Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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lunes, 19 de agosto de 2013

Lecturas recientes: Ángeles fugaces


Ángeles fugaces (2001)
Tracy Chevalier

El día después de la muerte de la reina Victoria, dos familias visitan tumbas próximas en un cementerio londinense.  Una de ellas es una urna, mientras la otra está decorada con un ángel. Los Waterhouse admiran a la reina recién fallecida y se aferran a las tradiciones victorianas. Los Coleman, sin embargo, desean una sociedad más moderna. Pero el destino quiere que ambas familias acaben siendo vecinas. Sus hijas se hacen amigas, gracias también a su fijación compartida por el cementerio, y pronto se les une en esta nueva amistad Simon Field, el hijo del sepulturero.

Maude Coleman es una niña inteligente y educada, buena observadora y reflexiva. Su amiga, Lavinia Waterhouse, es sin embargo algo estúpida y superficial, aunque muy hermosa, y le gusta llevar vestidos especialmente elegidos para cada ocasión. Es precisamente esta contraposición entre sus caracteres lo que les hace que se complementen tan bien y crezca entre ellas una gran amistad.

Lavinia y Maude ejemplifican, pues, el contrapunto entre dos formas distintas de ver la vida. Mientras la primera parece una chica real de su tiempo, preocupada por la moda y los actos sociales, y sin aspiraciones sociales que vayan más allá de echarle el guante a un buen marido, la segunda es una chica madura con ciertas inquietudes intelectuales que añora la figura de una madre tradicional con la que pasar más tiempo.

A medida que las niñas crecen y el nuevo siglo va avanzando, los Waterhouse y los Coleman observan como los coches sustituyen a los caballos y la electricidad reemplaza a la luz de gas; Inglaterra se abre paso entre las tinieblas hacia una nueva era, más luminosa y llena de nuevas esperanzas.

Es entonces cuando Kitty Coleman, una madre joven y hermosa, mas frustrada e infeliz en su rutinaria vida de mujer casada de clase alta, comienza su lucha personal por conquistar una libertad personal de la que carece. Aspira a ver cumplidos unos sueños e ilusiones virtualmente inalcanzables, demasiado lejanos de la realidad que la envuelve. El devenir caprichoso de los acontecimientos la arrastrará por un camino muy distinto al originalmente planeado, de modo que acabará convertirla en una sufragista. Será precisamente en esta lucha por conseguir el voto para la mujer (por unos ideales de igualdad y libertad), donde Kitty halle la verdadera felicidad, si bien habrá de pagar por ello un alto precio. En contraposición a ella encontramos a Gertrude Waterhouse, una mujer tradicional que contempla con espanto el comportamiento y excentricidades de su vecina.

Gran parte de la novela transcurre en un cementerio. Las dos niñas pasan buena parte de su tiempo cogidas de la mano mirando las figuras silentes de los ángeles que acompañan algunas tumbas, mientras los sepultureros cavan. Inmóviles, las dos niñas parecen columbrar que ése es también el final que el tiempo les depara a ellas.

La novela está ambientada en la llamada era eduardiana, es decir, aquellos años que transcurren desde la muerte de la reina Victoria (1901) a la de su hijo Eduardo VII (1910). Este período fue conocido también como la Belle Époque, unos años dorados, con largos atardeceres de verano y fiestas de jardín a las que acudían damas con grandes sombreros. Una época vista después con nostalgia por los que hubieron de padecer los duros años de la Gran Guerra. A pesar de la prevalencia del rígido sistema británico de clases sociales heredado de la época victoriana, la era eduardiana fue testigo de cambios sociales y económicos que permitieron una cierta movilidad social. Éstos incluyeron un creciente interés por el sufragio femenino, tal como aborda la novela, además de por el socialismo, la situación apremiante de los pobres o el incremento de oportunidades económicas generado por la rápida industrialización. Es también la época de grandes avances científicos; los años en que Albert Einstein redactó varios trabajos fundamentales sobre física que le valieron el grado de doctor por la Universidad de Zúrich y publicó su teoría de la relatividad especial y otros trabajos que sentarían las bases para la física estadística y la mecánica cuántica; los años en que Sigmund Freud fue reconocido oficialmente como el creador del psicoanálisis y recibió el título honorífico doctor honoris causa por la universidad norteamericana de Clark, gracias a lo cual fue invitado a dar una serie de conferencias en las que divulgar el psicoanálisis en Estados Unidos. Son también los años en que se concedieron los primeros premios nobel. Ernest Rutherford publicó su obra Radioactividad, Marconi envió las primeras señales transatlánticas de tipo inalámbrica, los hermanos Wright realizaron su primero vuelo y Amundsen y Scott lideraron las primeras expediciones al Polo Sur.

Ángeles fugaces tiene, a mi juicio, una serie de virtudes que podrían llevar a considerarla una novela notable. En primer lugar, merece destacar la buena caracterización de los personajes, esbozada con anterioridad, que incluye también a los personajes secundarios: Richard Coleman (el marido de Kitty), Edith Coleman (la madre viuda de Richard), Alfred Waterhouse (el marido de Gertrude), Ivy May (su otra hija), o Jenny y la señora Baker, que trabajan en la casa de los Coleman. En segundo lugar, es también digno de mención el acertado punto de vista narrativo de la novela: Tracy Chevalier dota a los personajes de una voz propia, de tal forma que éstas se van alternando, dando agilidad a la narración. También cuenta la novela con una excelente ambientación histórica, de la que también hemos presentado un breve esbozo. Sin embargo, la narración es lenta y carente de acción y no parece ir a ninguna parte, pues uno tiene la impresión de que no existe en realidad una historia consistente que contar. Un argumento demasiado pobre que no consiguen compensar las virtudes anteriormente expuestas, lo que nos lleva a no considerar Ángeles fugaces como una lectura digna de recomendar. Después de la grata impresión de su extraordinaria La joven de la perla, una de las mejores novelas del género, había depositado ciertas expectativas en esta novela y en su autora, que no se han visto cumplidas.

A.G.

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