Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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viernes, 15 de enero de 2016

Lecturas recientes: El sueño eterno


El sueño eterno (1939)
Raymond Chandler

La novela con la que iniciamos este incierto 2016 es la primera de las siete protagonizadas por el detective privado Philip Marlowe. Una serie magnífica e imprescindible de la ya cometamos en este blog El largo adiós (1953).

Philip Marlowe no es un personaje cualquiera, sino uno muy especial. No en vano, el propio autor reconoció en 1951 tener la impresión de estar unido a él de por vida. En efecto, Chandler comprendió perfectamente la genuina idiosincrasia del detective arquetípico de ficción y pasó años puliéndolo. Se trata de un hombre completo y común pero del todo inusual. Un hombre solitario y orgulloso de ser tratado como tal. Un hombre que habla como lo hace un hombre de su edad, es decir, con un ingenio rudo y un vívido sentido de lo grotesco, un manifiesto disgusto por la hipocresía y un absoluto menosprecio por la estrechez de miras. Fuerte, valiente y sin embargo lejos de ser infalible, Philip Marlowe se convirtió en la imagen de lo que todo hombre quería ser. El hombre que toda mujer quería amar.

Marlowe actúa, en cierto sentido, como un caballero del siglo XX que cabalga por las calles hostiles de Hollywood y Santa Mónica y visita las casas de hombres ricos, con sus mayordomos ingleses, secretos corrosivos y vicios siniestros.

El título de la novela se refiere al eufemismo con que los gánsters se refieren a la muerte. Aunque no destriparé la ciertamente complicada trama de novela, sí me gustaría dar unas pinceladas de su argumento. Éste es aparentemente sencillo, pero las cosas no tardan para complicarse. En el arranque de la historia, Philip Marlowe, de quien aún o sabemos mucho, es citado en casa del anciano y rico general Sternwood, cuya hija, Carmen, están siendo chantajeada por Arthur Geiger, un  sórdido librero que le reclama el pago de las deudas de juego de su hija. Marlowe debe dar con el paradero de Geiger. Durante su entrevista Marlowe también tiene la impresión de que algo huele mal en la desaparición de Rusty Regan, el marido de Vivian, la hija mayor del general. Las malas lenguas afirman que Regan se escapó con Mona Grant. Así pues, parece haber dos líneas argumentales en la novela: el chantaje y la desaparición de Regan.

A medida que la trama se complica, el lector se ve conducido a un mundo de pornografía, juego y escoria, ambientado en el fascinante Hollywood de los años 30. Sin embargo, tal y como ocurre en todas las historias de Chandler, el argumento está subordinado a los personajes, el estado de ánimo y la atmósfera.

El argumento de la novela procede de dos de las veintiuna historias que Chandler escribió para la revista de literatura barata Black Mask a partir de 1933. Las historias de estos relatos están ambientadas en Los Ángeles, los policías buenos y malos se ven mezclados en un cóctel criminal de violencia, drogas, sexo y juergas. Estos dos relatos que Chandler “canibalizó”, según sus propias palabras, son El asesino en la lluvia (1935) y La cortina (1936). Ambas son historias independientes que no comparten personajes comunes, pero sí guardan similitudes. En ambas hay un padre fuerte angustiado por una hija salvaje. Chandler mezcló los dos padres para crear un nuevo personaje, e hizo lo mismo con las dos hijas. Existen otras fuentes para la obra: al igual que Carmen Sternwood, su propia esposa, Cissy, había posado desnuda de joven y había tomado opio. Los problemas con alcohol de Marlowe reflejan el propio alcoholismo latente de Chandler. Prácticamente en cada escena de la novela, alguien está encendiendo un cigarrillo o tomando un trago.

Contado con esa voz característica de su autor (un inimitable estilo de frases simples pero llenas de ironía), y gracias a sus diálogos brillantes y a la conjunción de unos personajes magníficamente caracterizados, El sueño eterno es una excelente mirada al lado sórdido del sueño americano.

Chander ofrece una perspectiva filosófica del mundo. Encara en mundo hostil en el que el dinero corrompe y cualquiera puede ser comprado. Un mundo en el que la mayoría acaban rindiéndose. Pero no es el caso de Marlowe, que es un hombre íntegro, si bien no duda en infringir la ley si es por un buen motivo. Trabaja por dinero, eso es obvio, pero jamás se deja controlar por quienes le pagan. Incluso cuando Sternwood le dice que el caso ha terminado, Marlowe sigue intrigado por el misterio del chófer perdido. Le paguen o no, a Marlowe lo que le preocupa es la verdad.

La novela cosechó una buena crítica por parte del mundo literario, incluyendo a escritores de la talla de Somerset Maugham, pero apenas vendió 13.000 ejemplares. No comenzó a recibir atención mundial hasta después de la proyección de la película de Howard Hawks en que Humphrey Bogart hacía el papel de Marlowe.

El sueño eterno es una novela conmovedora y, sin embargo, realista; compasiva pero cínica acerca de la satisfacción que puede producir la vida.

A.G.

martes, 22 de diciembre de 2015

Lecturas recientes: La verdadera historia de la banda de Kelly

 
La verdadera historia de la banda de Kelly (2000)
Peter Carey

En su séptima novela, Peter Carey emplea de nuevo un tema histórico. Pero no uno cualquiera, sino la vida de uno de los mitos más perdurables de la Australia colonial: Ned Kelly (1855-1880), un proscrito legendario. Ladrón de ganado y de bancos, Kelly fue un famosísimo ladrón (de ganado, de bancos o de lo que fuera) que gustaba de dar el dinero a los pobres; una especie de Robin Hood australiano que jamás hizo daño ni a mujeres ni a niños, que se hizo construir una armadura con un cubo en la cabeza, que mató a infinidad de policías y se convirtió en un héroe del pueblo cuya violencia ha sido santificada, y que acabó colgado a la temprana edad de veinticinco años en la cárcel de Melbourne en 1880.

La violencia de Ned no es justificada, si bien se presenta como el resultado inevitable y trágico de la persecución policial de los pobres colonos irlandeses. El relato del primero asesinato que comete Ned, en Stringybark Creek, es devastador. Como consecuencia de éste, la madre es encarcelada tres años y los hermanos se ven obligados a huir.

El lector, especialmente aquel familiarizado con la vida y obra del personaje, podría esperar una mera transcripción de su vida. Partiendo de la idea de que su historia es bien conocida, urge preguntarnos qué esperaban los lectores de La verdadera historia de la banda de Kelly. Es de suponer que nadie se dejaría engañar por las citas de unas supuestas fuentes de archivo, ni con la atroz puntuación de una narración que, por lo demás, no tardamos en encontrar perfectamente adecuada.

Carey podría haber optado por contar la historia de un modo tangencial. Pero lejos de buscar un subterfugio mediante el cual abordar un asunto de dominio público, narra la historia de Ned Kelly de forma cronológica, en primera persona y guardando estricta fidelidad a los hechos narrados: desde el arresto de su padre por robar a un novillo en 1865, pasando por sus años de aprendizaje hasta conocer a Harry Power –el bandolero que habrá de convertirse en una mala influencia para Ned, quien acaba comprendiendo que en realidad no tiene nada que temer de él–, hasta la terrible escena del hotel Glenrowan en 1880, cuando la banda de Kelly planea hacer descarrilar un tren lleno de policías y cuando Ned con su armadura inhumana avanza hacia la lluvia de balas mientras hace golpear su revólver sobre su coraza hasta ser alcanzado por los disparos en las piernas.

Tres son los trucos de invención que utiliza Carey para convertir lo que podría no pasar de ser una simple biografía en una novela sensu stricto. El primero es la idea de que Kelly ha escrito durante los dos últimos años de su vida un relato de sí mismo para su hija y que este relato ha sido preservado en trece paquetes independientes de manuscritos del puño y letra de Kelly, todos los cuales conforman juntos la novela. A parte de unas escuetas notas editoriales y unos resúmenes al comienzo de cada sección, la historia es toda ella de Ned. Un material bueno y divertido, lleno de traición, asaltos a bancos y asesinatos. El segundo de los trucos es su relación con Mary Hearn, que le da una hija. Y el tercero es la voz que Carey le da a Ned, que es precisamente donde, a mi juicio, reside el verdadero encanto de la novela, lo que la convierte en una obra literaria hermosa y emocionante.

El lenguaje que emplea Ned es convincente y no deja de sorprendernos. Es simple y directo, coloquial y lleno de humor e incluso poesía. Se introduce en la mente del lector con la inmediatez de la expresión oral; en ciertos momentos parece que estuviéramos escuchando la voz del mismísimo Ned Kelly contándonos la desgarradora historia de su vida. Su voz es profundamente honesta y franca. La transparencia de su lenguaje nos lleva directamente al corazón de un personaje que es visto por los australianos como un gran héroe. Carey demanda del lector que confíe en el narrador de la historia tanto como en la historia misma. Carey está interesado en la imagen e identidad de los compatriotas, desde los primeros colonos que luchaban por comprender lo extraño y precario de sus vidas y del mundo que habitan, a la desilusión y el vacío del hombre urbano contemporáneo, separado de los vastos espacios –lugares repletos de leyendas– que se extienden alrededor.

El éxito de Carey radica, por tanto, en el hecho incuestionable de haber tomado como punto de partida la biografía del personaje escrita por Ian Jones en 1995 y proporciona a Ned Kelly de una voz que lo convierte en un ser dolorosamente real que mantiene, no obstante, su identidad de héroe. Carey dota a su novela del poder emocionante de una historia individual; no es sino el mito hecho real.

Ned Kelly en 1880
A través de los ojos de Ned Kelly, la novela examina una época singularmente incivilizada de la historia australiana –el final del siglo XIX–, una época en la que los emigrantes irlandeses sufrieron a manos de la clase británica dirigente. Nacido en el seno de una pobre familia irlandesa del noreste de Victoria, Ned sufre la mentira y manipulación de los adultos en su vida, incluyendo a su madre, Ellen, que es acosada por diversos pretendientes después de la muerte del padre de Ned. Demasiado avariciosa mas poco leal, Ellen se mantiene en el centro de los afectos de su hijo incluso después de haberlo vendido a la edad de quince años al bandido Harry Power. Como aprendiz suyo, un Ned de buen corazón se ve obligado a llevar una vida criminal, consecuencia de lo cual no tarda en dar con sus huesos en la cárcel, en lo que no es sino la primera de sus numerosas estancias entre rejas. Ned es privado del derecho a defenderse una vez detrás de otra y victimizado por un sistema legal que parece carecer de un elemento importante: la justicia. Unos años más tarde, cuando es acusado de asesinato, Ned se ve obligado a huir con sus hermano pequeño, Dan, y una banda de aliados. Durante casi dos años, eluden la justicia, robando bancos y empleando parte del dinero para ayudar a los empobrecidos habitantes del distrito.

La novela plantea una pregunta nada banal: ¿quien tiene derecho a escribir la historia? En un país donde la verdad y la justicia son conceptos peligrosamente subjetivos, ¿puede lo que es verdadero y justo ser alguna vez definido de forma satisfactoria? Ned Kelly, tal como aparece retratado en esta gran novela, se perdió en los márgenes de estas ideas, pues murió intentando abrirse camino a través de ellas.

A.G.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Lecturas recientes: Julio César: la grandeza del héroe

  
Julio César: La grandeza del héroe (1958)
Hans Oppermann

La vida de Julio César ha fascinado a lo largo de los siglos a personas de toda índole, entre las que desde luego hemos de incluir a historiadores, novelistas o dramaturgos de renombre. La obra de Hans Oppermann nos presenta la doble vertiente del personaje: el hombre el público y el hombre privado. El político y hombre de estado que, sirviéndose de su habilidad como general, acabó por hacerse con el poder supremo en la República Romana y se convirtió en su dueño absoluto. El escritor que relata con detalle y pasión su campaña en las Galias, esposo de tres mujeres y amante de otras (y supuestamente también de otros)… El estratega. El gobernante magnánimo que no hacía un uso gratuito de la violencia y que fue asesinado por algunos de los muchos hombres a los que perdonó la vida. El hombre que abrió las puertas del nuevo Imperio a su delfín Octavio y cuyo nombre –César– se convirtió en un título con el que honraron su nombre los sucesivos emperadores romanos. Un título que simbolizada el poder supremo y legítimo del que aún encontramos reminiscencias en el siglo XX, durante el cual hombres poderosos adoptaron los títulos de Kaiser o Zar, como tributo a Julio César.

Oppermann repasa en su brillante estudio las diferentes etapas de la vida del personaje: desde los poco conocidos años de su infancia, turbulenta juventud y prometedora carrera política, durante la cual se relacionó –aunque de diferentes maneras– con personajes como Mario, Cinna, Sila o Cicerón, hasta su acceso al consulado. Julio César fue un fugitivo, prisionero de piratas, a los que acabaría ajusticiando, líder militar, abogado y cónsul en Hispania y la Galia, donde llevó a cabo una impresionante serie de duras campañas contra los diferentes pueblos bárbaros, que no dio por terminadas hasta llevarse esposado a Roma a Vercingétorix, el líder galo de la tribu de los Arvernos.

A Julio César jamás le faltó el valor necesario, si bien siempre actuó de acuerdo con los dictados de la razón. Fue paciente y perseverante con los Galos, calculador y decidido con Pompeyo, a quien trató con todos lo medios de convertir en su aliado, magnánimo con sus enemigos. Cruzó el Rubicón y emprendió una lucha encarnecida contra los pompeyanos, que hubo de continuar incluso después del vil asesinato de Pompeyo en Egipto; una crueldad sin sentido que Julio César recriminó a Ptolomeo, quien se sirvió de la traición de los propios hombres de Pompeyo para entregarle su cabeza a Julio César, en cuyo ánimo estuvo siempre restablecer la amistad entre los dos.

Tras el final de la Guerra Civil, triunfador de campañas militares que lo llevaron de una punta a otra del Mediterráneo, e incluso más allá (Veni, vidi, vici), Julio César se convirtió en dictador. Fue aclamado e idolatrado por sus legiones y por el pueblo, con quienes compartió la inmensa riqueza de sus botines de guerra.

Sin embargo, sus actos –a veces excesivamente despóticos– no fueron del agrado de todos, ni siquiera de aquellos a los que perdonó la vida, y se urdió una conspiración que acabó con su violento asesinato a las puertas del Teatro de Pompeyo el 15 de marzo del año 44 a.C. (A propósito de este asunto recomiendo Los Idus de Marzo (1948), la entretenida novela histórica del escritor norteamericano Thornton Wilder.)

El legado de Julio César –el que fuera gran admirador de Alejandro Magno– es inmenso, tal como Oppermann desgrana en uno de los capítulos finales de su obra; un legado historiográfico tanto como político… pero ésa es otra historia.

A.G.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Lecturas recientes: Ve y pon un centinela


Ve y pon un centinela (2015)
Harper Lee

Escrito antes de Matar a un ruiseñor, la novela recién publicada por Harper Lee cuenta la historia de una Scout adulta que regresa desde Nueva York a Maycomb, al Sur profundo, donde se encuentra frente a frente con las actitudes racistas de su padre, Atticus Finch, al que asocia con el Ku Klux Klan, con su amigo de infancia Herny Clinton, y con el vívido recuerdo de Jem, su hermano muerto. La experiencia vital de Harper Lee fue muy parecida a la de Scout, pues ella nació también en Alabama, pero se trasladó siendo aún joven a Nueva York, donde comenzó a escribir.

Utilizando como telón de fondo uno de los cambios más monumentales de la sociedad norteamericana, vemos crecientes tensiones por los derechos humanos y el final de la segregación, si bien son patentes más divisiones, pues la novela expone en primer plano los prejuicios entre razas, el conflicto entre el Norte y el Sur y entre diferentes generaciones. A medida que Jean Louise logra adaptarse a una sociedad que cambia a gran velocidad, su percepción de sus vecinos, amigos y familiares queda alterada para siempre. Debe aprender a adaptarse a sus nuevos descubrimientos y tratar con sus desilusiones. No en vano, Ve y pon un centinela (su título está tomado de la Biblia (Isaías 21,6)) es además de todo esto un novela acerca del crecimiento, del alcance de la madurez.

Además, constituye un análisis sorprendente y certero de la historia de los Estados Unidos, pues plantea asuntos que aún hoy siguen siendo candentes. La comparación entre cómo era antes la sociedad y cómo es ahora despierta un doble sentimiento, pues percibimos por una parte cuánto ha cambiado la sociedad norteamericana en ciertos aspectos, mientras en otros el cambio parece haber sido insignificante.

Resulta inevitable comparar Ve y pon un centinela con Matar a un ruiseñor. No hay duda alguna de que la primera carece del ingenio, del impacto o del brillo de la segunda. En este sentido, no me parece de justicia emprender la tarea de comparar de forma exhaustiva ambas novelas. No hay que olvidar que Harper Lee nunca tuvo la intención de publicar Ve y pon un centinela, y puesto que fue escrita antes que Matar a un ruiseñor, resulta ridículo leerla como una secuela de la anterior. Creo que no podemos alterar nuestra opinión, ni cambiar nuestros sentimientos sobre la ingente figura de Atticus Finch, un auténtico héroe –más que literario– para para tantos, entre los que encuentro. En Ve y pon un centinela, Atticus ha envejecido y ya no es la referencia moral que solía ser. A pesar de sus leves tintes de racismo, me parecería injusto cambiar nuestra percepción sobre él. Quizá debiéramos interpretar el personaje de Atticus en Matar a un ruiseñor como un producto de la evolución de un personaje preexistente, que ha llegado a convertirse, como hemos afirmado, en un referente moral sin fisuras y absolutamente convincente.

Con todo, se me antoja inevitable exponer, siquiera brevemente, algunas diferencias entre Ve y pon un centinela y Matar a un ruiseñor, pues éstas son sorprendentes. Mientras la primera muestra a Atticus Finch como un pueblerino sureño que está siempre de mal humor, en la segunda el personaje se convierte en el Atticus que el mundo conoce y ama, en el símbolo sagrado de la decencia y la justicia. Sin embargo, es la liberación de su hija, Scout, lo que realmente sorprende. Mientras en la primera novela, la voz en tercera persona resulta convencional y poco participativa, en la segunda se escucha a una Scout de seis años recordando unos días de infancia que la cambiarán para siempre. Esta destreza narrativa propone una perspectiva adulta, a la vez que cuenta la historia de Scout en la voz de una niña. Además de éstas, encontramos otras mejoras notables en la comparación de ambas novelas. Mientras en Ve y pon un centinela, la descripción del Sur profundo resulta burda, partidista e incluso tosca, en Matar a un ruiseñor, la visión de la sesgada sociedad blanca es reproducida con compasión. En definitiva, mientras Matar a un ruiseñor concluye con la esperanza de que la gente es buena de verdad, Ve y pon un centinela concluye con resignación que la gente a veces no puede cambiar. Jean Louise se da cuenta de que no puede dar por perdido a su padre, con sus cosas buenas y sus cosas malas, sólo por su perspectiva del mundo o porque sea una figura del pasado que se esté esfumando lentamente. Sólo esforzándose por verlo con los ojos de un adulto puede permitir a Scout comprender su verdadero significado.

Harper Lee refleja en el personaje de Scout la idea de la pérdida del idealismo de la juventud y la desilusión que experimenta el ser humano a medida que va creciendo. En este sentido, observamos también la advertencia que nos lanza la autora acerca de los peligros de idealizar a la gente hasta el extremo de convertirlos en ídolos.

Harper Lee nos recuerda que no podemos ser ajenos a un hecho irrefutable: a medida que crecemos como individuos, también evoluciona la sociedad. Así pues, debemos de poner nuestro empeños en congeniar estas dos circunstancias, ambas de una importancia vital y que, sucedidas de forma simultánea, provocan un conflicto en nosotros y perfilan nuestra personalidad a través de desilusiones, descubrimientos y nuevas experiencias. Tal como le recuerda a Scout su tío Jack, el nacimiento del ser humano es algo de lo más desagradable. Es desordenado y extremadamente doloroso, además de ser arriesgado y siempre sangriento. Es, por tanto, como la propia civilización.

Esta afirmación capta perfectamente el espíritu de una época de agitación política y tensiones civiles. Lee utiliza Maycomb como un microcosmos de la sociedad norteamericana y a través de los ojos de Scout observamos las reacciones de las diferentes comunidades y cómo las políticas implementadas para unir a las personas comienzan a separarlas.

Jean Louise ha permanecido fiel a sus ideales y se erige como un símbolo del feminismo y un contraste refrescante del estereotipo de la mujer sureña, definida a la perfección por la tía Alexandra. Scout no tiene más remedio que aceptar Maycomb tal como es. No puede ni vencer a sus vecinos ni unirse a ellos. Incapaz de cambiar las ideas de la gente, y renuente a cambiar las suyas propias, Scout opta por ver los puntos buenos de esa gente con la que no congenia, en lugar de fijarse tan sólo en sus defectos.

Aunque Ve y pon un centinela no alcanza el altísimo nivel literario de Matar a un ruiseñor, es una obra que pone en marcha nuestro cerebro y nos impele a cuestionar muchas de las decisiones tomadas en el mundo de hoy, que quizá de manera demasiado sumisa juzgamos adecuadas.

Debemos, pues, leer Ve y pon un centinela con una mente abierta, pues se trata de una historia hermosa en la que se exponen ideologías y opiniones de gran calado.

A.G.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Lecturas recientes: Samarcanda


Samarcanda (1988)
Amin Maalouf

Llegado a Samarcanda de su natal Persia, Omar Jayyam es reconocido en la calle por un poeta procaz que escribe de vino y mujeres, y cuya filosofía se mofa del Islam. Los matones callejeros declaran a Jayyam infiel y lo conducen al juez para recibir el castigo apropiado. Pero el juez, que es un intelectual, reconoce el genio de Jayyam y le da un pequeño libro en blanco compuesto de hermosas hojas de papel chino. Le encomienda la difícil tarea de anotar en él cualquier verso que tome forma en su mente o en la punta de su lengua. Ahora bien, el libro habrá de permanecer oculto. De esta manera, salva el cuello un gran poeta y nace el rubayat de Jayyam, la simple y hermosa estrofa de cuatro versos pentámetros yámbicos que riman AABA.

La historia de Jayyam transcurre en el Asia Central del siglo XI, cuando las ciudades de Bujará y Samarcanda eran las más grandes de la época. Maalouf se recrea con insólita destreza en las descripciones de las cortes, las fuentes, el bazar, las vidas de los místicos, los reyes y amantes en una prosa lánguida y evocadora. Sin pretender intentarlo, sin artificio ni banalidad, la novela establece un tono que está en perfecta armonía con el misticismo sufí y retrata con éxito las paradojas, la sutil ironía y el humor autodespectivo de su característica escritura.

Los nueve años de relación amorosa de Jayyam y Jahn, la poetisa de la corte, resuenan también con una palpable sensualidad.

Las grandes figuras del Asia Central medieval son vistos a través de los ojos de Jayyam: Nizam al Mulk, el déspota visir persa del sultán turco Malik Sha, que aún es recordado por sus notables innovaciones en cuestiones de gobierno y por sus teorías filosóficas que anticipan a Maquiavelo; Hasan ibn al-Sabbah, un hombre muy sabio y cruel que se convierte en el fundador de la comunidad ismaelí que interpretó el Islám de un modo diferente y que dirige a los miembros de la Orden de los Asesinos desde su fortaleza de Alamut; y, por supuesto, el propio Omar Jayyam, un hombre extraordinario, un sabio instruido en diferentes disciplinas del conocimiento (matemáticas, filosofía, astrología, física y literatura) que jamás quiere involucrarse en política o en cualquier asunto relacionado con ella y de quien todos solicitan consejo en esta y otras materias.

La novela viaja también más allá de Asia Central, pues el autor cruza siglos y continentes siguiendo la pista del manuscrito original de los rubayat. Las anotaciones de Jayyam en el libro, que son traducidas en el siglo XIX por Edward Fitzgerald y sorprenden a la sociedad victoriana, son robadas por primera vez por el líder de los Asesinos, el despiadado Hasan ibn al-Sabbah. La fortaleza de los Asesinos, donde se guarda el manuscrito, es destruida y el manuscrito se pierde durante cientos de años. En el siglo XIX un erudito americano se obsesiona con encontrar el original. Viaja a Persia en 1896, donde se encuentra con las primeras luchas de los demócratas persas por un gobierno constitucional después de que el Sha ha sido asesinado.

El erudito se enamora de Shireen, una princesa persa que ha descubierto el texto perdido. Viven los primeros meses de la primera República de Irán, pero cuando regresan a Estados Unidos juntos en el Titanic, en 1912, éste se hunde. Aunque los dos se salvan y llegan sanos y salvos a Nueva York, el manuscrito se pierde en el fondo del océano. Shireen no puede seguir vivendo sin el manuscrito y abandona a su amante americano en el muelle de Nueva York.

Maalouf es el autor de una estupenda novela que tiene la virtud de describir las vidas y la época de unos personajes que jamás habían aparecido en la ficción con anterioridad y muy probablemente no volverán a hacerlo. El libro no es una simple novela histórica, sino que, del modo que el intrincado bordado de una alfombra oriental se teje y se desteje durante siglos, Maalouf entreteje poesía, filosofía y pasión por el pasado sufí con la modernidad. Maalouf intercala en la narración extractos de poemas de Jayyam que dotan al texto de una poderosa cadencia melódica.

La ficción histórica de alta calidad, como la que representa Samarcanda, es un modo excelente de despertar interés por la investigación histórica. Maalouf realiza un trabajo excelente en este sentido, pues elabora una novela con un perfecto equilibrio entre información y entretenimiento, a la vez que presenta su punto de vista de las sociedades contemporáneas de mayoría musulmana.

Una novela muy ilustrativa que, como todas las obras de su autor, trata de comprender y avanzar hacia una solución y un encuentro real entre nuestras culturas. Ojalá sea así algún día.

A.G.