Presentación

La pintura de la voz (palabras con que el filósofo y escritor francés François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, calificó el arte de la escritura) nace con la pretensión de ser un lugar de intercambio de opiniones sobre literatura.
Cuando el tiempo me lo permita, iré publicando noticias interesantes del mundo literario, comentarios de libros que he leído recientemente, de mis obras favoritas, etc
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lunes, 9 de mayo de 2016

Lecturas recientes: Ben-Hur


Ben-Hur (1880)
Lewis Wallace

En primer lugar, y aunque pueda parecer lo contrario, éste sigue siendo un blog literario. No es en absoluto mi intención hacer una reseña de la famosa película de William Wyler, protagonizada por el oscarizado Charlton Heston. Es cierto que cuando se escucha hablar de Ben-Hur, es inevitable recordar uno de los largometrajes más famosos de la historia del cine; una película que ha cautivado al público de varias generaciones. Me consta, tal como he podido comprobar recientemente, que la película es conocida incluso por buena parte del público adolescente, a pesar de no tratarse de una cinta que cumpla las peculiares exigencias de los más jóvenes. Mostrada en televisión decenas, centenares de veces, quién no la ha visto en alguna ocasión o no recuerda alguna de sus escenas más gloriosas: la adoración de los Reyes Magos, la batalla naval, la carrera de cuadrigas, el hallazgo de las leprosas en la tenebrosa Torre Antonia o la crucifixión de Jesús.

La película, estrenada en 1959, fue merecedora de once premios Óscar, y si bien son muchos los méritos intrínsecos de la misma (interpretación, fotografía, diseño de producción, montaje o ¡banda sonora!, compuesta por Miklós Rózsa), no debemos obviar que lo más cautivador de la película es su excelente guión, lo que a mi juicio ha contribuido de forma decisiva a elevarla al Olimpo cinematográfico. Este estupendo guión está basado en una notable novela homónima, publicada en 1880 por el escritor norteamericano Lewis Wallace.

El guión de la película difiere, aunque no de forma notable, de la novela. Resulta lógico, pues estamos hablando de una obra de más seiscientas páginas. No es, por supuesto, mi intención comparar película y novela y exponer cuáles son las omisiones o las variaciones narrativas que presenta la película. Haberlas las hay, pero en esencia la película se atiene al argumento y a las diferentes tramas de la novela.

Para entender la novela, su complejidad y el profundo espíritu cristiano que destila, me parece imprescindible arrojar luz sobre los motivos que llevaron a su escritura a Lewis Wallace, general del ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión, juez y gobernador de Nuevo México. Se dice que un día se encontraron en un tren Lewis Wallace y el conocido ateo Robert G. Ingersoll, quien negaba públicamente la existencia de Dios. Sabedor de que Wallace era un hombre culto e inteligente, le animó a reunir el material suficiente para escribir un libro que demostrara la falsedad de Jesucristo y de la misma base del Cristianismo. Wallace se puso manos a la obra y, tras una exhaustiva etapa de documentación, escribió Ben-Hur. En este tiempo Wallace había llegado a varias conclusiones: Jesucristo no sólo era una figura histórica real, sino que era el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Y, lo que le resultó a él de mayor relevancia: Jesucristo era la respuesta a las necesidades de la propia vida de Wallace, quien acabó convirtiéndose en un verdadero discípulo de Aquel de cuya existencia había dudado hasta entonces. De hecho, una de las escenas con mayor significado de la novela es aquella en la que Ben-Hur les habla a sus amigos de los milagros que ha visto hacer a Jesús –convertir  el agua en vino o resucitar a un muerto– y les pregunta su opinión. Baltasar le responde con una alabanza a la grandeza de Dios. El propio Wallace, como Baltasar, llegó a reconocer a la grandeza de Dios y confesó haberse convertido en creyente. Demos las gracias pues a Mr Ingersoll, pues de no haber sido por su error y tozudez no habríamos disfrutado de esta novela.

Es bien cierto que se ha cuestionado el valor literario de Ben-Hur, aunque también queda fuera de toda duda que la obra de Wallace estableció un nuevo subgénero dentro de la ficción histórica: la novela bíblica. Desde luego, el significado histórico de la novela supera su valor puramente literario. Se echa en falta una caracterización más compleja de los personajes y puede criticarse que algunas descripciones sean extensas y recargadas. Sí creo, en contra de algunas opiniones, que las coincidencias argumentales resultan verosímiles.

Notables son, desde luego, las meticulosas descripciones del Mundo Antiguo, que proporcionan a la historia una inmediatez de la que carecen otras novelas del género. Wallace rompe con el mito en numerosas situaciones a favor de la precisión histórica. Se aprecia en la escena de la Natividad o en la que Juan el Bautista bendice a Jesús, que vemos a través de los ojos del propio Ben-Hur, quien recela de Juan. La escena de la carrera de cuadrigas está perfectamente documentada; Wallace dedica cuatro páginas a una exhaustiva descripción del escenario. El caos suscitado en Jerusalén durante los últimos tres días de la vida de Jesús es palpable en la novela. El propio Ben-Hur observa los acontecimientos, recoge información aquí y allá, sin saber qué ocurrirá al final. Ve a su ejército de Galileos desilusionado y disperso, mientras Iras, la bella hija de Baltasar, denuncia su falta de ambición y lo abandona por su enemigo Messala. Ben-Hur lucha con su corazón por un hombre que puede curar la lepra, pero que se niega a salvarse a sí mismo.

La novela acierta a integrar los elementos de ficción dentro de este contexto histórico. El lector sigue la caída en desgracia del príncipe judío Ben-Hur durante la época de la ocupación romana de Judea, el tiempo en que vivió y murió Jesucristo. El personaje de Ben-Hur se erige como el máximo exponente de la negativa del pueblo judío a someterse al ejército invasor, del mismo modo que Moisés (también encarnado en la gran pantalla por Charlton Heston) ansiaba liberar a su pueblo del yugo egipcio. Es, por otro lado, el epítome del hombre que antepone el bienestar de los suyos a sí mismo. Cae en desgracia, acusado falsamente de haber atentado contra el poder romano, personificado por Graco y Messala. Pierde su fortuna (material y personal) y es condenado a la vida penosa de un galeote. Sin embargo, su coraje le hace sobrevivir al naufragio de la galera e incluso salva de la muerte al romano Quinto Arrio. Ben-Hur trata a los suyos con benevolencia y amor, reivindica constantemente su condición de judío, a pesar de haber sido adoptado por un rico patricio y gozar de la ciudadanía romana. Sabe discernir entre el bien y el mal, tiene fe y logra al fin entender que Jesucristo no es el Rey de Israel belicoso y vengativo que él esperaba al comienzo; Su reino, comprende, no es de este mundo. Ben-Hur es, en definitiva, un personaje de sólidos principios morales.

Ben-Hur logró un éxito inmediato, superando al de La cabaña del tío Tom como la novela norteamericana más vendida hasta 1936, año de la publicación de Lo que el viento se llevó. Creo, por todo lo dicho, que sobran las razones para disfrutar de esta hermosa novela.

A.G.

martes, 3 de mayo de 2016

Segundas lecturas: El sueño de una noche de verano


El sueño de una noche de verano (1594)
William Shakespeare

Love looks not with the eyes, but with the mind,
and therefore is winged Cupid painted blind.

Se desconoce para quién o para qué ocasión escribió Shakespeare una de sus más conocidas comedias. Algunos críticos creen que la escribió para que se representara durante una boda entre contrayentes de alta alcurnia. También se cree que su escritura estuvo inspirada por las obras del Geoffrey Chaucer y un poema épico del escritor latino Ovidio. La obra fue publicada por primera vez en invierno de 1600 y la primera representación conocida tuvo lugar en Londres, en enero de 1605.

El sueño de una noche de verano es una comedia de trama compleja con un número considerable de personajes que se dividen en tres categorías: los atenienses, las hadas y los artesanos. La acción transcurre en dos escenarios diferentes: la Tierra de las Hadas y los bosques que rodean Atenas.

La obra se inicia con una pelea entre Hermia y su padre, Egeo. La joven se niega a continuar con su matrimonio concertado con Demetrio, pues quiere casarse con Lisandro, de quien está enamorado. Egeo pide que se castigue a Hermia por su desobediencia. Teseo, el Duque de Atenas, le da a Hermia un breve plazo de tiempo para que considera sus opciones y le advierte de que si no acata los deseos de su padre podría ser enviada a un convento o incluso ser ejecutada. Sin embargo, Hermia y Lisandro planean escaparse de Atenas la noche siguiente y casarse en casa de la tía de Lisandro, a unas siete leguas de la ciudad. Hacen partícipe de sus intenciones a una amiga de Hermia, Helena, quien estuvo hace tiempo comprometida con Demetrio, al que aún ama a pesar de que éste la dejó plantada después de haber conocido a Hermia. Con la esperanza de recuperar su amor, Helena le habla a Demetrio de las intenciones de Hermia y Lisandro. A la hora concertada, los cuatro jóvenes se adentran en el bosque.

En el bosque hay dos grupos distintos de personajes: las hadas, incluidos Oberón y Titania, sus reyes, y una partida de artesanos atenienses que están ensayando una obra con la esperanza de representarla para el duque y su prometida. Sin embargo, Oberón y Titania están peleados por el joven príncipe indio que le dio su madre a Titania en un viaje reciente a la India. El niño es tan hermoso que Oberón quiere convertirlo en caballero, pero Titania se niega. Buscando venganza por la indisciplina de Titania, Oberón hace llamar a su criado Puck. Le pide que coja en el bosque una flor mágica cuyo jugo puede ser derramado sobre los párpados de una persona que duerme para hacer que ésta se enamore del primer ser que vea nada más despertarse.

Puck consigue la flor y Oberón le dice que exprima su jugo sobre los párpados de Titania, mientras la reina esté dormida. Viendo que Demetrio trata con crueldad a Helena, le ordena también a Puck que derrame parte del jugo en los párpados del joven ateniense. Puck se encuentra con Lisandro y Hermia, pensando que él es Demetrio, y derrama sobre sus ojos el líquido mágico.

Lisandro ve a Helena al despertar y se enamora de ella, abandonando a Hermia. Puck trata de enmendar su error, pero Lisandro y Demetrio están ambos enamorados de Helena, quien se cree burlada por ellos. Hermia se pone tan celosa que intenta retar a un duelo a Helena. Demetrio y Lisandro casi llegan a las manos por el amor de Helena, si bien la intervención de Puck consigue evitarlo.

Cuando Titania despierta, la primera criatura que ve es Bottom, el más ridículo de los artesanos ateniense, cuya cabeza ha transformado Puck en la de un burro. Por suerte, los malentendidos acaban solucionándose, gracias a la intervención de Puck. Demetrio ama a Helena y Lisandro a Hermia. Después de la boda, los amantes ven a los artesanos representar su obra, una versión cómica de la historia de Píramo y Tisbe. Cuando la obra termina, los recién casados se van a la cama, recibiendo la bendición de las hadas.

Al final, como vemos, la obra concluye con un sentimiento generalizado de incertidumbre, pues Helena, Demetrio, Hermia y Lisandro comienzan a dudar de si el tiempo que pasaron en el bosque fue real. La propia audiencia que asiste a la representación de los artesanos ha de reflexionar acerca de si puede que ellos también hayan estado soñando. Más aún cuando Puck, solo en escena, pide a la audiencia su perdón y aprobación e insta a los  espectadores a recordar la obra como si todo no hubiera sido más que un sueño.

A pesar de tratarse de una comedia, El sueño de una noche de verano aborda como tema principal el concepto de las relaciones amorosas complejas e inclusos tortuosas. Pero si bien contiene un buen número de elementos románticos, no podemos considerar esta obra como una auténtica historia de amor, pues distancia a la audiencia de las emociones de los personajes para burlarse de los tormentos y aflicciones que sufren los enamorados. De hecho, el tono de la obra está tan aligerado que la audiencia jamás duda de que todo acabará bien, lo cual permite disfrutar de la comedia sin involucrarse en la tensión de un desenlace incierto.

Todas las relaciones románticas de la obra están sujetas a desequilibrios y dificultades, que resultan ser aún peores como consecuencia de las acciones de terceras personas como Puck. Nos encontramos, en efecto, con situaciones románticas en as que unan cierta disparidad o desigualdad interfiere en la armonía de una relación. Tal es el caso del amor entre los cuatro jóvenes atenienses: dos hombres aman a la misma mujer, de modo que la trama busca un equilibrio interno que conduzca a un final feliz. Algo similar sucede en la relación entre Titania y Oberón y con la propia pasión de Titania por el cabeza de burro de Bottom; un desequilibrio de apariencia y naturaleza, pues Titania es hermosa y elegante, mientras Bottom es torpe y grotesco.

Otro tema capital en la obra es el contraste entre la razón y la imaginación; entre los sueños y la realidad. Los personajes recurren con frecuencia a los sueños cuando las cosas se les ponen difíciles. Los sueños aparecen ligados a los contratiempos extraños y mágicos que ocurren en el bosque y, de hecho, aparecen como un tema recurrente cuando los personajes tratan de explicar estos acontecimientos extraños.

La magia de las hadas, que provoca gran parte de las situaciones más extrañas e hilarantes, es otro elemento clave en la atmósfera fantástica de la obra. La magia se utiliza para personificar el poder casi sobrenatural del amor y para crear un mundo irreal. El uso indebido de la magia hace reinar el caos. Así ocurre cuando Puck aplica por error la poción a los párpados de Lisandro. Es de nuevo la magia quien resuelve las tensiones del la obra al restaurar el amor que devuelve el equilibrio entre los cuatro amantes atenienses.

Estamos, en definitiva, ante una comedia deliciosa. Personajes de muy diversa condición se desenvuelven en una atmósfera onírica donde la magia, la chanza y el misterio se combinan para crear confusión y, cuando es necesario, para desfacer entuertos. Sin duda, una de las mejores obras de William Shakespeare, y probablemente la mejor de sus comedias.

A.G. 

sábado, 23 de abril de 2016

Efemérides: William Shakespeare


William Shakespeare (1564-1616)

A horse, a horse! My kingdom for a horse!
(Ricardo III)

Hace hoy cuatrocientos años moría en la pequeña villa de Stratford-upon-Avon, William Shakespeare, el mejor escritor en lengua inglesa de todos los tiempos, y una de los autores más notables de la literatura mundial. Su ingente figura ha dejado una impronta imperecedera tanto en el idioma inglés como en la literatura universal.

En la época en que Shakespeare compuso sus obras, la gramática y las reglas del inglés no estaban aún estandarizadas. La enorme popularidad de las obras teatrales de Shakespeare a finales del siglo XVII y el siglo XVIII contribuyó a la estandarización de la lengua inglesa, hasta el punto de que muchas de las palabras creadas por Shakespeare (en torno a 1.700), junto con decenas de expresiones, acabaron introduciéndose en el idioma inglés. Shakespeare inventó palabras de uso habitual mediante la transformación de sustantivos en verbos o verbos en adjetivos, la asociación de palabras, adición de sufijos y, por supuesto, inventando palabras totalmente originales. Términos como addiction, bedroom, birthplace, excitement, fashionable, luggage, negotiate, secure, undress o worthy pertenecen a esta lista. Tan ingente cantidad de nuevas palabras enriquecieron el idioma. Lo hicieron más colorido y expresivo; más digno. Convirtió el inglés en un medio práctico de llegar al público.

La contribución de Shakespeare en los ámbitos de la cultura y la literatura es también enorme. Sus obras, principalmente las teatrales, han ayudado a comprender el significado de la literatura. En ellas encontramos muchos de los arquetipos presentes en la literatura posterior, y aún perceptibles en nuestros días. Shakespeare también nos dio el Globe Theater, uno de los principales teatros de su época. Muchas de sus obras siguen representándose hoy en día y son ampliamente conocidas en todo el mundo. También es el escritor más citado en la historia de la literatura de lengua inglesa, sólo por detrás de los textos bíblicos a nivel mundial. Además, no podemos obviar su influencia en tantos y tantos escritores a lo largo de cuatro siglos.

Sin desdeñar su obra poética, compuesta por más de 150 sonetos, creo que merecen nuestra admiración su maravillosa obra teatral, integrada por un ramillete delicioso de los mejores dramas de la lengua inglesa. Tradicionalmente, y tal como aparece categorizado en el póstumo First Folio (1623), que contiene 36 obras teatrales de Shakespeare, sus dramas están divididas en tres tipos: comedias, tragedias e historias.

Sus comedias, cuyas características no se corresponden necesariamente con el concepto actual, tienen un final feliz y concluyen habitualmente en matrimonio. Algunas de sus características más significativas son la lucha de los jóvenes amantes para superar los problemas, a menudo generados por la interferencia de sus mayores; identidades equivocadas; tensiones familiares habitualmente resueltas; complejas tramas interrelacionadas y el uso habitual de juegos de palabras y otros recursos típicos de la comedia. Personalmente he de manifestar mi predilección por El Mercader de Venecia y El sueño de una noche de verano, que he tenido la suerte de ver representadas en las tablas de un teatro, y por la maravillosa escritura creativa de Mucho ruido y pocas nueces, donde se entrelazan una historia de amor mitológico con otra de amor moderno inventado, dando como resultado una obra divertidísima con un final sorprendente. La fierecilla domada, La comedia de los errores o Las alegres comadres de Windsor son otras de sus mejores comedias. Si he de destacar un personaje inmortal no dudaría en elegir al judío Shylock, un retrato despiadado del usurero judío.

Entre las tragedias se encuentran, a mi juicio, las mejores obras de Shakespeare. Sus argumentos dramáticos, que pueden incluir escenas cómicas, suelen presentar la muerte de personajes principales. En la mayor de parte de ellas encontramos también personajes aislados o una cierta desintegración social; una sensación de que los acontecimientos resultan inevitables o ineludibles, y una figura central, habitualmente noble, con una cierta debilidad en su personalidad que lo lleva a su propia perdición. Considero que obras como Macbeth, Hamlet, Romeo y Julieta, Otelo o El Rey Lear se encuentran entre las más grandes tragedias de la literatura universal. Sus personajes son inmortales: las “hermanas fatídicas” y la malvada lady Macbeth, el atormentado príncipe de Dinamarca que busca venganza por el asesinato de su padre, el moro de Venecia, los desdichados amantes de Verona, o Regania y Gonerilda, las hijas malvadas del anciano rey. Por no mencionar a personajes históricos, espléndidamente retratados como personas de carne y hueso: Julio César y los amantes Antonio y Cleopatra, personajes de obras que también han sido clasificados como historias.

Las historias se centran en monarcas ingleses y muestran los peligros de la guerra civil, a la vez que glorifican los ancestros tudores de la reina Isabel. Los retratos de Ricardo III (enemigo de los Tudor) y Enrique V (uno de los grandes reyes de esta dinastía) han contribuido a crear una percepción de estos reyes que ha llegado hasta nuestros días.

Las obras de Shakespeare han sido llevadas profusamente al cine hasta llegar a superar el número de 250 cintas. Cineastas de la categoría de George Cukor, Orson Welles, Lawrence Olivier, Joseph Mankiewickz, Roman Polanski o Kenneth Branagh no han podido sustraerse al encanto del bardo inglés y han adaptado sus obras. Hamlet es, con diferencia, la obra adaptada con más frecuencia a la gran pantalla, y son muchos los dramas que han sido adaptados con éxito al cine. Pero si tuviera que recomendar una película, elegiría la deliciosa Shakespeare in Love (John Madden, 1998), un relato ficticio en su mayor parte que nos presenta a un joven e impetuoso Shakespeare y nos retrata a la perfección el teatro isabelino y las relaciones entre autores, empresarios y dramaturgos; las relaciones amorosas; el caótico Londres de finales del siglo XVI y, por supuesto, la preciosa historia de amor entre Romeo y Julieta.

William Shakespeare creó una época nueva en la literatura mundial, pues expresó con el mayor realismo las ideas renacentistas, esto es, la ideología del Humanismo. Shakespeare demuestra en sus obras su fe en el hombre. Por todo ello, hoy más que nunca quiero recordar al gran William Shakespeare. Poeta, dramaturgo y conocedor del ser humano, además de fuente inagotable de inspiración para millones de lectores.

A.G.

miércoles, 13 de abril de 2016

Lecturas recientes: Grotesco


Grotesco (2003)
Natsuo Kirino

La hermosa Yuriko Hirata y su impopular hermana existen en diferentes esferas de la vida del prestigioso Instituto Q para chicas de Tokio. Mientras tanto, la extraña Kazue Sato parece flotar entre ambas, tratando de buscar su sitio. Años más tarde Yuriko y Kazue, que se habían convertido en prostitutas, aparecen brutalmente asesinadas. Natsuo Kirino entreteje las historias de estas tres mujeres, su lucha dentro de las convenciones y restricciones de la sociedad japonesa, mediante una amalgama de confesiones en primera persona, documentación de terceras partes, entradas de diarios y cartas.

Yuriko comenzó a vender su cuerpo mientras aún estaba en el instituto, tras haber descubierto que está dotada de un algo que atrae a los hombres mayores. Está convencida de que nació destinada a convertirse en una prostituta, una criatura de carme destinada tan sólo a existir en el contexto de la sexualidad del hombre.

Kazue es lo opuesto a ella: una chica diligente, simple e impopular, que tras graduarse en una universidad de élite, se convierte en la empleada de una prestigiosa compañía de día y prostituta de noche. Esta convencida de que en una cultura como la japonesa, dominada por el hombre, el sexo es el único modo en que una mujer puede llegar a controlar el mundo.

Los destinos de estas dos mujeres aparecen desde el comienzo de la novela conectados con una tercera figura a la que ni siquiera se le da un nombre. Se trata de la hermana mayor de Yuriko, que también conoce a Kazue, pues fueron compañeras de clase.

Es ella a quien encarga Kirino la narración de la historia, si bien ésta lo hace de un modo poco fiable y manipulador. De hecho, sabotea la historia al revelar la identidad del asesino en los primeros capítulos y demuestra poca simpatía por ninguno de los protagonistas, excepto por ella misma. Resulta ser repugnantemente superficial y maliciosa y, por ello, no duda en desacreditar cualquier otro documento que hayan redactado otros personajes. También desestima la declaración del asesino, que califica como un trabajo ridículamente largo y tedioso. La narradora –indignante, anárquica y nada atractiva- es una extraordinaria réplica a la rigidez de su sociedad. Su fuerte postura se opone al rol sumiso que tradicionalmente se espera asuma la mujer japonesa, tanto en la educación o los negocios, como en su papel de esposas e hijas.

La belleza de Yuriko proviene en parte de una compleja ecuación genética. Su padre es suizo con ancestros polacos y su madre japonesa. La hermana mayor tiene una mala relación con sus padres. Con todo, su padre consigue a duras penas que la acepten en el Instituto Q para chicas, un centro educativo de élite, y ella opta por permanecer en Japón con su abuelo cuando el resto de la familia regresa a Suiza después de la bancarrota del negocio familiar de importación de chocolate.

La narradora se queda a vivir con su abuelo en una mísera vivienda subsidiada por el estado. Odia todo, dentro y fuera del colegio, con una intensidad que pasa de la brillantez al hastío. Desprecia a su madre, a su padre, al sexo opuesto y al modo en que los hombres y mujeres interactúan. Pero más que nada en el mundo, odia a su hermana, cuya existencia misma considera una lacra para la suya propia. Siente unos celos terribles por ella y la tacha de ser “diabólicamente hermosa”. Tal es su resentimiento con todos los que la rodean que incluso recibe de buen grado la noticia del suicidio de su madre y la muerte de su hermana. Con todo, la hermana de Yuriko se ve a sí misma como la única cosa decente en un mundo corrupto.

Llega el día en que Yuriko regresa a Tokio y es admitida en el Instituto Q, donde se hace inmensamente popular. Su aceptación en ese espacio tan cerrado hace que se desvanezca de inmediato la identidad de su hermana, cuyo papel queda reducido al de simple hermana de Yuriko, al de una sombra suya.

El hijo del profesor de biología, a pesar de ser homosexual, no es inmune a la belleza de Yuriko y no tarda en encargarse de concertarle citas. Es a partir de aquí donde comienza la carrera como prostituta de Yuriko.

A la muerte de Yuriko, su hermana tiene noticias de que ésta tuvo un hijo, Yurio, con su especie de padre adoptivo. Esta circunstancia le ofrece a la narradora la oportunidad de criar al chico ella misma, de convertirlo en suyo. Esto supondría una victoria sobre la biología y la sociedad, a las que la narradora cree conspirando en su contra.

Kirino descompone el esquema de la novela de detectives tradicional, cercenando el suspense, glamour, misterio y horror para presentarnos una narración desconcertante que no cumple con las expectativas convencionales. La parte criminal está bastante clara. Sin embargo, la familia de una de las víctimas no parece preocuparse mucho al respecto; la figura del detective apenas aparece; uno de los asesinatos se queda sin resolver, y el asesino de la otra mujer confiesa en seguida y abiertamente haber cometido el crimen, ofreciendo, a cambio, un relato conmovedor de su paupérrima infancia en China, que por un momento despierta más simpatías en el lector que las propias víctimas. El asesino de Yuriko, Zhang, es un obrero chino que emerge de una sociedad rural de crueldad indiscriminada y ha visto a su hermana morir en un desesperado intento de llegar a Japón. Sabemos que es culpable del asesinato de Yuriko, pero desconocemos si también mató a Kazue. Él insiste en su inocencia.

Grotesco es una novela ambiciosa, pues Natsuo Kirino mantiene sus ojos abiertos ante todo cuanto llame su atención. Nos encontramos ante una obra rica y compleja que reflexiona sobre la propia ambición, el deseo, la belleza, la crueldad y la identidad. Una lectura conmovedora que parece erigirse, no tanto como una novela criminal como un estudio de personajes brillante y subversivo. Si bien su pulso narrativo no es tan vibrante con el de Out, que ya comentamos en este blog, exhibe un retrato aún más crudo y descarnado de las bajas pasiones humanas. Una lectura muy recomendable.

A.G.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Lecturas recientes: Sábado


Sábado (2005)
Ian McEwan

Comienza el fin de semana para el neurocirujano londinense Henry Perowne. Un fin de semana de febrero de 2003 durante el cual se alternan momentos de dicha y de tensión, mientras los pensamientos del protagonista viajan al pasado y al posible futuro.

Aún no ha amanecido cuando Henry se levanta de la cama; se siente alerta e inexplicablemente eufórico. A través de los cristales ve un avión que desciende sobre la Torre de Correos, dejando en su caída el rastro de humo de su ala incendiada. Henry piensa que podría ser otro ataque terrorista y aquello desvanece al instante su visión eufórica del mundo para abrir paso a unos sentimientos horribles de pánico y muerte. Henry se pregunta si puede hacer algo al respecto, pero concluye que no hay nada útil que él pueda hacer y esa pasividad como mero observador le perturba.

Por otro lado, no es un sábado cualquiera en Londres, pues es el día de la mayor manifestación antibelicista jamás vista en la ciudad. A pesar de compartir a regañadientes la paranoia nacional, la inteligencia de Perowne es capaz de comprender los dos puntos de vista antagónicos sobre Irak, la agresión y el apaciguamiento. Consigue así esquivar a los partidarios de una y otra posición y afrontar el nuevo día centrado en sus propios planes y pensamientos.

Otras necesidades compiten por su atención: la sensualidad familiar de hacer el amor con su mujer, el habitual partido de squash con el anestesista que le asiste en sus operaciones, una visita a su madre, quien, a causa del Alzheimer, ya no le reconoce, y el regreso de su hija, Daisy, de París. Es un día con muchas cosas que hacer.

Perowne es un hombre afortunado. Además de tener un trabajo que le reporta satisfacción y los privilegios propios de la clase media alta, disfruta de una gozosa vida doméstica. Tiene dos hijos con éxito, Daisy, que está a punto de publicar su primera colección de poesía, y Theo, un talentoso músico de blues. También tiene una mujer encantadora, Rosalind, de quien sigue profundamente enamorado después de casi un cuarto de siglo de matrimonio. Pero lejos de ser un hombre engreído, Perowne es consciente del mundo en que vive –los tumultuosos inicios del siglo XX, tras los días de miedo y desconcierto que siguieron al Once de Septiembre y la Guerra de Irak– y de que ni siquiera su inclinación natural hacia el optimismo puede protegerle de la oscuridad de su tiempo.

A medida que Perowne prosigue con los placeres y tareas de su día de descanso, persiste esta tensión entre la esfera personal y la pública. Perowne se ve atrapado entre la viveza y claridad de sus placeres privados y sensuales y las complicadas exigencias del mundo exterior. El mundo está siempre a la puerta, tocando sobre ella para que le dejen entrar, de modo que el derecho que Perowne reclama –que lo dejen vivir en paz– está constantemente amenazado. De hecho, mientras conduce hacia el lugar en que ha de disputar el partido de squash, la manifestación en contra de la guerra de Irak le obliga a desviarse de su ruta habitual y acaba envuelto en un accidente de coche aparentemente sin importancia. Los ocupantes del otro vehículo piden de inmediato una compensación por los daños causados en su coche y cuando Perowne se niega a pagar la violencia hace acto de presencia. Prowne logra escaparse gracias a sus conocimientos médicos, lo cual le hace dudar de la moralidad que existe en su utilización de la autoridad médica como si se tratara de una pistola, aunque sea en un acto de defensa propia.

De vuelta a casa por la noche, mientras preside una reunión familiar –su hijo ha regresado del ensayo con la banda, su hija acaba de llegar de París, su anciano suegro también está en la ciudad–, su esposa regresa de la ciudad para completar la fiesta, pero lo hace seguida de unos violentos invasores que convierten la cena familiar en una pesadilla de cuchillos y agresiones que no encontrará un final feliz más que gracias a la recitación de una poema y la milagrosa transformación que éste consigue en el cabecilla de los delincuentes. De nuevo, como al comienzo, los sentimientos de culpabilidad e indefensión conducen al inevitable conflicto entre odio y compasión por el enemigo. He aquí precisamente donde se erige como elemento pacificador la capacidad transformadora del arte. Con todo, volvemos a encontrarnos al final con aquel mencionado sentimiento de ambigüedad moral; un gesto aparentemente perfecto de perdón por parte de Perowne que bien podría no ser más que un intento de reafirmar su control sobre el enemigo, o incluso un tipo de venganza. La novela termina, de hecho, con un acorde algo disonante de tranquilidad restablecida e incertidumbre persistente.

McEwan presenta sus temas con eficiencia y claridad y demuestra un perfecto control sobre su material y una coherencia y elegancia estructural. Demuestra, además, su gran talento por la observación, extraordinariamente precisa. En Sábado nada aparece forzado; la atención madura del autor ilumina todo aquello en lo que pone sus ojos. En este sentido, McEwan encuentra en Henry Perowne su alterego ideal. Exacto y erudito, es una persona que examina todo en su vida. Palpa la experiencia, en busca de señales vitales.

McEwan parece cristalizar el estado de la sociedad en un momento muy concreto, el de Londres antes de los ataques terroristas de 2005, acontecimiento que parece profetizar el autor en las últimas páginas de la novela. Ésta capta en efecto un sentimiento de ansiedad que venía construyéndose desde los acontecimientos del once de septiembre de 2001 y se había convertido en un hecho ineludible de la vida de Londres. En este sentido, Sábado transmite un sentimiento de nefasta inevitabilidad. El avión en llamas que está a punto de estrellarse en Londres es un espectáculo que a Perowne le resulta descorazonadoramente familiar. Pero también hay otros aspectos menores que en realidad son más relevantes en la vida de los personajes y que le hacen reflexionar sobre si está perdiendo el contacto con sus hijos. Además, está el mencionado asunto de la guerra, que martillea su cabeza mediante el golpeteo de los tambores por los manifestantes que protestan en las calles de Londres.

Una espléndida novela postmoderna en la que McEwan vuelve a sorprendernos con su brillante clarividencia y aguda percepción de la realidad.

A.G.