Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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lunes, 9 de mayo de 2016

Lecturas recientes: Ben-Hur


Ben-Hur (1880)
Lewis Wallace

En primer lugar, y aunque pueda parecer lo contrario, éste sigue siendo un blog literario. No es en absoluto mi intención hacer una reseña de la famosa película de William Wyler, protagonizada por el oscarizado Charlton Heston. Es cierto que cuando se escucha hablar de Ben-Hur, es inevitable recordar uno de los largometrajes más famosos de la historia del cine; una película que ha cautivado al público de varias generaciones. Me consta, tal como he podido comprobar recientemente, que la película es conocida incluso por buena parte del público adolescente, a pesar de no tratarse de una cinta que cumpla las peculiares exigencias de los más jóvenes. Mostrada en televisión decenas, centenares de veces, quién no la ha visto en alguna ocasión o no recuerda alguna de sus escenas más gloriosas: la adoración de los Reyes Magos, la batalla naval, la carrera de cuadrigas, el hallazgo de las leprosas en la tenebrosa Torre Antonia o la crucifixión de Jesús.

La película, estrenada en 1959, fue merecedora de once premios Óscar, y si bien son muchos los méritos intrínsecos de la misma (interpretación, fotografía, diseño de producción, montaje o ¡banda sonora!, compuesta por Miklós Rózsa), no debemos obviar que lo más cautivador de la película es su excelente guión, lo que a mi juicio ha contribuido de forma decisiva a elevarla al Olimpo cinematográfico. Este estupendo guión está basado en una notable novela homónima, publicada en 1880 por el escritor norteamericano Lewis Wallace.

El guión de la película difiere, aunque no de forma notable, de la novela. Resulta lógico, pues estamos hablando de una obra de más seiscientas páginas. No es, por supuesto, mi intención comparar película y novela y exponer cuáles son las omisiones o las variaciones narrativas que presenta la película. Haberlas las hay, pero en esencia la película se atiene al argumento y a las diferentes tramas de la novela.

Para entender la novela, su complejidad y el profundo espíritu cristiano que destila, me parece imprescindible arrojar luz sobre los motivos que llevaron a su escritura a Lewis Wallace, general del ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión, juez y gobernador de Nuevo México. Se dice que un día se encontraron en un tren Lewis Wallace y el conocido ateo Robert G. Ingersoll, quien negaba públicamente la existencia de Dios. Sabedor de que Wallace era un hombre culto e inteligente, le animó a reunir el material suficiente para escribir un libro que demostrara la falsedad de Jesucristo y de la misma base del Cristianismo. Wallace se puso manos a la obra y, tras una exhaustiva etapa de documentación, escribió Ben-Hur. En este tiempo Wallace había llegado a varias conclusiones: Jesucristo no sólo era una figura histórica real, sino que era el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Y, lo que le resultó a él de mayor relevancia: Jesucristo era la respuesta a las necesidades de la propia vida de Wallace, quien acabó convirtiéndose en un verdadero discípulo de Aquel de cuya existencia había dudado hasta entonces. De hecho, una de las escenas con mayor significado de la novela es aquella en la que Ben-Hur les habla a sus amigos de los milagros que ha visto hacer a Jesús –convertir  el agua en vino o resucitar a un muerto– y les pregunta su opinión. Baltasar le responde con una alabanza a la grandeza de Dios. El propio Wallace, como Baltasar, llegó a reconocer a la grandeza de Dios y confesó haberse convertido en creyente. Demos las gracias pues a Mr Ingersoll, pues de no haber sido por su error y tozudez no habríamos disfrutado de esta novela.

Es bien cierto que se ha cuestionado el valor literario de Ben-Hur, aunque también queda fuera de toda duda que la obra de Wallace estableció un nuevo subgénero dentro de la ficción histórica: la novela bíblica. Desde luego, el significado histórico de la novela supera su valor puramente literario. Se echa en falta una caracterización más compleja de los personajes y puede criticarse que algunas descripciones sean extensas y recargadas. Sí creo, en contra de algunas opiniones, que las coincidencias argumentales resultan verosímiles.

Notables son, desde luego, las meticulosas descripciones del Mundo Antiguo, que proporcionan a la historia una inmediatez de la que carecen otras novelas del género. Wallace rompe con el mito en numerosas situaciones a favor de la precisión histórica. Se aprecia en la escena de la Natividad o en la que Juan el Bautista bendice a Jesús, que vemos a través de los ojos del propio Ben-Hur, quien recela de Juan. La escena de la carrera de cuadrigas está perfectamente documentada; Wallace dedica cuatro páginas a una exhaustiva descripción del escenario. El caos suscitado en Jerusalén durante los últimos tres días de la vida de Jesús es palpable en la novela. El propio Ben-Hur observa los acontecimientos, recoge información aquí y allá, sin saber qué ocurrirá al final. Ve a su ejército de Galileos desilusionado y disperso, mientras Iras, la bella hija de Baltasar, denuncia su falta de ambición y lo abandona por su enemigo Messala. Ben-Hur lucha con su corazón por un hombre que puede curar la lepra, pero que se niega a salvarse a sí mismo.

La novela acierta a integrar los elementos de ficción dentro de este contexto histórico. El lector sigue la caída en desgracia del príncipe judío Ben-Hur durante la época de la ocupación romana de Judea, el tiempo en que vivió y murió Jesucristo. El personaje de Ben-Hur se erige como el máximo exponente de la negativa del pueblo judío a someterse al ejército invasor, del mismo modo que Moisés (también encarnado en la gran pantalla por Charlton Heston) ansiaba liberar a su pueblo del yugo egipcio. Es, por otro lado, el epítome del hombre que antepone el bienestar de los suyos a sí mismo. Cae en desgracia, acusado falsamente de haber atentado contra el poder romano, personificado por Graco y Messala. Pierde su fortuna (material y personal) y es condenado a la vida penosa de un galeote. Sin embargo, su coraje le hace sobrevivir al naufragio de la galera e incluso salva de la muerte al romano Quinto Arrio. Ben-Hur trata a los suyos con benevolencia y amor, reivindica constantemente su condición de judío, a pesar de haber sido adoptado por un rico patricio y gozar de la ciudadanía romana. Sabe discernir entre el bien y el mal, tiene fe y logra al fin entender que Jesucristo no es el Rey de Israel belicoso y vengativo que él esperaba al comienzo; Su reino, comprende, no es de este mundo. Ben-Hur es, en definitiva, un personaje de sólidos principios morales.

Ben-Hur logró un éxito inmediato, superando al de La cabaña del tío Tom como la novela norteamericana más vendida hasta 1936, año de la publicación de Lo que el viento se llevó. Creo, por todo lo dicho, que sobran las razones para disfrutar de esta hermosa novela.

A.G.

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