiste enteramente en la lectura de la citada carta, una nota de suicidio que abarca aproximadamente la mitad de la novela, y cuenta una historia totalmente diferente, pues Sensei revisita la época en que tenía la edad del narrador. Privado de la gran parte de su herencia mientras se encontraba en la universidad, Sensei se convirtió en un hombre desconfiado. Y lo que es incluso peor, no obstante, se vio envuelto en una especie de triángulo amoroso que terminó muy mal. Uno de los motivos por lo que le fue mal en su juventud fue que Sensei no solía hablar ni actuar, acorralado por las expectativas y normas de la sociedad japonesa, y por su propia debilidad. Por todo ello, es fácil entender por qué Sensei se convirtiera en el hombre que llegó a conocer el narrador; jamás consiguió abrirse a su mujer, quedando destrozado por ello hasta el final. Incluso en el momento de su muerte es incapaz de revelar la pesada carga que lleva sobre sus hombros, con el deseo de que ella nunca sepa la verdad.

Sensei parece tener la intención de enseñar una lección al narrador, pero también expresa su deseo de haberle contado su historia en persona (lo cual no pudo hacer debido a las obligaciones de narrador con su padre), sugiriendo que buscaba la absolución y un salvador, alguien que pudiera hablarle con condescendencia. La novela concluye con el final del testamento de Sensei. Por tanto, no hay confirmación de su muerte o descripción de lo que encontró el narrador cuando llegó a Tokio.

Una sucesión de capítulos muy cortos trocean la narración artificialmente en pedacitos de dos páginas, lo cual evita el desarrollo de una cierta intimidad. Muchos detalles (desde los nombres a lo que estudian los personajes en la universidad, y hasta el contenido de sus conversaciones) son vagos y poco o nada específicos. Con todo, el motivo por el que funciona la narración es que Sensei revela algo al final, explicando lo que ocurrió en el pasado que marcó tanto su vida; la explicación se presenta de tal manera, es construida tan cuidadosamente, que el lector siente que se la permitido conocer un gran secreto.

Kokoro, que significa corazón en japonés, y como tal es un estudio psicológico del corazón de las cosas que desafía la categorización fácil: no es una novela de amor, aunque cuenta una historia de amor; no es una historia sobre la transición a la vida adulta, aunque un hombre joven busca consejo de un hombre mayor; no es simplemente una meditación psicológica sobre las obligaciones familiares durante el periodo de modernización de Japón. Es más bien le mezcla de las tres lo que ofrece Soseki: una mirada al complejo funcionamiento del corazón humano.

En cuestión de estilo, tampoco es fácil ubicar a Kokoro. La primeras dos secciones son narradas por un joven estudiante universitario que traba amistad con un hombre mayor al que espía en una playa, mientras habla con un extranjero. La última sección de la novela, por su parte, es una carta de este hombre mayor que explica un acontecimiento que ocurrió cuando era joven. No hay respuesta del narrador original ni resolución del asunto, de tal manera que el lector se queda, como el mismo narrador, sin más explicación que la epístola de Sensei.

Kokoro es una novela elegante escrita durante el llamado Período Meiji (1868-1912), durante el cual Japón se occidentalizó de un modo un tanto dramático. Una novela engañosa, cuyas capas entrelazadas acaban desplegándose no sin una ardua reflexión. El idealismo de la juventud aparece yuxtapuesto a la tristeza cínica del existencialismo moderno. En definitiva, una reseña del Japón de la épico, un bildungsroman y una trágica historia de amor. Una novela muy japonesa que difícilmente se adaptaría a los esquemas de la novela europea de la época. Una novela extraña y difícil, pero que merece la pena leer, pues atrapa al lector, crea y desarrolla complejidades de una escena a otra hasta que éste acaba absolutamente involucrado, y luego recompensa sus expectativas con respuestas y más preguntas. Soseki logra esto gracias a un diseño de ecos y repeticiones que le muestran al lector la inherente fragilidad moral de la humanidad y cómo ésta conforma la existencia humana.

A.G.