Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
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miércoles, 9 de marzo de 2016

Lecturas recientes: Sábado


Sábado (2005)
Ian McEwan

Comienza el fin de semana para el neurocirujano londinense Henry Perowne. Un fin de semana de febrero de 2003 durante el cual se alternan momentos de dicha y de tensión, mientras los pensamientos del protagonista viajan al pasado y al posible futuro.

Aún no ha amanecido cuando Henry se levanta de la cama; se siente alerta e inexplicablemente eufórico. A través de los cristales ve un avión que desciende sobre la Torre de Correos, dejando en su caída el rastro de humo de su ala incendiada. Henry piensa que podría ser otro ataque terrorista y aquello desvanece al instante su visión eufórica del mundo para abrir paso a unos sentimientos horribles de pánico y muerte. Henry se pregunta si puede hacer algo al respecto, pero concluye que no hay nada útil que él pueda hacer y esa pasividad como mero observador le perturba.

Por otro lado, no es un sábado cualquiera en Londres, pues es el día de la mayor manifestación antibelicista jamás vista en la ciudad. A pesar de compartir a regañadientes la paranoia nacional, la inteligencia de Perowne es capaz de comprender los dos puntos de vista antagónicos sobre Irak, la agresión y el apaciguamiento. Consigue así esquivar a los partidarios de una y otra posición y afrontar el nuevo día centrado en sus propios planes y pensamientos.

Otras necesidades compiten por su atención: la sensualidad familiar de hacer el amor con su mujer, el habitual partido de squash con el anestesista que le asiste en sus operaciones, una visita a su madre, quien, a causa del Alzheimer, ya no le reconoce, y el regreso de su hija, Daisy, de París. Es un día con muchas cosas que hacer.

Perowne es un hombre afortunado. Además de tener un trabajo que le reporta satisfacción y los privilegios propios de la clase media alta, disfruta de una gozosa vida doméstica. Tiene dos hijos con éxito, Daisy, que está a punto de publicar su primera colección de poesía, y Theo, un talentoso músico de blues. También tiene una mujer encantadora, Rosalind, de quien sigue profundamente enamorado después de casi un cuarto de siglo de matrimonio. Pero lejos de ser un hombre engreído, Perowne es consciente del mundo en que vive –los tumultuosos inicios del siglo XX, tras los días de miedo y desconcierto que siguieron al Once de Septiembre y la Guerra de Irak– y de que ni siquiera su inclinación natural hacia el optimismo puede protegerle de la oscuridad de su tiempo.

A medida que Perowne prosigue con los placeres y tareas de su día de descanso, persiste esta tensión entre la esfera personal y la pública. Perowne se ve atrapado entre la viveza y claridad de sus placeres privados y sensuales y las complicadas exigencias del mundo exterior. El mundo está siempre a la puerta, tocando sobre ella para que le dejen entrar, de modo que el derecho que Perowne reclama –que lo dejen vivir en paz– está constantemente amenazado. De hecho, mientras conduce hacia el lugar en que ha de disputar el partido de squash, la manifestación en contra de la guerra de Irak le obliga a desviarse de su ruta habitual y acaba envuelto en un accidente de coche aparentemente sin importancia. Los ocupantes del otro vehículo piden de inmediato una compensación por los daños causados en su coche y cuando Perowne se niega a pagar la violencia hace acto de presencia. Prowne logra escaparse gracias a sus conocimientos médicos, lo cual le hace dudar de la moralidad que existe en su utilización de la autoridad médica como si se tratara de una pistola, aunque sea en un acto de defensa propia.

De vuelta a casa por la noche, mientras preside una reunión familiar –su hijo ha regresado del ensayo con la banda, su hija acaba de llegar de París, su anciano suegro también está en la ciudad–, su esposa regresa de la ciudad para completar la fiesta, pero lo hace seguida de unos violentos invasores que convierten la cena familiar en una pesadilla de cuchillos y agresiones que no encontrará un final feliz más que gracias a la recitación de una poema y la milagrosa transformación que éste consigue en el cabecilla de los delincuentes. De nuevo, como al comienzo, los sentimientos de culpabilidad e indefensión conducen al inevitable conflicto entre odio y compasión por el enemigo. He aquí precisamente donde se erige como elemento pacificador la capacidad transformadora del arte. Con todo, volvemos a encontrarnos al final con aquel mencionado sentimiento de ambigüedad moral; un gesto aparentemente perfecto de perdón por parte de Perowne que bien podría no ser más que un intento de reafirmar su control sobre el enemigo, o incluso un tipo de venganza. La novela termina, de hecho, con un acorde algo disonante de tranquilidad restablecida e incertidumbre persistente.

McEwan presenta sus temas con eficiencia y claridad y demuestra un perfecto control sobre su material y una coherencia y elegancia estructural. Demuestra, además, su gran talento por la observación, extraordinariamente precisa. En Sábado nada aparece forzado; la atención madura del autor ilumina todo aquello en lo que pone sus ojos. En este sentido, McEwan encuentra en Henry Perowne su alterego ideal. Exacto y erudito, es una persona que examina todo en su vida. Palpa la experiencia, en busca de señales vitales.

McEwan parece cristalizar el estado de la sociedad en un momento muy concreto, el de Londres antes de los ataques terroristas de 2005, acontecimiento que parece profetizar el autor en las últimas páginas de la novela. Ésta capta en efecto un sentimiento de ansiedad que venía construyéndose desde los acontecimientos del once de septiembre de 2001 y se había convertido en un hecho ineludible de la vida de Londres. En este sentido, Sábado transmite un sentimiento de nefasta inevitabilidad. El avión en llamas que está a punto de estrellarse en Londres es un espectáculo que a Perowne le resulta descorazonadoramente familiar. Pero también hay otros aspectos menores que en realidad son más relevantes en la vida de los personajes y que le hacen reflexionar sobre si está perdiendo el contacto con sus hijos. Además, está el mencionado asunto de la guerra, que martillea su cabeza mediante el golpeteo de los tambores por los manifestantes que protestan en las calles de Londres.

Una espléndida novela postmoderna en la que McEwan vuelve a sorprendernos con su brillante clarividencia y aguda percepción de la realidad.

A.G.

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